Se han hecho muchas disquisiciones sobre los motivos y el momento escogido para el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán. Pero el hecho es que ahora ya sabemos que el desencadenante real de este conflicto, de consecuencias por ahora todavía imprevisibles, fue la identificación por parte de la inteligencia norteamericana —conjuntamente con la israelí— de que se iba a llevar a cabo una reunión de la Comisión de Defensa iraní el pasado sábado en Teherán, concretamente en la “Beit-e Rahbari”, la sede y residencia del Líder Supremo Ali Khamenei.

Por lo tanto, todo indica que fue esta “oportunidad”, es decir el hecho de tener localizado al líder del país junto con los principales miembros del aparato militar iraní —ministro de defensa, jefe de la Guardia Revolucionaria, jefe del Consejo de Defensa— en el mismo lugar y momento, lo que habría convencido a Trump de autorizar —por la parte israelí— y ordenar —por la norteamericana— una acción militar sobre la cual el Pentágono había mostrado reiteradamente —en privado, pero también en público— sus reticencias.

Seguramente esto puede explicar también la aparente frivolidad del presidente Trump de anunciar esta operación, por ahora la más arriesgada y más virulenta de un segundo mandato de por sí incendiario, desde Mar-a-Lago en una escenificación de “fin de semana”; en vez de hacerlo desde la Casa Blanca, donde se encuentran las instalaciones y operativos adecuados para que el presidente de los EE. UU. pueda hacer el seguimiento más detallado de una acción tan contundente como compleja y peligrosa.

La gran duda, por lo tanto, es discernir el peso que ha tenido el oportunismo respecto a la aproximación estratégica, algo que no está del todo claro porque ciertamente hay muchos elementos que chirrían y, a la vez, es muy difícil evitar una sensación de déjà-vu. Un déjà-vu que recuerda a la invasión y posterior guerra de Irak de 2003, que sumió el país y la región en el caos durante una década, y de la cual todavía sufrimos las consecuencias. O de la intervención de veinte años en Afganistán (2001-2021), que no resolvió nada y acabó como el rosario de la aurora después de decenas de miles de muertos y decenas de miles de millones de dólares malgastados.

La gran duda es discernir el peso que ha tenido el oportunismo respecto a la aproximación estratégica. Muchos elementos chirrían y, a la vez, es muy difícil evitar una sensación de déjà-vu

Porque cuesta mucho entender la estrategia a medio y largo plazo detrás del ataque desatado este fin de semana, sobre todo si nos atenemos al discurso hecho por Trump para justificarlo. Si realmente este era el plan previsto, ¿cómo es que la cuestión iraní no fue el eje central del discurso sobre el Estado de la Unión de la semana pasada? Porque, en cambio, “Irán” no apareció hasta que ya hacía una larga hora que Trump desarrollaba su discurso grandilocuente, megalómano y, en muchos aspectos, bastante alejado de la realidad.

Es evidente que hace semanas —incluso podríamos decir que algunos meses— que los Estados Unidos acumulaban una importante flota y capacidad operativa en el Golfo Pérsico y sus proximidades, al tiempo que se reforzaba también la seguridad de las bases militares de los EE. UU. y aliados en Oriente Medio. Pero también es cierto que las negociaciones sobre el programa nuclear iraní —con mediación de Omán— avanzaban razonablemente bien en Ginebra, y al finalizar los contactos el viernes se acordó seguirlos este lunes. Es más, la reciente aparición en la ciudad suiza de los dos “negociadores” de confianza de Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, reforzaba el mensaje de una evolución positiva de estas. Por otro lado, veremos quién se tomará ahora en serio a estos dos personajes, ante la sospecha de que hayan sido utilizados como cebo para tranquilizar y confundir a los iraníes...

Sea como fuere, se ha abierto la caja de Pandora. Se ha activado el tan temido conflicto regional que durante décadas todo el mundo, excepto los más radicales entre los radicales, había intentado evitar. Ciertamente, Irán se encuentra en un momento de extrema debilidad, desde la perspectiva interna —importante crisis económica, protestas recurrentes y oposición creciente— como externa, con la pérdida de importantes aliados regionales —como la Siria de al Assad—, o la práctica desaparición de su “Eje de Resistencia”, en especial de Hizbulá y Hamás. Pero continúa siendo un país importante, al que se le supone una capacidad de resistencia relevante.

La razón es que, mientras el impacto regional del conflicto crece, como también lo hace el número de muertos, la principal incógnita se concentra ahora en la capacidad de resistencia del régimen de los ayatolás a pesar de haber sido descabezado; así como en la resiliencia de su capacidad de respuesta militar, clave para entender la evolución en los próximos días de este nuevo conflicto. Una guerra que, de momento, disparará el precio del petróleo, mientras ya afecta gravemente a algunas de las principales rutas comerciales —sobre todo marítimas y aéreas— del mundo.