Atipical, un restaurante bastante nuevo en el corazón de Poblenou, combina la energía de un barrio en movimiento con una cocina creativa y de proximidad. Con la cocina abierta y platos que sorprenden tanto en sabor como en concepto, es un lugar que invita a dejarse llevar y probar experiencias nuevas, desde un pan casero adictivo hasta un limoncello sin limón que cierra la cena con una sonrisa. 

Fuimos a cenar después de oír muy buenas opiniones y de haber estado hace poco en My Fucking Restaurant, un proyecto anterior del chef Matteo Bertozzi. Las expectativas eran altas y, desde el primer momento, Atipical las cumplió e incluso superó. El local es pequeño y acogedor, con una combinación de mesas altas y bajas que le da dinamismo, y la cocina completamente abierta permite ver todo el proceso mientras los platos se crean ante ti. Esta transparencia genera inmediatamente una sensación de confianza y complicidad con lo que estás a punto de comer.

Matteo nos propone acompañar la cena con un vino orange, que para quien no los conozca, son unos blancos elaborados como si fueran tintos, dejando el mosto en contacto con la piel de la uva durante la fermentación. Esto les da estructura, cuerpo y notas complejas que los hacen intensos y personales. Al principio era escéptica y ya me veía cambiándolo a mitad de cena, pero he aprendido que si Matteo te recomienda algo, le haces caso y punto, porque siempre acierta.

¡Así sí que puedo comer judía verde a diario!

Comenzamos con un pan estilo naan, hecho en casa y servido caliente. Es adictivo, y no exagero cuando digo que lo repetimos tres veces, y con una judía verde con miso casero de pan, almendras caramelizadas y stracciatella ahumada. La judía está crujiente, pero perfectamente cocida, con un sabor fresco y limpio. Las almendras aportan dulzor y crujiente, mientras la stracciatella ahumada añade un toque láctico y aromático. Pienso literalmente que, si todas fueran así, comería judía verde cada día.

Tatin de cebolla

Continuamos con una berenjena china asada, servida con crema agria de tahini y dukkah casero. El dukkah es una mezcla de especias y frutos secos originaria de Egipto, compuesta habitualmente por frutos secos, semillas, comino y cilantro, que aporta crujiente y aroma. El plato es intenso, equilibrado y reconfortante. A continuación llega un boniato con praliné de ajo asado y chutney de cilantro, dulce, cremoso, especiado y muy bien equilibrado; otro plato que se queda grabado en el recuerdo.

El siguiente plato es un tataki de presa ibérica con salsa tonnata y chimichurri de algas mediterráneas. La salsa tonnata, tradicionalmente hecha con atún, huevo y alcaparras, normalmente acompaña el vitello tonnato. Aquí se le da una vuelta sorprendente, combinando la carne de primera calidad con un toque marino y untuoso. La carne, tierna y sabrosa, es de calidad de 10, y cada bocado es una combinación de texturas y gustos delicadamente equilibrada. Sigue una tatin de cebolla con crumble de avellanas y un queso artesanal italiano, que proviene del pueblo de la madre del chef

Un steak tartar que te hará volver

Uno de los momentos culminantes es el steak tartar: posiblemente el mejor que he comido nunca. Hecho con angus madurado 45 días, con yema ahumada, cebollino y pimienta de Espelette —un chile suave del País Vasco francés, aromático más que picante—. La carne lleva mezclada grasa de chuleta madurada, aportando una untuosidad y profundidad que lo convierten en un plato memorable.

Tataki de presa ibérica

Seguimos con platos más fuertes y especiados: la molleja a la brasa con curry rojo de cangrejo y gambas y parmentier, picante. El cordero marroquí con hummus y zanahoria fermentada llega tierno y aromático, con una cocina que muestra respeto por el producto y la tradición, y el rape con nduja combina la textura suave del pescado con el toque picante y untuoso de este embutido calabrés, que recuerda a la sobrasada, pero con personalidad mediterránea.

Y para cerrar, un flan clásico escandalosamente bueno y una combinación de brownie con tiramisú y almendras, dulce y contundente, pero que se come con una sonrisa. Como gran final, probamos un limoncello casero sin limón, hecho por una destilería local que destila cualquier cosa que le lleves; la Destilateca. El resultado es un digestivo fresco, aromático, delicado, que mantiene el espíritu del limoncello pero con un giro inesperado y lleno de creatividad. Es el resumen perfecto de lo que es Atipical: tradición reinterpretada hasta el último sorbo.

Cordero marroquí

En resumen, Atipical no es solo un restaurante moderno: es una casa de comidas con alma, técnica, producto y discurso, donde cada plato cuenta una historia y cada sabor sorprende y engancha. El riesgo y la comodidad caminan de la mano, y sales con la sensación de que alguien ha cocinado pensando, no improvisando. Un lugar que combina la proximidad de un barrio con el gusto de la creatividad y la calidad elevada, y que hace que cada bocado sea una pequeña experiencia gastronómica memorable.