La rapidez con la que se suceden los acontecimientos en Irán después de que la operación conocida como Furia Épica, desencadenada por los Estados Unidos e Israel, haya acabado con el ayatolá Alí Jamenei y con una cincuentena de líderes iraníes, permite afirmar, dentro de las pocas certezas actuales, que el Oriente Medio que conocíamos hasta el viernes 27 de febrero ya no existe. Las próximas 72 horas nos darán pistas fiables que determinarán qué escenario se impone y si se camina hacia una reconfiguración del orden regional completo, tal como lo hemos conocido. Si Washington consigue su transición pactada o, por el contrario, la transición fracasa y la Guardia Revolucionaria mantiene capacidad de resistencia autónoma.

La evolución de la respuesta iraní, la capacidad del consejo interino de imponer algún orden, la disposición de la Guardia Revolucionaria a negociar o a resistir y la velocidad con que los Estados del Golfo logren reabrir sus economías determinarán cuál de los dos escenarios se impone. Si Washington consigue su transición pactada —un interlocutor interno presentable, una negociación de fachada, un régimen debilitado que acepta las condiciones a cambio de supervivencia—, el resultado será un Oriente Medio donde el arco de influencia iraní (Hezbolá, Hamás, los hutíes, las milicias iraquíes) queda definitivamente huérfano de patrocinio estatal, donde Israel consolida una hegemonía militar sin contrapeso regional, donde los estados del Golfo se integran aún más en la arquitectura de seguridad occidental, y donde Rusia y China ven reducido su espacio de maniobra en una zona que consideraban crecientemente dentro de su esfera de influencia.

Si, por el contrario, la transición fracasa, lo que tendremos es un Estado en descomposición con armamento sofisticado, milicianos dispersos sin mando unificado y un vacío de poder que todos los actores regionales intentarán llenar. El precedente libio es el que hay que tener en mente. La diferencia es que Libia no tenía un programa nuclear, no controlaba un estrecho como el de Ormuz por el que pasa el 20 % del petróleo mundial y no contaba con una red de grupos armados afines capaz de desestabilizar media docena de países simultáneamente. En este escenario va a ser clave la movilización del pueblo iraní y las protestas que puedan haber en la calle. Trump y Netanyahu han sido explícitos en sus declaraciones: el ataque busca crear las condiciones para que el pueblo iraní tome su destino en sus manos.

Irán, al atacar a medio mundo, se quedó sin aliados en la región y regaló a Washington una coalición de facto que habría sido imposible construir por vía diplomática

Mientras Irán debate su mejor estrategia, en una posición de evidente debilidad, los estados del Golfo, mientras tanto, se encuentran en una posición que es simultáneamente su peor pesadilla y su mejor oportunidad. La represalia iraní contra sus territorios —explosiones en Dubái, Doha, Manama, Riad— ha destruido en horas la narrativa de estabilidad que sustenta sus economías. Estos países viven de ser percibidos como refugios seguros para la inversión, el turismo y el tránsito global. Cada imagen de humo sobre Jebel Alí o Palm Jumeirah erosiona esa percepción de una forma que puede tardar años en repararse. El cierre del espacio aéreo, la cancelación de cientos de vuelos, el bloqueo de Ormuz: todo ello golpea el corazón de un modelo económico que depende de la conectividad y la confianza.

La urgencia por restablecer la normalidad es, para estos Estados, literalmente existencial. Pero la paradoja es que la agresión iraní los ha empujado a una alineación con Estados Unidos e Israel que probablemente no deseaban, pero de la que ya no pueden salir fácilmente. Arabia Saudita y Emiratos, que habían tenido diferencias en las semanas previas, comenzaron a emitir declaraciones de apoyo mutuo en cuanto los misiles iraníes cruzaron sus fronteras. Catar, que se había distanciado de la acción militar y mantenido una posición más equidistante, se reservó el derecho a represaliar tras el ataque a su territorio. Irán, al atacar a medio mundo, se quedó sin aliados en la región y regaló a Washington una coalición de facto que habría sido imposible construir por vía diplomática. Los Estados del Golfo harán todo lo posible por volver a la normalidad en cuestión de días —reapertura de espacios aéreos, reanudación de vuelos, señales de estabilidad a los mercados—, pero lo harán desde una posición de alineamiento con el bloque occidental que redefine el equilibrio de poder regional para una generación.

Todo ello, en medio de una guerra nada convencional. La operación conjunta israelí-estadounidense fue diseñada como un ataque masivo por aire y mar, dirigido contra la cúpula dirigente, los comandantes militares y la infraestructura estratégica del régimen. La lección de Irak —donde más de 4.600 soldados estadounidenses murieron en combate— está profundamente interiorizada en Washington: la destrucción del aparato militar y del liderazgo puede hacerse desde el cielo; la ocupación territorial es lo que destruye presupuestos, credibilidad y presidencias. Trump trata de imponer un modelo contrario en que el objetivo no es controlar territorialmente Irán; es descabezarlo y esperar a que colapse desde dentro. De ahí que el teaming sea capital en el desenlace.