El Día de Europa ya no es la postal amable de banderines azules, himnos solemnes y discursos previsibles sobre “unidad en la diversidad”. Se celebra en un continente que ha vuelto a hablar de guerras, de tanques, de sanciones, de bloques enfrentados, en plena carrera de rearme y con la seguridad convertida en el nuevo idioma oficial de la política. Al mismo tiempo, esa Unión que nació precisamente para que los tanques no volvieran a cruzar el continente sigue siendo el espacio con mayores garantías de derechos y libertades del mundo, con niveles de bienestar que hace apenas unas décadas parecían ciencia ficción para muchas de las sociedades que hoy la integran. Esa esquizofrenia (la Europa que protege y la que se arma, la que cuida y la que excluye) es el verdadero paisaje de este 9 de mayo.
Bruselas vive estos años como un punto de inflexión. Ya no alcanza con el relato del mercado único, del euro como escudo, de la libre circulación como panacea. Se habla de ampliación, de autonomía estratégica, de dependencia militar y tecnológica respecto a Estados Unidos, de amenazas en la frontera oriental, de cómo blindarse frente a una Rusia que ha devuelto la guerra a suelo europeo. La vieja Declaración Schumann de 1950, aquel gesto de poner el carbón y el acero bajo una autoridad común para evitar otra guerra, se relee hoy en clave de escudo: de la comunidad económica hemos pasado a un proyecto que se piensa en parámetros de seguridad y defensa, con sus luces y sus sombras.
No conviene olvidar, sin embargo, lo que la integración europea ha significado para millones de personas. Ha consolidado transiciones democráticas, ha traído inversión, infraestructuras, programas sociales, marcos de derechos que han obligado a más de un gobierno a respetar aquello que no habría respetado motu proprio. El problema es que ese salto institucional ha ido, demasiadas veces, de la mano de una creciente distancia entre quien decide y quien vota. La famosa “Europa de los ciudadanos” ha terminado muchas veces reducida a reglamentos técnicos, a acrónimos incomprensibles y a una tecnocracia que decide desde muy lejos sobre la vida cotidiana de la gente. De ahí se alimenta el discurso fácil del enemigo perfecto: “Bruselas” como sinónimo de élite, de burocracia, de poder que nadie controla.
No es solo una crisis económica ni una simple suma de sustos geopolíticos. Lo que se discute en realidad es una crisis de valores e identidad. Se han encendido las alarmas por ataques abiertos a la independencia judicial, por leyes que intentan domesticar a la prensa crítica, por campañas organizadas para intoxicar procesos electorales con desinformación masiva. Vemos cómo se colonizan organismos reguladores, cómo se reparten a dedo instituciones que deberían ser independientes, cómo se vacía la separación de poderes mientras se mantiene el decorado. Todo ello en un ecosistema digital que, al mismo tiempo que ha abierto ventanas de participación y transparencia, se ha transformado en autopista para bulos, odio y manipulación política a gran escala.
La sucesión de crisis ha dejado un poso que no se puede subestimar. Después del estallido financiero de 2008 llegaron la austeridad, los recortes, la precariedad convertida en norma, la sensación de que Europa servía para rescatar bancos, pero no para rescatar vidas. Sobre ese malestar crecieron populismos y extremismos de nuevo y viejo cuño, desde la xenofobia desacomplejada hasta el simulacro antisistema que en realidad solo cambia las caras, no las reglas. La crisis migratoria de 2015 enseñó una Unión dividida, levantando vallas, externalizando fronteras, discutiendo más sobre cupos que sobre vidas humanas. La pandemia de la covid-19 terminó de probar los límites: cierres, confinamientos, estados de excepción sanitarios, libertades suspendidas en nombre de la salud pública. El miedo, una vez instalado, es un abono excelente para cualquier proyecto autoritario. Un robo de dinero público a costa de las mal llamadas vacunas que todavía merece justicia.
Quizá el mejor modo de celebrar este 9 de mayo sea entender que Europa no es un lugar al que uno llega, sino una tarea que hay que rehacer cada día. Y que, si no la hacemos nosotras, otros la harán a su manera
Y mientras tanto, la agenda se hace más densa, no menos. Guerra en la frontera, emergencia climática, brechas sociales que se agrandan, una digitalización que corre más rápido que las leyes, movimientos migratorios que ya no son episodios, sino la nueva normalidad. La ampliación hacia países que buscan refugio bajo el paraguas europeo se lee también como movimiento defensivo: cuanto más grande el bloque, más difícil ser devorado por las potencias que lo rodean. Pero cada nuevo miembro complica la toma de decisiones, y obliga a preguntarse qué se está ampliando realmente: ¿un club económico, un espacio de derechos, una alianza militar, todo a la vez?
En el interior, el elefante en la habitación son los gobiernos que juegan con las reglas del juego democrático mientras siguen sentados en la mesa europea. Estados donde se manipulan tribunales, se presiona a los medios, se intoxica el debate público, se usan las mayorías parlamentarias para debilitar controles y contrapoderes. Y una Unión que se descubre a sí misma jurídicamente torpe, con mecanismos lentos, frágiles, donde un solo gobierno puede bloquear sanciones o decisiones clave. El mensaje que recibe la ciudadanía es peligroso: puedes vulnerar principios fundamentales y, si tienes suficientes aliados o peso político, la factura tardará (si llega) y seguramente será descafeinada.
En este paisaje, los medios de comunicación juegan un papel central. La concentración empresarial, la opacidad sobre quién está detrás de qué cabecera, la dependencia de grandes anunciantes y de contratos públicos, todo ello alimenta una desconfianza creciente. Cuando la ciudadanía percibe que la información llega filtrada, cocinada o directamente manipulada, el terreno queda abonado para que cualquier cosa parezca “verdad alternativa”. Y en ese ruido ganan siempre los mismos: quienes viven de la polarización, quienes necesitan enemigos internos y externos para justificar su proyecto, quienes nunca van a defender una democracia vibrante porque su fuerza depende de que la gente deje de confiar en ella.
Con todo, en medio de esta tormenta, la mejor noticia del Día de Europa es que la democracia sigue siendo el centro de la discusión. No se la da por amortizada, se la pelea. Ahí están los debates sobre la transición ecológica y digital, sobre los fondos de recuperación, sobre los criterios de reparto, sobre la condicionalidad ligada al respeto del Estado de derecho. Ahí están las experiencias (imperfectas, sí) de participación ciudadana a escala europea, las consultas, las conferencias donde, por primera vez, se ha escuchado a personas corrientes hablar de qué Unión quieren, y no solo a quienes ocupan los despachos.
Se publican estudios, informes, libros enteros que analizan cómo se puede reforzar la democracia en Europa en este contexto de desglobalización, cambios geopolíticos y auge del extremismo. Hay consenso en algo que conviene repetir: el proyecto europeo ha sido un motor de democratización, pero no tiene garantizada su supervivencia si se limita a gestionar expedientes mientras el mundo arde. No bastan las cumbres, los comunicados y las fotos de familia con sonrisas medidas. Harán falta decisiones que toquen intereses concretos, que cuestionen la impunidad de quienes se envuelven en la bandera europea mientras dinamitan sus valores desde dentro.
Reconocer la crisis de valores no es darle munición a los euroescépticos; es el primer acto de honestidad para poder defender Europa con razones, no con consignas vacías. Nombrar las amenazas (populismos, nacionalismos identitarios, injerencias exteriores, captura de instituciones) es condición para enfrentarlas sin ingenuidad y sin caer en la trampa de responder con más autoritarismo a la tentación autoritaria. La respuesta europea no puede ser “más de lo mismo”, ni tampoco el repliegue nacionalista que tantos nos venden como solución mágica.
El Día de Europa nació para recordar que la paz no es una anécdota histórica, sino una decisión política sostenida en el tiempo. Hoy, en una Europa más consciente de sus fragilidades, la verdadera celebración no está en las banderas azules ni en los mensajes previstos de antemano. Está en algo mucho más prosaico y, a la vez, mucho más revolucionario: que todavía podemos discutir en público, en voz alta, qué tipo de Unión queremos; que aún existen jueces que resisten presiones, periodistas que se juegan el tipo por contar lo que pasa, ciudadanía que se organiza y protesta cuando siente que se está cruzando una línea.
Con todos sus errores, contradicciones y renuncias, la democracia sigue siendo nuestra mejor noticia. No porque sea perfecta, sino porque es el único espacio en el que los conflictos no se resuelven a golpes, sino con palabras, con votos, con derecho a cambiar de opinión y de gobierno. Quizá el mejor modo de celebrar este 9 de mayo sea entender que Europa no es un lugar al que uno llega, sino una tarea que hay que rehacer cada día. Y que, si no la hacemos nosotras, otros la harán a su manera.