La historia de Enric Galià rompe de lleno con la idea cómoda que muchos tienen sobre las bajas indefinidas o las pensiones por incapacidad. A los 47 años, se vio obligado a dejar de trabajar sin haberlo solicitado y sin que ese fuera, ni de lejos, su objetivo vital. “No fue una decisión suya. Fue del médico, explica con una mezcla de resignación y cansancio.

Según relata, fue el propio sistema sanitario el que, tras evaluar su situación, decidió concederle la baja indefinida. El diagnóstico no llegó de manera informal ni subjetiva, sino a través del Tribunal Médico, que determinó que Enric sufre un trastorno bipolar incompatible con la continuidad laboral en su estado actual. Una resolución que cambió su vida de un día para otro.

No es vivir de una paguita

Enric es muy claro cuando habla del estigma que rodea su situación. Hay quien cree que esto es vivir de una paguita, como si te tocara la lotería. No se lo desea a nadie. Lejos de ser una liberación, la baja indefinida ha supuesto una ruptura total con su identidad, con su rutina y con el sentido de utilidad que le daba el trabajo.

Su día a día es complicado. La enfermedad condiciona su estado de ánimo, su energía y su estabilidad emocional. A eso se suma la sensación de haber sido apartado del mundo laboral sin estar preparado psicológicamente para ello. “Yo no quería dejar de trabajar”, insiste.

Un diagnóstico que lo cambia todo

El diagnóstico del trastorno bipolar fue el punto de inflexión definitivo. No solo por el impacto médico, sino por las consecuencias administrativas y sociales que conlleva. A partir de ese momento, Enric dejó de ser visto como un trabajador con dificultades para convertirse en un caso clínico, evaluado y resuelto por un tribunal. La jubilación forzada llegó antes de que él pudiera asimilar lo que estaba pasando. Sin margen de maniobra y sin una alternativa real, tuvo que aceptar una situación que nunca buscó.

Hoy, Enric vive con la sensación constante de tener que justificarse. Ante conocidos, ante desconocidos y, muchas veces, ante sí mismo. Su testimonio busca precisamente eso: romper el relato simplista sobre las bajas indefinidas y poner voz a quienes viven realidades invisibles y duras. Y aunque ahora intenta adaptarse a su nueva situación, no deja de repetir una frase que define toda su historia: no lo pedí, no lo quise y no se lo deseo a nadie.