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Comprar una barra e ir cortando trozos durante tres días a menudo acaba con una miga dura y una corteza que ha perdido toda la gracia. En cambio, reservar una parte en el congelador el mismo día de la compra permite recuperarla más adelante con un resultado mucho más agradable. La diferencia está en el momento de guardarla: congelar el pan mientras todavía está tierno ayuda a conservar sus cualidades. Así, una rebanada descongelada y pasada por la tostadora puede resultar mejor que aquel trozo que ha quedado olvidado en el cajón de la cocina.

Debemos tener claro lo que tardaremos en comer el pan entero

Qué le pasa al pan cuando pasan los días

El endurecimiento del pan tiene que ver con la pérdida de humedad, pero también con los cambios que experimenta el almidón después de la cocción. Cuando la pieza se enfría, una parte de este almidón se reorganiza y forma estructuras más ordenadas. Este proceso, conocido como retrogradación, contribuye a que la miga se vuelva más firme y pierda aquella textura tierna del primer día.

Barra de Pan. Foto: Pexels

Por eso, poner el pan dentro de una bolsa no resuelve completamente el problema. El envoltorio puede limitar que se seque, pero la miga sigue cambiando. Además, si queda muy cerrado, la humedad favorece que la corteza se ablande. De esta manera, al cabo de unos días podemos encontrar un pan que todavía conserva humedad pero que ya no ofrece un bocado agradable, especialmente si tenía una corteza fina y crujiente.

La nevera tampoco es la mejor opción si lo que buscamos es mantenerlo tierno. A temperaturas de refrigeración, la retrogradación avanza más deprisa que a temperatura ambiente. El congelador, en cambio, frena mucho este proceso. Esta diferencia explica por qué guardar una barra en el frío de la nevera y congelarla dan resultados tan diferentes, aunque ambas opciones parezcan maneras similares de conservar los alimentos.

Cómo congelarlo para que recupere una buena textura

El primer paso es separar la cantidad que comeremos pronto de la que queremos reservar. Si el pan todavía está caliente, hay que dejarlo enfriar completamente antes de envolverlo. Después, se puede cortar en rebanadas o dividir en porciones y guardarlo en una bolsa apta para congelar, bien cerrada y con poco aire. Hacer paquetes pequeños facilita sacar solo lo que necesitamos, sin tener que descongelar toda la pieza.

Para recuperarlo, las rebanadas se pueden poner directamente en la tostadora. Una porción más grande se puede dejar descongelar antes de darle un golpe de horno, que ayuda a recuperar la corteza. La duración dependerá del grosor y del tamaño del trozo. Conviene vigilarlo para que no se seque demasiado: buscamos una miga agradable y una superficie crujiente, especialmente si lo serviremos para acompañar la comida.

Así pues, vale la pena decidir qué congelaremos cuando lleguemos del horno. Esperar hasta el tercer día significa reservar un pan que ya ha perdido textura. Anticiparse permite aprovechar mejor cada barra y tener porciones preparadas para desayunar o para completar una comida cualquier día.