Los ministerios de Sanidad y de Defensa nos deben una explicación de cómo es posible que el Jefe del Estado Mayor de la Defensa (Jemad), la cúpula militar, y un número indeterminado de militares de alta graduación, saltándose cualquier tipo de cola establecida al efecto, hayan recibido ya la primera dosis de la vacuna contra el coronavirus.

Aunque la situación ha provocado la enésima crisis de gobierno entre el PSOE y Podemos, que incluso ha llegado a pedir la dimisión del Jemad o su cese por parte de Pedro Sánchez, la noticia tiene todos los ingredientes propios de un escándalo a medio camino entre un país de pillos y un régimen de corrupción sistémica en un estado en crisis institucional y con aroma de desintegración territorial. La ministra de Defensa, Margarita Robles, atribulada, ha pedido un informe. Es una manera de ganar tiempo y de cuya estrategia era un auténtico especialista Narcís Serra, su antecesor hace ya muchos años, quien solía explicar que, por lo general, la gente estaba muy interesada en que se abriera una investigación y que se acababa cerrando cuando la opinión pública había pasado a interesarse por otro tema.

Pues bien, ahora hemos sabido que hay un plan de vacunación de las Fuerzas Armadas y que el ministerio de Sanidad, ese que aún dirige el candidato del PSC a la Generalitat, Salvador Illa, había dejado un número de vacunas al margen de las que se reparten las Comunidades Autonómas para ese colectivo. Estaría bien, por cierto, saber cuántas más situaciones excepcionales hay para poder evaluar con qué contamos y, si nos hemos de sonrojar, hacerlo todos de golpe ya que la explicación de que globalmente están en primera línea tiene un anclaje más que discutible. ¿En qué línea están entonces los transportistas, los conductores de autobuses, los taxistas o el personal que atiende en un hipermercado o en una tienda de comestibles? Porque ninguno de ellos ha sido vacunado, ni se ha tenido en cuenta su edad para pasar a los primeros lugares de la cola de vacunación. Porque también se ha dicho, en un intento de esquivar el desaguisado cometido, que era por razones de edad. ¡Pero si no se están poniendo las vacunas a personas de 80 y 90 años porque llegan con cuentagotas!

No hay más explicación que la de algo tan hispano como la picaresca, de la que se han aprovechado consejeros autonómicos, alcaldes, concejales y políticos diversos que se han saltado a la brava el plan de vacunación. ¿Cómo no lo iban a hacer algunos militares aunque eso case poco con la intensa apología de los valores que el propio Jemad impartía desde el inicio de la pandemia en un atril colocado al efecto en la sala de prensa del Palacio de la Moncloa? Todo, con aquel famoso cartel detrás de todos ellos en el que se leía:"#este virus lo paramos unidos" y se hablaba de moral de victoria.

Habrá que esperar a ver qué hacen Sánchez y Robles ya que el cese del Jemad les compete a ellos. La Moncloa, mientras tanto, calla y quien calla otorga. Supongo que ahora no están para estos detalles tan nimios cuando tienen entre manos, cada uno de los que realmente tienen peso en Madrid, un medido papel en el secuestro de las elecciones catalanas a ver si esta vez sí que el unionismo derrota al independentismo y no vuelve a suceder como el 21 de diciembre de 2017. Además, incluso si no nos satisface alguna cosa o algún partido no queda como nos gustaría, tenemos hasta el 8 de febrero para anular unas elecciones convocadas para el día 12. Esto no es tener el árbitro a favor, es algo mucho más peligroso para la propia democracia.

Pero ¡qué caray!, esto solo parece preocupar a los independentistas. Lo importante es ganar, aunque sea manipulando el resultado con una abstención excepcional y el temor en la sociedad de ir a ejercer el derecho al voto ante el riesgo de infectarse en los colegios electorales. 

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