El calabacín es una de esas verduras que a menudo acabamos preparando siempre de la misma manera: hervido, frito o incorporado a una crema. Pero con muy poco esfuerzo se puede convertir en un plato completamente diferente, más fresco y con mucha más gracia. La propuesta es sencilla: calabacín asado con piñones tostados, parmesano, menta fresca y crema de vinagre balsámico. Una combinación que juega con el contraste entre el dulce natural de la verdura, el punto tostado de los frutos secos, la intensidad del queso y la frescura de la menta. El resultado es una ensalada tibia que funciona tanto como entrante como de acompañamiento y que demuestra que no hay que complicarse mucho para sacar mucho más partido de un ingrediente tan habitual.
Una receta muy interesante que funciona en todo momento
El horno transforma completamente el calabacín
Para preparar esta receta para cuatro personas necesitará dos calabacines grandes, 30 gramos de piñones, 40 gramos de parmesano, un puñado de menta fresca, crema de vinagre balsámico, aceite de oliva virgen extra, sal y pimienta. El primer paso es lavar bien los calabacines y cortarlos en rodajas gruesas o en tiras, según la presentación que prefiera. No es necesario pelarlos, porque la piel ayuda a mantener mejor la textura durante la cocción.
Disponed el calabacín en una bandeja de horno sin amontonarlo demasiado. Aliñadlo con un chorro generoso de aceite de oliva virgen extra, sal y pimienta. Cocedlo a 200 grados durante unos 20 o 25 minutos, hasta que esté tierno por dentro y dorado por fuera. Este punto tostado es importante, porque concentra el sabor y evita esa textura excesivamente blanda que a veces asociamos al calabacín hervido. Si no queréis encender el horno, también lo podéis hacer a la plancha, dejándolo entre dos y tres minutos por cada lado.
Mientras tanto, poned los piñones en una sartén sin aceite y tostadlos a fuego medio durante dos o tres minutos. Hay que removerlos a menudo porque se queman con mucha facilidad. Cuando empiecen a coger color y desprendan aroma, retiradlos inmediatamente del fuego.
El secreto es acabarlo con contrastes
Cuando el calabacín esté listo, colocadlo en una bandeja ancha. Repartid por encima los piñones tostados y añadid el parmesano cortado en láminas finas. El calor residual del calabacín hará que el queso se ablande ligeramente sin llegar a fundirse del todo, lo que aporta una textura especialmente agradable. Finalmente, incorporad las hojas de menta fresca, otro chorro de aceite de oliva virgen extra y un poco de crema de vinagre balsámico. No conviene excederse con esta última, porque su dulzor es intenso y podría tapar el resto de ingredientes. Con unas cuantas líneas finas basta para aportar acidez y contraste.
El resultado es un plato sencillo, aromático y muy equilibrado, con texturas diferentes en cada bocado. El calabacín deja de ser un simple acompañamiento y pasa a convertirse en el protagonista, con una preparación mucho más interesante que hervirlo o freírlo. Es una receta fácil de repetir, ideal para aprovechar calabacines que tengáis en casa y perfecta cuando busquéis algo ligero pero con sabor.
