No hay forma más previsible y manida de iniciar una crónica sobre las cosas del estómago que citar a Josep Pla... y, dicho esto, citaremos a Josep Pla y más en concreto el breve capítulo "La cuina catalana" de Coses vistes 1920-1925 (muy bien reeditado hace muy poco en Can 62 por Maria-Arboç Terrades), cuando recuerda que zamparse una butifarra con setas, "un plato un poco gótico y medieval", comporta una experiencia de acercamiento a la tierra "que parece que te comes un trozo de Catalunya". Si hacemos caso al maestro, en la fiesta de los primeros galardones de nuestra Gourmeteria —gracias al magnífico catering de Can Pocorull— no solo nos hemos pimplado buena parte de aquello que los cursis barceloneses llaman "territori", sino que, por obra y gracia del esplendoroso presente y el bello legado de la gastronomía de nuestra tribu, hemos acabado sufriendo una sobredosis de orgullo nacional. Cuando me las piro de la Antiga Fàbrica Estrella Damm, embutido como un bacón, pienso que tendría bastantes fuerzas para invadir Madrit.
Describir cualquier gala de premios cuando tu vocación secreta es perseguir croquetas de una forma compulsiva (soy un maestro en este arte; ¡el truco se basa en aprenderse de memoria el trasiego de los camareros antes de que lleguen a las mesas, donde nunca hay que sentarse!) resulta algo muy difícil. Sin embargo, incluso un mal observador como servidora detecta una presencia imponente de autoridades políticas: veo al presidente del Parlament, Josep Rull, que justifica el sueldo con una capacidad inaudita para asistir a una cantidad sobrehumana de actos por todo el país, y también al conseller del ramo Òscar Ordeig, un hombre que me cae la mar de bien porque dice que a menudo lee mis columnas (diría que no miente) y siempre pone cara de preocupado existencial, ya sea por los cojones de los jabalíes infectados o porque se nos está quemando el país delante de las narices. También está Joan Talarn, el presi de la Dipu de Lleida; nuestro far west hoy podrá volver a casa más que satisfecho, con cuatro premios en el zurrón...
Los compañeros de La Gourmeteria, una publicación espléndida que se toma seriamente la cocina como una de las formas patrimoniales trascendentes y una fuente de escritura importantísima para nuestra lengua (contrariamente al Time Out y otros subproductos espantosos que tratan los restaurantes como si fueran atracciones de un parque temático), también han reunido a algunos de los grandes sabios de nuestro buen comer. Cuando diviso al maestro Carles Gaig, camisa blanca y gafas rojas, me pongo de buen humor de forma automática y el alma no puede dejar de expulsar un eructo proustiano de su arroz de pichón, una de las mejores invenciones gustativas del planeta. También está Ruscalleda con su descendencia, Javier Torres, Oriol Castro y Toni Massanés, reconocido con el premio Investigación Gastronómica por este milagro llamado Fundació Alícia. A pesar de la llamarada climática de la terraza donde entregamos las estatuillas, todo el mundo parece muy alegre y encantado de haberse conocido.
Desengañémonos, este tipo de galas suele ser un puto coñazo. Pero hoy tenemos la suerte de contar con un maestro de ceremonias impecable, nuestro Jofre Llombart, quien ameniza la presentación con el tipo de chistes que más me hacen reír: cortos y malos (¡ahora que eres autónomo, chato, podrías dedicarte a hacer comuniones!). Le ayudan los insignes compañeros Jordi Àvila y Alba Solé, que ponen buen contexto a la retahíla de los 14 galardones que entregarán, porque se nota que saben y aman por igual aquello de lo que hablan. Diría que una de las trouvailles de estos premios de El Nacional radica en el hecho de que no solo se dedican a entronizar cocineros, sino que muestran el carácter de arte colectivo de la gastronomía; es así como me siento muy feliz cuando veo que se reconoce el oficio de Pepe Gómez, el gran camarero del Bar La Plata, o el del artesano Eugeni Celery, de la quesería Eugene de La Seu d'Urgell, uno de los escasos premiados que tiene la buena educación de esconderse conmigo para fumar.
Se ha repetido muchas veces... pero hay que volver a ello. La consolidación de la cocina catalana como un factor cultural de primer orden y una de las industrias fundamentales del país, exportadora de talento y de entusiasmo, solo ha sido posible gracias a su insistencia en guardar el pasado y fundamentarse con criterios ultralocales. Es por ello maravilloso que se ponga de manifiesto la santa continuidad que hay entre maestros como Josep Lladonosa i Giró, premiado con el galardón Llegat Cuina Catalana, y nuevas batutas de este arte, como Miquel Pardo, el joven pero madurísimo chef del Melós, sabiamente laureado como Mejor Restaurante Revelación. Este trazo de nuestra gastronomía, del pasado al presente, parece gozar de una salud de hierro. Pero no se podrá hacer (lo relaciono con el inicio donde cometía el pecado de citar al hombre de la boina) sin los respectivos cronistas: La Gourmeteria debe aceptar su destino y convertirse en el notario del futuro esplendoroso que, con toda seguridad, tendrá nuestra cocina.
Estos premios ayudarán mucho, aunque sea solo por la gracia que conlleva reunir tanto talento del país en una sola terraza. Pasa muy pocas veces, pero cuando nos podemos sentir muy orgullosos con justicia, hay que ponerse a ello. Nos veremos el próximo año.