En un sistema educativo como el español, con sus retos y potencialidades, muchos factores influyen en el éxito académico de los alumnos. Aunque España tiene una cobertura educativa amplia desde la infancia y un sistema diverso, sigue enfrentándose a desafíos como desigualdades regionales, tasas de abandono escolar relativamente altas y brechas de rendimiento en habilidades básicas como matemáticas o lectura. Dentro de este contexto, la pedagoga Cristina Martínez pone el foco en un hábito concreto que, según ella, distingue a los niños que obtienen mejores notas: una práctica constante y bien enfocada que va más allá de la memorización o de pasar horas estudiando sin método (como ella analiza en su vídeo).

Situación de la educación en España: fortalezas y debilidades

El sistema educativo español cubre una amplia gama de etapas, desde la educación infantil hasta la superior, y ha alcanzado tasas altas de participación, especialmente desde edades tempranas. Sin embargo, las mediciones de rendimiento como PISA señalan que una proporción significativa de estudiantes no alcanza niveles avanzados en matemáticas, lectura o ciencias, algo que limita su preparación para estudios posteriores o para un mercado laboral exigente. Además, las diferencias regionales y las condiciones socioeconómicas continúan marcando brechas de rendimiento, lo que destaca la importancia de prácticas educativas efectivas tanto en la escuela como en casa.

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La calidad del aprendizaje no puede medirse solo en horas dedicadas a repasar contenidos. En educación existen mitos sobre lo que realmente produce mejores resultados académicos. Por ejemplo, no siempre más horas de estudio o clases más pequeñas se traducen en notas significativamente superiores; lo importante es la calidad del estudio y las estrategias que desarrolla el alumno para aprender.

El hábito que favorece el éxito académico

Cristina Martínez explica que los niños que obtienen mejores notas regularmente comparten un hábito fundamental: no solo repasan contenidos, sino que practican de manera activa y reflexiva, integrando lo que aprenden en contextos reales y desarrollando estrategias para entender en profundidad, no solo memorizar. Este enfoque implica varios elementos:

Planificación del estudio: diseñar pequeños bloques diarios con objetivos claros.

Revisión activa: no leer pasivamente, sino hacer preguntas, explicar en voz alta lo aprendido o enseñar a un compañero.

Autonomía: aprender a gestionar el tiempo y buscar soluciones propias a los problemas antes de depender siempre del adulto.

Reflexión sobre errores: entender por qué se falló en un ejercicio y qué se puede mejorar.

Este tipo de estudio fomenta habilidades más allá de repetir conceptos. Desarrolla pensamiento crítico, comprensión profunda y confianza en uno mismo, cualidades que se reflejan en las evaluaciones escolares y en las interacciones en clase.

Cristina enfatiza que este hábito debe cultivarse desde temprano y con apoyo adecuado: no se trata de ejercer presión, sino de enseñar al niño a estudiar de forma inteligente y con método. Esto ayuda a que el aprendizaje sea más significativo, sostenible y menos estresante, lo que se traduce en mejores resultados y mayor satisfacción académica.

En definitiva, en una educación tan diversa y desafiante como la española, el éxito del alumno no depende solo de la cantidad de horas de estudio, sino de la calidad de los hábitos que desarrolla. Y, como señala Cristina Martínez, los que adoptan un enfoque activo, reflexivo y organizado son los que suelen obtener mejores notas, no porque sean más inteligentes, sino porque aprenden a estudiar mejor.