Salar un plato es uno de los gestos más básicos en la cocina, pero también uno de los más importantes. Aunque pueda parecer algo automático, los chefs profesionales coinciden en que hacerlo bien tiene más técnica de la que muchos imaginan. No se trata solo de añadir sal, sino de cómo, cuándo y desde dónde se hace. Uno de los consejos más llamativos lo comparte el chef Jamie Bissonnette. Se trata de salar desde cierta altura. Un gesto que puede parecer puramente estético, pero que tiene una base técnica muy clara y un impacto directo en el resultado final del plato.
La sal es una parte con muchas más aristas de las que parece
La importancia de la distribución
Cuando se echa la sal desde arriba, los granos tienen más espacio para dispersarse antes de tocar el alimento. Esto permite que se repartan de forma más uniforme, evitando que se concentren en un solo punto.

Si se añade la sal demasiado cerca del plato, es fácil que caiga en pequeñas acumulaciones. Esto provoca que algunas zonas queden demasiado saladas, mientras que otras apenas tengan sabor. El resultado es un plato desequilibrado. En cambio, al salar desde cierta altura, se consigue una capa más homogénea. Cada bocado tiene una cantidad similar de sal, lo que mejora notablemente la experiencia al comer.
Controlar la cantidad también es clave
Otro aspecto importante de este método es el control. Al dejar caer la sal desde arriba, el cocinero puede ver cómo se distribuye y ajustar la cantidad en tiempo real. Esto es especialmente útil para evitar excesos, uno de los errores más comunes en cocina. Es más fácil corregir cuando falta sal que cuando sobra, por lo que este gesto ayuda a ser más preciso. Además, este control visual permite adaptar el sazonado según el tipo de alimento, ya que no todos necesitan la misma cantidad. Salar bien no es solo cuestión de técnica, sino también de timing. Los chefs suelen añadir sal en diferentes momentos de la preparación para potenciar los sabores.
Por ejemplo, salar al inicio de la cocción ayuda a que los ingredientes liberen sus jugos y desarrollen mejor su sabor. Por otro lado, añadir un toque final de sal puede realzar la superficie del plato y aportar un contraste interesante. En ambos casos, la forma en la que se aplica la sal sigue siendo clave para conseguir un resultado equilibrado.
Lo mejor de este consejo es que cualquiera puede aplicarlo en casa. No hace falta experiencia profesional ni herramientas especiales. Basta con levantar ligeramente la mano al salar y dejar que los granos caigan de forma natural. Eso sí, conviene encontrar una altura cómoda que permita controlar el movimiento sin perder precisión. No se trata de exagerar, sino de mejorar la distribución. Así pues, algo tan cotidiano como añadir sal puede marcar una gran diferencia. Con un pequeño cambio en el gesto, es posible mejorar el sabor, la textura y el equilibrio de cualquier plato sin complicar la receta.