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En plena crisis en Ceuta, con el Gobierno incapaz de devolver la ciudad a la normalidad y con el ministro de Justicia marroquí pidiendo una mesa de diálogo para negociar el futuro tanto de Ceuta como de Melilla, sobre las que Abdellatif Ouahbi reivindica un derecho histórico y geográfico, el Gobierno y el Partido Popular han puesto la última guinda que faltaba en el pastel. Desplazar o no desplazar a Felipe VI hasta las ciudades de soberanía española para plantar cara a Mohamed VI. En un Estado en el que el Rey reina pero no gobierna, hay, al menos, tres posiciones. Moncloa no quiere ni oír hablar del viaje de Felipe VI, un gesto que en Marruecos sería visto con hostilidad y de eso ya hay precedentes: cuando Juan Carlos I viajó en 2007 a las dos ciudades africanas desató una grave crisis diplomática, llegando a retirar Marruecos provisionalmente su embajador en España.

Habían pasado, en 2007, ochenta años de la visita anterior y única hasta aquella fecha: la que protagonizó Alfonso XIII en 1927, en un contexto marcado por el final de la guerra del Rif. Esta visita de Felipe VI sería, en consecuencia, la tercera de la secuencia histórica y el Gobierno de Pedro Sánchez no está por la labor. Este sábado, Alberto Núñez Feijóo ha entrado de lleno en el tema y ha reclamado al Gobierno que deje ir al Rey a Ceuta y Melilla. No solo eso, también ha afirmado que está convencido de que Felipe VI quiere ir y, en consecuencia, debe autorizar la visita. No recuerdo muchas situaciones en que los dos principales partidos españoles hayan situado al jefe del Estado en medio del debate político y se lo hayan lanzado el uno al otro como un elemento más de la batalla que mantienen.

La cuestión no es ni mucho menos banal, ya que lo que está en juego es la estrategia ganadora frente a Marruecos: mientras el Gobierno imprime dosis importantes de elogios hacia la cooperación de Marruecos, el PP lo acusa de tener una actitud muy blanda con quien permitió la invasión del pasado 30 de julio. Felipe VI ha hecho gestos como prometer al presidente de la ciudad de Ceuta que viajará cuando se den las condiciones. Y, dicho eso, se fue de vacaciones, al parecer con dirección a Grecia, mientras Pedro Sánchez prosigue las suyas en La Mareta, en la isla de Lanzarote. Una situación, esta última, que incluso ha provocado hilaridad en algunos sectores socialistas. El presidente de Melilla, Juan José Imbroda, ha terciado en la polémica señalando que había llegado el momento de que el viaje se hiciera sin más dilación.

No recuerdo muchas situaciones en que los dos principales partidos españoles hayan situado al jefe del Estado en medio del debate político y se lo lancen el uno al otro como un elemento más de la batalla que mantienen

Es evidente que la grave crisis de Ceuta está lejos de acabar. Tanto la que colapsa los servicios públicos como la políticoinstitucional. El hecho de que el Ministerio de Sanidad haya convocado de urgencia a las comunidades autónomas a una reunión el próximo lunes para activar un mecanismo de solidaridad para enviar vacunas contra el sarampión, la varicela, la polio, el tétanos o la difteria, ya ofrece una foto clara de cuál es la situación, más allá de cualquier declaración. Y, para añadir más presión política, Marruecos ha pedido a España los cuerpos de los migrantes muertos en Ceuta durante la invasión. Lo hace 23 días después y justo cuando ve que la posición española es la más débil de las últimas fechas.

Y Marruecos, cuando huele sangre, no se conforma con hacer declaraciones. El régimen tiene una experiencia reconocida en aprovechar los resquicios que tenga su rival, y ahí están Estados Unidos e Israel tendiendo puentes con Mohamed VI mientras la España gobernante tiene más argumentos que aliados, porque su posición a nivel internacional no atraviesa su mejor momento.