Madrid, 3 de octubre de 1939. El almirante Salvador Moreno Fernández, ministro de Marina del segundo gobierno del régimen nacionalcatólico franquista, distinguía con la Cruz de Primera Clase del Mérito Naval al civil Vicente Tato Cabado, por sus “desinteresados y especiales servicios prestados a la Marina durante la guerra”. Tato Cabado era condecorado por facilitar su nombramiento como secretario de Moreno. Esta circunstancia no pasaría de la categoría de simple anécdota, si no hubiera sido porque marcaba el inicio del ascenso político de Tato Cabado en la jerarquía del régimen franquista y de su curiosa relación con la aparición de la carne de ballena en los mercados de Barcelona. ¿Qué papel jugó Tato Cabado en la implantación de aquella curiosa, exótica e innovadora pauta alimentaria?
¿Desde cuándo los humanos comen carne de ballena?
Tato Cabado no sería el precursor de la oferta y el consumo de carne de ballena. La investigación arqueológica ha probado que el consumo de ballena (carne, grasas) se remonta a la prehistoria; y más concretamente, durante la etapa central del Neolítico (hace unos 6.000 años). Las comunidades humanas de la fachada atlántica europea habían desarrollado técnicas de caza de ballenas, consistentes, básicamente, en perseguir al cetáceo con unas embarcaciones pequeñas –pero muy maniobrables–, conducirlo hacia la costa, embarrancarlo en los bancos de arena y matarlo a golpes de arpón. Pero la caza extensiva con un criterio comercial no comenzaría hasta las postrimerías de la Edad Media (siglo XV), cuando la recuperación demográfica posterior a la Peste Negra (1348-1351) requería la obtención de recursos alimenticios proteínicos más allá de las vías tradicionales.

Queda claro que Tato Cabado tampoco sería el iniciador de la caza comercial de la ballena. Las fuentes documentales y la investigación historiográfica ponen de relieve la aparición y consolidación de una actividad ballenera que se desarrollaría, especialmente en los puertos vascos durante los siglos XV y XVI, y que se convertiría en la más lucrativa del mundo de la pesca. Los balleneros vascos proyectarían y desarrollarían un potentísimo aparato de pesca capaz de navegar –por la vía norte, a través de Islandia y Groenlandia– hasta los grandes caladeros de cetáceos de Terranova. La pesca de la ballena y la comercialización, a gran escala, de su carne y de sus grasas, transformarían radicalmente la fisonomía económica y social de los puertos vascos; y transportarían el mundo vasco (la Vizcaya hispánica y el Labort anglo-aquitano y después francés) hacia la modernidad.
¿Quién era Tato Cabado?
En primer lugar, debemos decir que sorprende la escasa información relativa a un personaje que tuvo un papel político relevante durante los primeros años del régimen nacionalcatólico franquista. Más allá de la condecoración que le abría la puerta a la secretaría del Ministerio de Marina, consignada en el Boletín Oficial del Estado (BOE) –número 289, de 7 de octubre de 1939, página 5632; y que, probablemente, solo era el pretexto para allanarle el camino hasta el despacho de Madrid–, no tenemos muchos más datos. Pero, en cambio, la investigación historiográfica reciente sí que ha podido trazar el recorrido de este gallego nacido a caballo de los siglos XIX y XX; y explicar su carrera política y la relación entre el cargo que ejerció (secretario de Marina) y la oferta y el consumo de carne de ballena en los mercados de Barcelona.
El paisaje de posguerra, facilitaría la introducción de este alimento de gran valor proteínico en la dieta de aquellas familias que se lo podían permitir. Pero nunca se consolidaría en la cultura gastronómica de la capital catalana
¿Qué pasaba en Barcelona cuando llega la carne de ballena?
Cuando Tato Cabado es condecorado y, acto seguido, nombrado secretario de Marina (octubre, 1939), Barcelona vivía la peor etapa de la posguerra. Cinco meses antes (mayo, 1939) se había declarado una epidemia de tuberculosis, que se prolongaría por espacio de un año y que acabaría costando la vida –oficialmente– a 2.000 barceloneses, a pesar de que la investigación historiográfica moderna eleva esta cifra hasta 10.000. El Ayuntamiento de la época, presidido por Miguel Mateu Pla –popular y despectivamente “Mateu de los hierros”– declaraba, públicamente, que no tenía recursos económicos para hacer frente a aquella emergencia. La Barcelona de la época era la de la miseria, enfermedades y muerte; y las dramáticas “colas de racionamiento” se convertían en el elemento dominante de su paisaje sociológico.

La investigación historiográfica explica que Tato Cabado conocía el negocio de la caza de la ballena de su época en A Coruña; un puerto que, a inicios del siglo XX, ya era el punto de intersección entre los pescadores portugueses, los intermediarios gallegos y los importadores japoneses. No obstante, la misma investigación revela que la iniciativa la tomaron los intermediarios gallegos del negocio de la ballena, muy bien relacionados –por diversas razones– con el régimen nacionalcatólico franquista. Aquello que podríamos llamar el “lobby de la ballena” contactó y “reclutó” a Tato Cabado con el objetivo de introducir la carne de ballena en el mercado alimentario español de la época. Y los mercados de Barcelona serían la “piedra de toque” de esta estrategia: si funcionaba en la capital catalana, se expandiría al resto del Estado español.
¿Cuál fue la respuesta de los barceloneses con la oferta de carne de ballena?
Al inicio, el paisaje de posguerra facilitaría la introducción de este alimento de gran valor proteínico en la dieta de aquellas familias que se lo podían permitir. Pero nunca se consolidaría en la cultura gastronómica de la capital catalana. Y la prueba nos la presenta, de nuevo, la investigación historiográfica. Superada la fase más dura de la posguerra (el régimen franquista ya había firmado los Tratados Bilaterales con los Estados Unidos, que ponían fin al bloqueo internacional de España); Joan Alern, paradista del Mercado de Santa Caterina, solicitaba la revocación de la autorización gubernativa de venta de carne de ballena (octubre, 1954). Alern, probablemente el último “carnicero de ballena” de Barcelona, renunciaba a un producto que nunca había generado entusiasmo y regresaba a la venta de la tradicional carne de ternera.