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Hay días que apetece algo con sabor a pizza, pero sin tener que preparar masa, esperar levados ni encender el horno durante mucho rato. Este gratinado de tomate y queso resuelve exactamente eso con una receta muy sencilla: tomate, mozzarella, un poco de parmesano, orégano, aceite de oliva y, si se quiere, unas hojas de albahaca al final. El secreto es tratar el tomate como si fuera la base de una pizza y conseguir que pierda parte del agua antes de añadirle el queso. De esta manera, en lugar de un recipiente lleno de líquido, obtenemos una superficie gratinada, intensa y con ese punto tostado que recuerda inmediatamente a una pizza recién salida del horno.

Una cena ligera, sana y que recuerda a una pizza

El tomate debe perder agua antes de añadir el queso

El primer paso es escoger tomates maduros, pero firmes. Si están demasiado blandos, soltarán demasiada agua durante la cocción. Se pueden cortar en rodajas gruesas y colocarlas en una bandeja ligeramente untada con aceite. Hay que añadirles un poco de sal y dejarlas reposar unos minutos para que empiecen a expulsar parte de la humedad. Después, se pueden secar suavemente con papel de cocina antes de entrar en el horno.

Pizza napolitana. Foto: Pexels

Este paso es mucho más importante de lo que parece. El tomate contiene una gran cantidad de agua y, si lo horneamos directamente cubierto de queso, esta humedad queda atrapada en el fondo. El resultado puede ser sabroso, pero se parece más a un tomate hervido con queso que a un gratinado.

Para evitarlo, conviene hacer una primera cocción solo con el tomate. Con unos minutos a temperatura alta, empezará a perder agua, concentrará el sabor y adquirirá una textura más consistente. Se puede aliñar con pimienta negra, orégano y un chorrito muy pequeño de aceite de oliva.

El gratinado es lo que le da ese sabor a pizza

Cuando el tomate ya ha perdido buena parte de su humedad, llega el momento de añadirle la mozzarella. Es preferible escurrirla bien antes de utilizarla, especialmente si es mozzarella fresca, porque también puede liberar bastante líquido durante la cocción. Por encima, un poco de parmesano rallado ayuda a crear una capa más tostada y sabrosa. Se vuelve a introducir la bandeja en el horno, esta vez con el gratinador activado, hasta que el queso se funda completamente y empiece a dorarse en algunos puntos.

El orégano es lo que acaba de acercar el conjunto al sabor clásico de pizza. También se puede añadir albahaca fresca justo antes de servir, pero siempre fuera del horno para que no pierda todo su aroma.

El resultado es una receta muy simple que funciona como cena rápida, entrante caliente o acompañamiento. No lleva harina, levadura ni ningún tipo de masa, pero combina los mismos sabores que asociamos a una pizza margarita: tomate concentrado, queso fundido, orégano y un punto tostado. La diferencia es que aquí todo el trabajo lo hace el horno y el tomate se convierte directamente en la base.