Pocos nombres del Antiguo Egipto despiertan tanta fascinación como el de Tutankamón. Sin embargo, su celebridad no se debe a grandes conquistas ni a un largo reinado, sino al espectacular hallazgo de su tumba casi intacta en 1922 por el arqueólogo británico Howard Carter. Aquel descubrimiento en el Valle de los Reyes permitió asomarse como nunca antes a la vida cotidiana de un faraón adolescente y, con el tiempo, también a sus problemas de salud. Y entre los factores que los expertos señalan aparece uno muy claro: la alimentación que siguió como miembro de la élite egipcia.

El desencadenante de los problemas de salud de Tutankamón

Tutankamón accedió al trono con apenas nueve años, en un periodo convulso tras el reinado de Akenatón, quien había impuesto el culto casi exclusivo al dios Atón. Durante su breve mandato, el joven faraón restauró las tradiciones religiosas y trató de devolver la estabilidad política al reino. Pero su historia dio un giro siglos después, cuando su tumba sellada reveló tesoros, joyas y su célebre máscara funeraria, además de unos restos que la ciencia moderna pudo estudiar con detalle.

Dieta antiguo Egipto / Foto: Unsplash
Dieta antiguo Egipto / Foto: Unsplash

Las tomografías computarizadas y los análisis genéticos practicados a la momia han aportado datos reveladores. Las investigaciones, difundidas en publicaciones científicas como The Lancet, apuntan a que el faraón sufría escoliosis y necrosis avascular en uno de sus pies, una dolencia dolorosa que afecta al hueso cuando pierde riego sanguíneo. Esta lesión probablemente le dificultaba caminar y explicaría el hallazgo de numerosos bastones en su tumba. Además, se detectaron indicios de infección por malaria, enfermedad que pudo ser determinante en su muerte prematura, en torno a los 18 o 19 años.

Pero ¿qué papel jugó su dieta? Los estudios indican que Tutankamón consumía una alimentación rica en proteínas animales (carne, aves y pescado) y relativamente pobre en vegetales y fibra. Este patrón era habitual entre la nobleza egipcia y simbolizaba poder y estatus. Sin embargo, una dieta abundante en grasas animales y combinada con un estilo de vida probablemente sedentario pudo agravar sus problemas físicos y debilitar su sistema inmunológico.

Su dieta era rica en carnes / Foto: Unsplash
Su dieta era rica en carnes / Foto: Unsplash

Tutankamón accedió al trono con apenas nueve años, en un periodo convulso tras el reinado de Akenatón

No fue el único factor. La endogamia, frecuente en las dinastías reales egipcias, también habría contribuido a su fragilidad ósea y a diversas malformaciones. Aun así, la alimentación desempeñó un papel relevante en el deterioro de su salud, recordándonos que incluso en el entorno más privilegiado, los excesos pasan factura.

Curiosamente, los egipcios ya eran conscientes de la relación entre dieta y bienestar. El Papiro Ebers, uno de los tratados médicos más antiguos conocidos, recoge remedios y recomendaciones vinculadas a la nutrición, como el uso de la miel como desinfectante o infusiones de comino para aliviar problemas digestivos. La lección que deja la vida de Tutankamón es tan antigua como vigente: lo que comemos influye decisivamente en nuestra salud y, en ocasiones, también en nuestro destino.