Cuando alguien llega por primera vez a Corea del Sur, uno de los aspectos que más sorprenden es la impresión de seguridad y civismo que se vive en la vida cotidiana. Para Celia, una española que reside allí, una de las experiencias más notables —y difíciles de creer al principio— fue comprobar que puedes dejar tu ordenador o móvil sobre una mesa en un restaurante o cafetería y, al volver, sigue exactamente donde lo dejaste. Este sencillo gesto, casi impensable en muchas ciudades europeas o españolas, refleja no solo una sensación de seguridad, sino también un profundo respeto por la propiedad ajena que caracteriza a la sociedad coreana en muchos ámbitos de la vida diaria.
Una cultura de respeto y seguridad cotidiana
Corea del Sur es considerada una de las sociedades más seguras del mundo, y esto no solo se observa en cifras de criminalidad relativamente bajas, sino también en las prácticas y comportamientos sociales que se traducen en confianza pública. En un país donde dejar objetos personales sin vigilancia es sorprendentemente común —ya sea en cafeterías, restaurantes o incluso en estaciones de metro— muchos residentes extranjeros se asombran de que nadie se apropie de ellos ni desaparezcan.
Según relatos de viajeros y residentes, esta percepción de seguridad es palpable incluso en grandes ciudades como Seúl, donde la densidad de población es alta, pero al mismo tiempo la integridad de los bienes personales tiende a respetarse, al menos en comparación con muchas ciudades europeas o españolas, donde aún prevalece la necesidad de mantener los objetos siempre vigilados o asegurados.
Estas experiencias no significan que Corea sea un lugar completamente libre de crímenes —como en cualquier país existen delitos menores o fraudes—, pero sí subrayan una diferencia cultural importante: la interiorización de normas sociales que promueven el orden, el respeto mutuo y la conciencia colectiva sobre el impacto de las acciones individuales.
En España, por ejemplo, es habitual que incluso en cafés o terrazas se mantenga una cierta vigilancia constante sobre pertenencias personales, y el temor a robos pequeños (como dispositivos móviles, monederos o carteras) es algo que forma parte de la rutina. Aunque no todas las zonas españolas presentan altos índices de criminalidad, la percepción de inseguridad en espacios públicos hace que muchos no se atrevan a confiar objetos sin supervisión cercana —una diferencia notable con lo que Celia vive en Corea.
Factores que explican esta diferencia
La sensación de seguridad que describe Celia tiene raíces en varios factores culturales y estructurales:
Respeto social profundamente arraigado, donde tomar algo que no te pertenece es visto no solo como ilegal, sino como un acto socialmente reprensible.
Sistema legal y policial eficiente, con presencia y respuesta rápidas ante delitos, lo que disuade comportamientos delictivos.
Conciencia colectiva sobre la reputación y el impacto del comportamiento individual en la comunidad.
Esta confianza social se traduce no solo en situaciones como dejar un ordenador sin vigilancia, sino también en la manera en que las personas interactúan en espacios públicos, en el respeto por las normas y en la baja incidencia de delitos menores en comparación con muchas ciudades europeas o españolas.
Seguridad, cultura y convivencia
La anécdota de Celia refleja algo más que una curiosidad local: es un indicio de cómo una sociedad organiza sus normas, expectativas y comportamientos para facilitar un entorno más seguro y ordenado. Aunque ninguna ciudad o país está completamente libre de riesgos, la combinación de respeto cultural, socialización de normas y eficacia institucional en Corea del Sur genera una sensación de seguridad cotidiana que para muchos extranjeros resulta sorprendente y refrescante —empezando por cosas tan simples como no tener que preocuparse por si tu portátil sigue en la mesa al volver de pedir un café.
