La psicóloga infantil Yugle Rivas lanza una afirmación provocadora pero profundamente acertada: “Si tu hijo saca buenas notas, pero no se sabe relacionar, no lo has hecho bien”. Esta idea desafía una visión tradicional de la educación basada exclusivamente en la memorización, el rendimiento en exámenes y la acumulación de conocimientos. En realidad, la formación de un niño para la vida no se limita a lo que puede escribir en una hoja o recordar de un libro: incluye su capacidad para relacionarse con otros, gestionar emociones, colaborar, resolver conflictos y navegar contextos humanos complejos.
Para muchos padres y educadores, sacar buenas notas sigue siendo el parámetro principal de éxito. Sin embargo, Yugle Rivas subraya que la educación debe ser integral: no solo alimentar la memoria, sino también cultivar habilidades sociales, empatía, comunicación y resiliencia, elementos que no suelen evaluarse en un examen tradicional, pero que influirán profundamente en el futuro de un niño.
Más allá de las calificaciones: educación para la vida
Las calificaciones han sido históricamente utilizadas como una medida de rendimiento académico, y en muchas culturas ello se traduce en expectativas familiares y sociales sobre el éxito. Sin embargo, la capacidad para memorizar información no garantiza que un niño se convierta en un adulto capaz de trabajar en equipo, liderar, lidiar con frustraciones o construir relaciones saludables.
Numerosos estudios en psicología del desarrollo demuestran que las habilidades sociales —como la comunicación efectiva, la empatía o la resolución de conflictos— son predictores significativos del bienestar emocional, del éxito profesional y de la salud relacional en la adultez. Estas competencias ayudan a los niños a:
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Colaborar con otros, tanto en contextos académicos como laborales.
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Gestionar emociones propias y ajenas, reduciendo ansiedad social.
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Adaptarse a cambios y desafíos, una habilidad clave en un mundo laboral dinámico.
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Fortalecer relaciones personales sanas, que son esenciales para el soporte emocional a lo largo de la vida.
Por eso, Rivas enfatiza que enseñar solo a memorizar datos o a rendir en exámenes es insuficiente para preparar a los niños para la complejidad del mundo real. El aprendizaje debe estar conectado con experiencias significativas que involucren interacción, pensamiento crítico y comprensión de sí mismos y de los demás.
¿Qué implica educar para la vida?
Este enfoque educativo implica fomentar prácticas como:
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Juegos cooperativos y actividades grupales que promuevan habilidades sociales.
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Proyectos prácticos y discusiones en clase, en lugar de evaluación única basada en exámenes.
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Modelado de resolución de conflictos y expresión de emociones desde temprana edad.
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Espacios de escucha auténtica donde los niños aprendan a comunicarse y a comprender perspectivas distintas a la suya.
En conclusión, la enseñanza no debe limitarse a preparar a un niño para responder preguntas en un examen; debe equiparlo con herramientas humanas esenciales que lo acompañarán toda la vida. Si los padres y educadores solo priorizan las calificaciones, pueden estar dejando de lado lo más importante: la formación integral de individuos capaces de construir relaciones saludables y de enfrentar el mundo con resiliencia y empatía.
