En un momento en el que las recetas cronometradas al segundo dominan redes sociales, blogs y vídeos de cocina, Maria Antònia Udina, una de las cocinadas como Gastrosavia, ha puesto palabras a una sensación que muchas personas reconocen pero pocas saben explicar. En un vídeo publicado en la cuenta oficial de @somgastronomia, la cocinera reflexiona sobre por qué no puede decirle a su hija el tiempo exacto que necesita una receta para estar lista. No es falta de precisión ni de conocimiento, sino todo lo contrario: es la defensa de una cocina basada en la observación, el tacto y la experiencia, heredada de las abuelas, donde el reloj nunca fue el verdadero protagonista y donde cada plato se construía escuchando lo que pedía el fuego y el alimento.

María Antònia Udina: "No puedo decirle a mi hija el tiempo exacto que hay que cocinar una receta"

Maria Antònia explica que cuando su hija le pregunta cuánto tiempo debe cocinar algo, la respuesta no puede ser un número cerrado. Para ella, cocinar no es una ecuación matemática, sino un proceso vivo en el que intervienen el ojo atento, las manos y la intuición. Hay que mirar cómo burbujea un guiso, tocar una masa para saber si ya ha reposado suficiente o notar el aroma que desprende un sofrito cuando está en su punto. Esa forma de entender la cocina choca con la mentalidad actual, donde buscamos respuestas rápidas y universales, aunque en realidad no existan.

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La clave es tener el ojo, la atención y la intuición puestos en lo que cocinamos / Foto: Unsplash

Uno de los puntos clave de su reflexión es que cada cocina es distinta. No todos los fuegos calientan igual, ni todos los hornos alcanzan la temperatura que prometen. Incluso dos cocinas idénticas pueden comportarse de forma diferente según el uso, la humedad del ambiente o el tipo de recipiente. Por eso, dar un tiempo exacto puede ser engañoso. Lo que en una casa tarda veinte minutos, en otra puede necesitar diez más o menos, y ese margen solo se aprende prestando atención al proceso, no al reloj.

No hay dos cocinas iguales ni dos hornos que alcancen la temperatura que prometen

También hay una diferencia generacional muy marcada. Las abuelas cocinaban sin recetas escritas, sin básculas y sin temporizadores. Su sabiduría se transmitía a través de gestos repetidos y sensaciones compartidas, no de instrucciones exactas. La siguiente generación, acostumbrada a seguir pasos milimetrados, a veces se frustra cuando un plato no sale como esperaba, sin darse cuenta de que la cocina tradicional nunca fue rígida, sino flexible y adaptativa.

 

 

Maria Antònia Udina defiende que recuperar esa mirada es una forma de reconciliarnos con la cocina real, la que se adapta a lo que tenemos delante. Aprender a cocinar así implica equivocarse, probar, corregir y volver a probar. Significa entender que un guiso está listo cuando la patata se rompe al presionarla con la cuchara, que un asado pide salir del horno cuando huele a hogar, o que una salsa necesita unos minutos más porque aún no ha ligado.

Su mensaje no es un rechazo a la modernidad, sino una invitación a no depender exclusivamente del tiempo escrito. Las recetas pueden orientarnos, pero no sustituir la atención. En un mundo que corre deprisa, esta forma de cocinar nos recuerda que el verdadero secreto no está en los minutos, sino en aprender a escuchar lo que sucede en la cazuela.