Cuando pensamos en la cocina de un convento, lo más habitual es imaginar mazapanes, polvorones, mermeladas o los tradicionales dulces elaborados por las religiosas. Pero en el corazón del barrio del Realejo, en Granada, unas monjas carmelitas han decidido romper completamente con esta imagen. En el Monasterio de las Carmelitas, fundado hace más de cinco siglos, continúan preparando repostería tradicional, pero han incorporado una especialidad mucho más inesperada: sushi hecho por las mismas monjas y vendido por encargo a través del torno del convento. Una iniciativa que nació por necesidad económica y que ha acabado convirtiéndose en todo un fenómeno gastronómico.
Un sushi hecho por las monjas de un convento
Del dulce tradicional al sushi y las gyozas
La iniciativa tiene mucho que ver con la composición de la comunidad. Varias de las religiosas son originarias de Filipinas y aportaron sus conocimientos de cocina asiática cuando el convento buscaba nuevas maneras de obtener ingresos. La repostería continuaba funcionando, pero tenía un problema evidente: buena parte de las ventas se concentraban en momentos muy concretos del año, especialmente durante Navidad. Incorporar platos salados les permitía trabajar durante muchos más meses.

Así nació La Cocina de Mucar, una propuesta que va mucho más allá del sushi. De las cocinas del convento también salen gyozas, noodles, fideos chinos, pollo frito, shaomai y diferentes guisos filipinos. Incluso preparan especialidades como el sotanghon, una sopa filipina de fideos con pollo, o el humba, un guiso de cerdo. El resultado es probablemente una de las cartas más inesperadas que se pueden encontrar detrás de las paredes de un convento.
El sistema de venta mantiene, eso sí, buena parte de la esencia conventual. Los clientes pueden hacer el pedido y después recogerlo en el mismo monasterio, situado en la calle Monjas del Carmen, en el Realejo granadino. Una parte de los platos se entregan a través del tradicional torno que separa a las monjas de clausura del exterior. Esta combinación entre clausura, recetas asiáticas y venta por encargo es precisamente lo que ha convertido la iniciativa en un reclamo.
Una idea nacida para mantener vivo el convento
Detrás de la curiosidad gastronómica había una necesidad muy concreta. Las religiosas debían afrontar los gastos cotidianos del monasterio con unos ingresos limitados, mientras que mantener un edificio histórico comporta costes de luz, agua, alimentación y conservación. La priora, sor María Dolores, explicaba que había que encontrar alternativas porque los productos tradicionales ya no eran suficientes para sostener todos esos gastos.
La respuesta de los clientes transformó aquella solución en un pequeño fenómeno. El sushi de las carmelitas empezó a circular por redes sociales y algunos vídeos sobre la experiencia superaron el millón de visualizaciones. La historia atrajo a curiosos hasta el convento y dio visibilidad a una fórmula muy poco habitual.
Las Carmelitas de Granada no han abandonado los mantecados, las confituras o los licores que elaboraban tradicionalmente. Simplemente han entendido que la supervivencia también exige adaptarse. Y lo han hecho de una manera difícil de imaginar: hoy, detrás del torno de un convento con más de cinco siglos de historia, también se pueden recoger bandejas de sushi recién preparadas.