Las amistades en la infancia y la adolescencia son una parte fundamental del desarrollo emocional. Cuando un grupo de amigos deja de hablar a un niño, puede desencadenar una experiencia dolorosa tanto para él como para la familia. La psicóloga infantil Aiora aborda este tema en redes sociales y destaca que la forma en que los padres responden y acompañan a su hijo puede marcar una diferencia importante. Basándose en principios psicológicos y de apoyo emocional, Aiora ofrece pautas claras para ayudar a los padres a navegar este difícil momento.
Por qué sucede y qué implica para el niño
Es común que los niños vivan cambios en sus relaciones sociales. Las causas por las que un grupo de amigos puede dejar de hablarle pueden ser variadas y no siempre reflejan un problema personal profundo del niño:
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Cambios de intereses: A medida que crecen, los gustos, juegos y actividades cambian y algunas amistades se desvanecen de forma natural.
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Malentendidos o conflictos menores: Un comentario, una pelea o una mala interpretación pueden separar temporalmente a los amigos.
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Dinámicas de grupo: En ocasiones, la presión del grupo o las jerarquías sociales influyen más que la afinidad real entre los niños.
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Cambios de entorno: Cambios en el aula, en el grupo de actividades extraescolares o la llegada de nuevos compañeros pueden alterar relaciones establecidas.
Independientemente del motivo, la situación puede generar en el niño emociones intensas: tristeza, frustración, confusión, sentimientos de rechazo o baja autoestima. Algunos niños pueden retraerse, perder interés en actividades que antes disfrutaban o mostrar cambios en el sueño o el apetito. El impacto emocional depende tanto del temperamento del niño como del apoyo que reciba en casa.
Cómo actuar según Aiora: acompañar, no resolver
Aiora enfatiza que la primera respuesta de un padre debe ser emocional, no instrumental. Es decir, los padres deben enfocarse en comprender cómo se siente su hijo antes de intentar “arreglar” la situación o intervenir directamente entre grupos de amigos.
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Validar las emociones: Escuchar activamente sin juzgar ni minimizar. Frases como “Entiendo que te sientas triste, debe ser difícil” ayudan a que el niño se sienta reconocido y acompañado.
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Preguntar con empatía: En lugar de investigar culpables, es útil preguntar “¿Qué pasó para qué dejaste de jugar con ellos?”, o “¿Cómo te sentiste cuando ocurrió?”. Esto promueve el pensamiento reflexivo, no el conflicto.
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Evitar la presión social: Forzar al niño para que “vuelva con esos amigos” o criticar a otros puede empeorar la situación. Aiora destaca que obligar o presionar puede transmitir al niño que sus sentimientos no son propios y que debe ajustarse por conveniencia.
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Fomentar nuevas conexiones: Proponer actividades en las que pueda conocer nuevos compañeros o reforzar amistades existentes fuera del grupo principal, sin forzar resultados, ayuda a ampliar su red social.
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Modelar habilidades sociales: Los padres pueden enseñar estrategias para resolver conflictos, pedir disculpas, expresar sentimientos o establecer límites. Estas habilidades son herramientas útiles para la vida.
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Observar señales persistentes: Si el niño muestra cambios significativos en su bienestar (aunque ocurran semanas después), puede ser recomendable buscar apoyo de un profesional.
Aiora también recuerda que no todas las amistades de la infancia duran para siempre, y algunas desconexiones forman parte natural del crecimiento emocional. El verdadero reto, tanto para el niño como para los padres, es desarrollar resiliencia, autocuidado y la capacidad de construir nuevas relaciones saludables.
En resumen, cuando un hijo enfrenta un distanciamiento social, la clave no es encontrar culpas ni imponer soluciones, sino estar emocionalmente presentes, validar sentimientos y acompañar el proceso de aprendizaje social. Esto no solo ayuda a superar la situación inmediata, sino que fortalece la autoestima y la confianza del niño a largo plazo.
