Las oposiciones son uno de los retos académicos y profesionales más exigentes en España. Miles de personas dedican meses o incluso años de su vida a prepararlas con un objetivo claro: conseguir una plaza fija en la función pública, estabilidad laboral y mejores condiciones económicas. Pero como explica el profesor Miguel Diéguez, no basta con estudiar mucho; lo que marca la diferencia entre aprobar o suspender es la capacidad de aprender de forma continua a través de lo que él llama “evaluación formadora”: una forma de evaluar y retroalimentar el aprendizaje que convierte errores en progreso real.

El mundo de las oposiciones: objetivos y exigencias

Presentarse a unas oposiciones implica, ante todo, competir con uno mismo y con miles de aspirantes que persiguen la misma meta. Las motivaciones son diversas: hay quien busca seguridad laboral, reducir el estrés de la precariedad, conciliar mejor la vida personal y profesional o alcanzar una profesión vocacional (como docente, policía, funcionario administrativo, sanitario, etc.).

A diferencia de un examen ordinario, las oposiciones no miden únicamente la memorización de contenidos, sino la capacidad de aplicar conocimientos, razonar lógicamente bajo presión y resolver supuestos prácticos complejos. Por eso, muchas personas que dominan la teoría encuentran dificultades cuando llega el momento de enfrentar preguntas en tiempo limitado o con múltiples variables.

Prepararse unas oposiciones implica un proceso intenso que va más allá de “leer y memorizar”. Requiere:

  • Planificación del estudio, con metas diarias o semanales.

  • Organización del temario completo, muchas veces extenso y en constante actualización.

  • Resolución de test y casos prácticos, que ayudan a consolidar la comprensión del contenido.

  • Simulacros de examen, para entrenar la gestión del tiempo y el estrés.

  • Repaso continuado para evitar el olvido de temas ya revisados.

Este proceso puede durar meses o años, y quien se prepara no solo adquiere conocimientos, sino también disciplina, constancia y habilidades de autodirección.

Oposiciones en Andalucía. Europa Press

Evaluación formadora: clave para el éxito

Es aquí donde entra el concepto que destaca Miguel Diéguez: la evaluación formadora. No se trata de evaluar para calificar, sino de evaluar para aprender y mejorar continuamente. Esta idea implica:

  1. Autoevaluación regular, donde el opositor revisa sus propios errores para comprender por qué falló.

  2. Feedback inmediato y constructivo, ya sea con profesores, tutores o mediante las correcciones de test.

  3. Ajuste del plan de estudio según fortalezas y debilidades detectadas en cada evaluación.

  4. Metacognición, es decir, pensar sobre cómo se aprende y no solo sobre lo que se sabe.

Diéguez sostiene que muchos aspirantes se limitan a estudiar “mucho contenido” sin evaluar si realmente lo han asimilado en profundidad. Hacer muchos test sin analizarlos, por ejemplo, puede crear una ilusión de control sobre el temario, pero no garantiza que se haya interiorizado el razonamiento detrás de las respuestas correctas.

Para él, la evaluación formadora transforma cada error en una oportunidad de aprendizaje. Si un opositor corrige un fallo sin entender la causa, es muy probable que lo repita. En cambio, quien analiza un error y ajusta su estrategia de estudio conforme a ese análisis estará construyendo una base sólida y durable de conocimiento.

Lo que envuelve prepararse unas oposiciones

Preparar una oposición es también:

  • Gestión emocional: manejar la frustración, la ansiedad preexamen y los altibajos del proceso.

  • Satisfacción progresiva cuando se alcanza un objetivo pequeño, como dominar un bloque de temas.

  • Red de apoyo: amigos, familiares o grupos de estudio que comprenden las dificultades del proceso.

  • Rutina y hábitos saludables que favorezcan la concentración y el bienestar.

En definitiva, aprobar unas oposiciones no depende solo de cuánto se estudie, sino de cómo se estudie, cómo se evalúe el propio aprendizaje y cómo se transforme cada evaluación en un paso más hacia la meta. La evaluación formadora no es un lujo académico: es la herramienta que convierte el esfuerzo repetitivo en un aprendizaje significativo capaz de marcar la diferencia el día del examen.