Las urgencias informativas de estos días de campaña electoral han retrasado mi artículo sobre lo que ha supuesto la nueva exhibición de talento futbolístico, capacidad de liderazgo, madurez personal, superioridad estratégica y táctica, empatía discursiva haciendo fácil lo difícil y compromiso barcelonista, de Josep Guardiola Sala, Pep, el noi de Santpedor, que con 52 años encarna la única revolución del fútbol de este siglo hasta convertir este mágico deporte en un espectáculo más propio de una coreografía de uno de los grandes teatros del mundo, que de un terreno de juego. Ahora que se habla de una posible vuelta de Leo Messi al Fútbol Club Barcelona, club al que estuvo vinculado hasta agosto de 2021 —ahora con 36 años—, sin querer restar ningún mérito al mejor jugador del mundo y que hizo mundialmente importante a la entidad, quizás se puede decir sin que nadie se ofenda que el mayor error del Barça no fue perder a Messi con 34 años, sino haber sido incapaz de retener a Pep Guardiola como entrenador en 2012.

Messi es insustituible como jugador, pero el equipo puede jugar de otra manera, poniendo a sus futbolistas de tal manera que la ausencia del 10 se note lo menos posible. Además, los años para un futbolista no pasan en balde, como se ha visto en Manchester con los Modrić (37), Benzema (35) o Kroos (33). Pero es que Guardiola, que ganó 12 títulos con el Barça, entre ellos dos Champions League, ha ganado después siete con el Bayern de Múnich y 11 con el Manchester City, pudiendo coronar esta temporada con un nuevo título de la Premier League —el quinto en los últimos seis años—, el primero con los citizen de la Champions League y otro de Copa. Serían 35 grandes títulos desde el año 2008, una cifra verdaderamente escalofriante y al alcance de ningún otro entrenador en tan pocos años. Claro que no hay elogios suficientes para Guardiola, que no deja de evolucionar su sistema de juego.

Oír a Guardiola después de aplastar al Real Madrid en la sala de prensa del Etihad Stadium ante una legión de periodistas del mundo entero, decir que "yo soy culé, soy del Barça, todos lo sabéis", es tan gratificante que, más allá de reforzar su ensamblaje eterno con el Barça, nos tendría que hacer pensar sobre cómo un día podemos volver a tenerlo con nosotros. Quizás no sea en el banquillo, porque considere que esta es una etapa ya pasada. Pero Pep se ha ganado el derecho a escoger dónde quiere estar, porque en ninguna posición habrá nadie mejor que él. El City es hoy en el terreno de juego una verdadera obra de arte que, evidentemente, puede perder un partido —ahí está la gracia del fútbol—, pero no tiene rival posible en lo que es la forma de jugar al fútbol, y en el peso y la valoración de una entidad.

Sus críticos, que, por cierto, desde la paliza al Real Madrid, guardan duelo y se mantienen agazapados esperando su derrota en Estambul, sede de la final de la Champions el próximo mes de junio, argumentan siempre que los éxitos de Guardiola son gracias al talonario de los propietarios del club, una empresa de inversión vinculada a la familia real de los Emiratos Árabes Unidos. Claro, algo hay que decir para intentar rebajar sus méritos, obviando que sus rivales también gastan verdaderas fortunas —sobre todo en la Premier inglesa o en el Paris Saint-Germain, propiedad de Qatar Sports Investments— y los resultados no son los mismos. El carisma, el talento y el liderazgo no tienen nada que ver con los petrodólares, siempre imprescindibles para confeccionar una plantilla, pero ninguna garantía de éxito si las cosas no se hacen bien. 

Disfrutemos con Guardiola los años que siga queriendo estar en el mundo del fútbol, y a los mequetrefes que esperan siempre su fracaso digámosles adiós con la naturalidad y elegancia con la que Pep les deseó un feliz retorno a Madrid, tras el 4-0 del Etihad Stadium: "Buen viaje de vuelta... a España".