Once días después, la guerra en Oriente Medio se ha intensificado, se ha extendido por varios países del Golfo y sus consecuencias se notan ya en los bolsillos de todos. A los mandos de una decisión unilateral, la Administración estadounidense no da señales de saber cuántas semanas (o meses) puede durar, ni cuáles son los objetivos. Justo los dos factores determinantes para calcular el impacto en la economía y el grado de imprevisibilidad que puede alcanzar el conflicto. A la decisión de Trump y Netanyahu se suma la respuesta de Irán. El régimen se acaba de reforzar militarmente con la sucesión de Jamenei Jr. y, aun en su momento más débil, la vida y el tiempo no valen lo mismo, así que cualquier respuesta es posible. El escenario es tan incierto que, en poco más de una semana, el apoyo unánime a Donald Trump se ha desmembrado a favor de su némesis, como calificaba el Financial Times a Pedro Sánchez.

Francia ha matizado. No es su guerra, pero sí un “ataque a toda Europa”, y Macron está más en defender el estrecho de Ormuz que en ayudar a Trump a acabar con el régimen del ayatolá. Italia está en la posición de España, aunque condicionando el uso de las bases al previo paso por el parlamento, y Alemania ha terminado por matizar su postura. El silencio del canciller Mertz frente a Trump no fue lo más heroico de su viaje a Washington.

Superada la dialéctica del eje del mal, tan manida durante la guerra de Irak, Europa percibe —como entonces, por otro lado— cómo la falta de legalidad internacional implica una impunidad en la dirección del conflicto donde los intereses de Trump no tienen por qué ser los europeos. Distintas prioridades de una factura que Europa ya está pagando.

Pedro Sánchez supo leer la decisión en caliente a las pocas horas del despliegue de Furia Épica. “Creo que es una operación”, dijo el speaker Mike Johnson para no hablar de guerra y dejar una rendija a la retirada. Ahora los analistas internacionales coinciden en que el mejor escenario sería un Trump con grandes dosis de propaganda anunciando que Irán ya no es una amenaza nuclear para replegar el ataque. No puede permitirse una ocupación por tierra —se traduciría en incontables féretros americanos—; tampoco llegar al verano o que la inflación y la escasez se instalen antes de las elecciones de noviembre.

Con todo, es difícil saber hasta dónde va a escalar la crisis. Fuentes de Exteriores aseguran que es la pregunta del millón en la diplomacia e inteligencia europea. Lo previsible son varias semanas, pero nadie tiene certezas. La posición política de Pedro Sánchez se concretará en la comparecencia parlamentaria de finales de marzo. Antes tendrá que tomar decisiones en forma de escudo social. De cara a los próximos consejos de ministros, el Gobierno está midiendo qué medidas tomar. Primero, el diagnóstico, apuntan en Moncloa. Conocer los efectos inmediatos y las consecuencias a medio plazo. El Ejecutivo necesita hacer balance de daños y evaluar las primeras consecuencias: los efectos inmediatos y otros que pueden tardar semanas en manifestarse. Y, sobre todo, identificar con precisión los sectores afectados.

De momento, el impacto está en la subida de los combustibles. Pero el alcance puede ampliarse rápidamente: el encarecimiento del crédito, el repunte de las hipotecas, el precio de los alimentos y la presión inflacionista. De momento, Moncloa no llevará esta semana un gran real decreto como en la guerra de Ucrania. Es más probable que veamos un “paso a paso, sector a sector”, apuntan.

La gran pregunta en la diplomacia y los servicios de inteligencia europeos: ¿hasta cuándo durará el conflicto? 

Con todo, nadie sabe hasta dónde va a escalar la crisis. No hay falta de suministros de momento, pero en el epicentro de Ormuz y en los ataques a infraestructuras petrolíferas puede estar el punto de no retorno. Fuentes de Exteriores admiten que esa es la gran pregunta en la diplomacia y los servicios de inteligencia europeos: ¿hasta cuándo durará el conflicto? Sin certezas, Europa está obligada a reaccionar sobre lo inmediato sin ver el paisaje completo.

En lo nacional, al equipo de Feijóo le cuesta reaccionar ante cualquier escenario sin un guion previo. El «no a la guerra» de Sánchez, por más electoralista que sea, funciona. Y es coherente con la trayectoria del PSOE, tanto hace veinte años como ahora. El PP, herido por la memoria de Aznar e Irak, solo ha alcanzado a proponer un paquete de reducciones en el IVA de productos. Una medida que no funcionó en la guerra de Ucrania y de la que se beneficiaron las eléctricas y grandes superficies.

La guerra es global, pero seguiremos leyéndola en lo nacional. El Ejecutivo solo tiene dos grandes hitos en esta legislatura: ganar en Catalunya y la agenda exterior. El PP, con Vox remontando allá donde hay elecciones, necesita liderar algún hito desde la oposición más allá de surfear sobre la agenda de la corrupción.