Hay restaurantes que forman parte del paisaje mucho antes de que nos sentemos a la mesa. Can Gelada es uno de estos lugares. Situado en las afueras del pequeño núcleo de Riudellots de la Creu, entre Girona y Banyoles, este restaurante es una de aquellas casas de comidas con historia, arraigadas al territorio y a las costumbres gastronómicas del país. Durante décadas, Can Gelada ha sido una dirección conocida por su cocina tradicional catalana y por una especialidad que nunca pasa de moda: la brasa. Las generaciones que han pasado por allí han mantenido el espíritu de aquellos restaurantes de carretera donde el producto y la cocina sin artificios eran los verdaderos protagonistas. Hoy, sin embargo, el restaurante vive una nueva etapa. Desde el pasado octubre, los fogones están en manos del cocinero Pere Arpa, un nombre que los amantes de la gastronomía de Girona conocen bien.
El regreso de Pere Arpa
Durante años, Pere Arpa fue el alma del restaurante Arpa, en Banyoles, un establecimiento que se ganó el respeto del sector gracias a una cocina elegante, de base clásica y muy centrada en el producto. Cuando aquel proyecto cerró, muchos se preguntaban cuál sería el siguiente paso del cocinero. La respuesta ha llegado con esta nueva etapa en Can Gelada, donde Arpa ha encontrado un escenario ideal para desplegar su cocina con una mirada más directa y terrenal. Aquí no hay grandes artificios ni pretensiones gastronómicas excesivas. Lo que encontramos es una cocina sincera, basada en el producto y en el respeto por la tradición catalana, con platos que conectan con la memoria culinaria del país. La brasa continúa siendo una de las grandes protagonistas de la casa, pero la carta también incorpora cazuelas, platillos y recetas de cocina lenta que explican muy bien la manera de entender la gastronomía del nuevo chef.

Son platos que no buscan sorprender con técnicas modernas, sino convencer con sabor, equilibrio y respeto por el recetario tradicional
Otra de las virtudes de Can Gelada es el entorno. Desde la terraza del restaurante, especialmente en días claros, la mirada se escapa hacia el horizonte, donde se dibujan el macizo del Montgrí y las Islas Medas. Es una vista que recuerda hasta qué punto la cocina y el paisaje a menudo van del brazo. Este ambiente tranquilo invita a una comida sin prisas, con aquella sensación tan propia de los restaurantes de siempre: el tiempo aquí se mide en platos, conversaciones y copas de vino.

Unos entrantes que abren el apetito
Nuestra comida comenzó con dos entrantes fríos que marcan bien la línea de la cocina. La caballa con crema de almendra y ajo es un plato que combina intensidad y delicadeza. El pescado, sabroso y bien tratado, encuentra un contrapunto interesante en la cremosidad de la almendra y en el toque sutil del ajo. También probamos el xató, una ensalada de bacalao con romesco que mantiene toda la esencia de esta receta clásica de la cocina catalana. El bacalao aporta textura y salinidad, mientras que la salsa da profundidad y carácter al conjunto.
La nueva etapa de Can Gelada mantiene la esencia de aquellos restaurantes que han hecho historia en las comarcas de Girona: producto, cocina honesta y hospitalidad

Entre los entrantes calientes destaca la degustación de paquetitos de col y perdiz roja. Es un plato que habla de cocina de caza y de sabores más intensos, con elaboraciones que recuerdan aquella cocina casera que requiere tiempo, paciencia y conocimiento. Y si hay una sección de la carta que explica bien la filosofía de Pere Arpa en Can Gelada es la de las cazuelas y los platillos. Los calamares rellenos con albóndigas son una receta que conecta directamente con la tradición catalana. El mar y la montaña se encuentran en una cazuela llena de sabor, con una salsa que invita inevitablemente a mojar pan. Otro de los platos que probamos fue el meloso de ternera guisada con setas. La carne, cocinada lentamente, llega a la mesa tierna y llena de aroma, con una salsa profunda que refleja aquella cocina de chup-chup que pide horas de fogón. Son platos que no buscan sorprender con técnicas modernas, sino convencer con sabor, equilibrio y respeto por el recetario tradicional.
El momento dulce
El final de la comida llega con una selección de postres que combinan clásicos de siempre con alguna propuesta más creativa. El flan de huevo es una apuesta segura: textura suave, sabor limpio y aquella sencillez que solo funciona cuando el producto y la elaboración están bien resueltos. También probamos las peras y ciruelas al vino, un postre que evoca la cocina de las abuelas, con fruta cocida lentamente y aromas que recuerdan las sobremesas largas. La sorpresa llega con la tarta bretona de manzana y regaliz, un postre más contemporáneo que combina la dulzura de la fruta con un toque aromático inesperado. Finalmente, la degustación de trufas de chocolate y armagnac cierra la comida con intensidad y elegancia.

La nueva etapa de Can Gelada mantiene la esencia de aquellos restaurantes que han hecho historia en las comarcas de Girona: producto, cocina honesta y hospitalidad. Con Pere Arpa al frente de los fogones, el restaurante inicia un camino que combina experiencia y tradición con una mirada renovada. Quizás esta es la clave de su encanto: una cocina que no necesita artificios para seducir, porque tiene detrás algo mucho más valioso —oficio, territorio y memoria gastronómica.