Reus, otoño de 1685. Hace 341 años. Los comerciantes ingleses Joseph Shallet, Mitford Crowe y Arthur y Gilbert Healthcare adquirían al Consejo Municipal el derecho del uso de la Mina del Aigua nova, en el Raval del AIgua Nova —actualmente junto al Club Natación Reus Ploms— y construían una fábrica de aguardiente, considerada la primera de la historia de Catalunya y una de las pioneras en Europa en transformar el tradicional modelo de obrador familiar a un sistema fabril de producción en cadena. Las “Ollas del Cónsul Inglés”, como sería llamada popularmente aquella fábrica pionera (Crowe era el cónsul inglés en Barcelona), lideraría un proceso fabril continuado que no se ha detenido.

Las grandes fábricas de la historia de Catalunya

Durante estos cuatro siglos, la historia económica catalana ha visto la creación de grandes emporios fabriles. Destacan por su impacto, también en la historia social del país, las fábricas Gónima (1783), Bonaplata (1833), Fabril Cotonera de Reus (1846), España Industrial (1847), Maquinista Terrestre y Marítima (1855), la red de colonias industriales del río Llobregat (1858-1890), Hispano-Suiza (1905) o Canadenca (1911), por citar algunas. Entonces, si el fenómeno migratorio andaluz se produjo después de la Guerra Civil (1939), cuando Catalunya ya era una potencia industrial consolidada, ¿qué papel tienen en la industrialización de Catalunya? ¿Es cierto que los andaluces levantaron Catalunya? ¿O solo es un falso mito?

Catalunya, país pionero del modelo fabril

Desde la Revolución Catalana de 1640 hasta la ocupación y devastación borbónica de 1714, la economía catalana experimentó un salto espectacular. La redistribución del uso o de la propiedad de la tierra —consecuencia del triunfo Remensa, la primera revolución de la historia moderna europea (1472-1486)— impulsaría un nuevo escenario formado por miles de unidades familiares de producción —agrorramaderas y fabriles— que propiciarían la aparición de los primeros excedentes de mercado, elementos propios de un paisaje económico precapitalista. Las “Ollas del Cónsul” de Reus (1685) marcarían el inicio de un camino hacia la exportación de aguardientes, textiles, armas y barcos; principalmente a Inglaterra y a los Países Bajos independientes, los grandes rivales de la monarquía hispánica por el dominio del Atlántico Norte.

Representación de la Fábrica Gónima (finales del siglo XVIII). Fuente: Enciclopedia Catalana

Catalunya, la Holanda del Mediterráneo

En aquel contexto, surgiría la ideología “Catalunya, la Holanda del Mediterráneo”, que postulaba la aplicación del exitoso modelo económico neerlandés en Catalunya. Durante esta etapa se crearon las primeras compañías privadas de comercio internacional del ámbito peninsular, como la de la Santa Cruz (1690). O, también en esta época, un grupo de inversores privados iniciaría las obras del puerto moderno de Barcelona. El único andaluz que aparece en aquel contexto es el marqués de Los Vélez, que comandaba las tropas hispánicas que habían intentado la ocupación de Catalunya durante la Guerra de Separación (1640-1652) y que, antes de ser derrotado y humillado a las puertas de Barcelona (26/01/1641), había masacrado a la población civil de Tortosa, Cambrils y Martorell.

Catalunya, la potencia fabril y mercantil de las Españas

Durante la primera fase del régimen borbónico (1701-1705) se producirían las primeras tensiones importantes entre el poder central hispánico y las dinámicas clases mercantiles catalanas, que tendría su máximo exponente en el caso de la persecución, confiscación, reclusión e intento de muerte civil del negociante catalanoneerlandés Arnold Jager, miembro del Consell de Cent y exportador de aguardientes a Países Bajos e Inglaterra, los grandes enemigos del eje borbónico París-Madrid (1702). El Tribunal de Contrafacciones de Catalunya se pronunciaría a favor de Jager (1704), pero el mensaje que enviaba el régimen borbónico era clarísimo y, al mismo tiempo, muy revelador: amenazaba con que doblegaría Catalunya destruyendo su aparato de producción y sus canales de exportación.

Casa de la Llotja. Exposición de maquinaria fabril con motivo de la visita del príncipe Fernando (1804). Fuente: Casa de la Llotja

La derrota de 1714 y la durísima posguerra hasta 1750

Y eso es lo que pasó durante y después de la ocupación del país. La Catalunya de la posguerra de Sucesión (1714-1750) es un país devastado a propósito, decapitado por la muerte o el exilio de sus clases mercantiles y expoliado por la brutal tributación de guerra que le aplica el régimen borbónico. Serían las clases campesinas del litoral las que, con una extraordinaria determinación, relevarían a la burguesía desaparecida por el efecto de la guerra e iniciarían la lenta recuperación económica de Catalunya. El único andaluz que aparece en aquel contexto es José Carrillo de Albornoz,campo volante de Catalunya” durante la guerra (1713-1714) y capitán general del Principat (1722-1724), que se había distinguido por la sanguinaria persecución a la cual había sometido a la resistencia austriacista catalana.

Las primeras grandes fábricas del país

La colonización comercial catalana de América (1750-1800), es decir, la compra de materia prima en las colonias, su transformación en las fábricas catalanas y venta de la manufactura, de nuevo, en las colonias, que se saldaría con una balanza claramente favorable a los catalanes, generaría las primeras grandes acumulaciones de capitales; absolutamente imprescindibles para explicar el fenómeno fabril catalán de la segunda mitad del siglo XVIII – con docenas de grandes fábricas dedicadas, principalmente, a la producción de indianas (el textil de lujo de la época) y de aguardientes (los más prestigiosos del mercado). Es la época de la fábrica Gònima —en las calles Carme y Hospital, de Barcelona— el principal emporio fabril de la península y uno de los más dimensionados del mundo (1783).

Barcelona, durante la Primera Revolución Industrial (segunda mitad del siglo XIX). Fuente: Archivo Municipal de Barcelona

La Primera Revolución Industrial

Un fenómeno que conduciría a la Primera Revolución Industrial. En 1833, la fábrica Bonaplata —en la calle Tallers, de Barcelona— es la primera de la península que incorpora la máquina de vapor como fuerza motriz. Poco después, en una revuelta ludita (una protesta obrera contra la mecanización de las fábricas), la Bonaplata acabaría calcinada (1835), pero la Revolución Industrial había llegado para quedarse y, durante los años posteriores el vapor se convertiría en un elemento habitual en el paisaje fabril catalán. Uno de los pocos andaluces que aparecen en aquel contexto es el general Antonio Van Halen, autor del bombardeo sobre Barcelona ordenado por Espartero (1842), autor de la cita Por el bien de España, hay que bombardear Barcelona una vez cada cincuenta años”.

La Segunda Revolución Industrial

A caballo de los siglos XIX y XX, el vapor daría paso a la electricidad. Muchas de las grandes fábricas del país transitarían hacia esta nueva fuente de energía y la producción eléctrica se volvería estratégica. La “Canadenca” se convierte en el estandarte de la Segunda Revolución Industrial de Catalunya y la Mancomunitat de Catalunya (1914), con unos escasos recursos pero con una extraordinaria capacidad de gestión (que ya quisiéramos de nuestros políticos actuales), se convierte en el timón de la innovación tecnológica catalana. Uno de los pocos andaluces que aparecen en este contexto es Miguel Primo de Rivera, capitán general de Catalunya que perpetraría un golpe de Estado y que desmantelaría la Mancomunidad (1923) “porque con su obra contribuye a deshacer la unidad nacional”.

Grupo de obreros catalanes (finales del siglo XIX). Fuente: Archivo Histórico de Barcelona

La trampa

La trampa de todo esto es que los andaluces Los Vélez, Carrillo de Albornoz, Van Halen o Primo de Rivera no son representativos de la inmigración andaluza contemporánea. No lo son porque sus descendientes —que aún campan por Andalucía, e incluso ocupan puestos de relevancia en la política y en la empresa— serían los que provocarían este fenómeno migratorio. Andalucía, como Sicilia, como el Algarve o como Apulia, nunca hizo su revolución moderna porque todas las generaciones de sus oligarcas, desde el siglo XVI hasta el XX, lo impidieron a sangre y fuego. Y eso condenó a sus sociedades. Después de la Guerra Civil (1939), cientos de miles de andaluces tuvieron que escapar —literalmente— de su país, no solo por razones económicas, sino también políticas.

“El abuelito que vino de Jaén

Cientos de miles de andaluces, comprometidos personalmente con la República española —con sus instituciones, formaciones políticas y sindicales y movimientos socioculturales— que la represión del régimen nacionalcatólico condenaría a la miseria negándoles el derecho al trabajo. Ellos serían los inmigrantes que llegarían a Catalunya entre 1950 y 1970. Y es, de nuevo, la trampa, porque son las oligarquías tradicionales andaluzas, que profesan un nacionalismo español ultraconservador e involucionista, las que promueven el mensaje “los andaluces levantaron Catalunya”, con el objetivo puesto en romper la sociedad catalana. Y es la forja retorcida de la misma historia familiar la que lo valida y lo difunde con el cuento del “abuelito que vino de Jaén”. “Por el bien de España”, como Espartero.