Tarragona, 19 de octubre de 1591.  Hace 434 años. El arzobispo Joan Terès abría el 132º Concilio de la Provincia Eclesiástica Tarraconense (diócesis de Tarragona, Barcelona, Tortosa, Lleida, Urgell, Solsona, Vic, Girona y Elna). En aquel concilio se debatieron aspectos relacionados con la casuística propia de la Tarraconense, como la relajación en el cumplimiento de los votos entre ciertos miembros de la Iglesia (sobre todo el de castidad), y de fuera de los límites archidiocesanos, como la crisis entre Aragón y el poder central hispánico, que representaba una amenaza para el edificio foral catalán. Y se debatió, también, la cuestión de la lengua. En Tarragona, hace 434 años, se escenificó el primer acto de resistencia contra la imposición del castellano en Catalunya. Pero ¿por qué?

¿Quién es quién? El arzobispo Terès

El arzobispo Joan Terès i Borrull fue el promotor de aquel concilio. Terès sería una de las personalidades más poderosas del país. En el transcurso de su carrera, acumularía los cargos de arzobispo de Tarragona, es decir, máxima autoridad eclesiástica de Catalunya (1587-1603); confesor personal del rey Felipe III (1598-1603); virrey hispánico de Catalunya (1602-1603), y..., ¡oh, sorpresa!, jefe político de la facción señorial bandolera, los llamados nyerros, muy bien relacionada con el poder central hispánico, como quedaría manifiestamente reflejado con la arquitectura de la trama del asalto al convoy de moneda en els Hostalets (véase el reportaje "El origen de la corrupción hispánica: Lerma, Franqueza y los bandoleros catalanes", publicado el 20/12/2025).

Retrato de Joan Terès / Fuente: Diócesis de Solsona

¿Qué pasaba en Catalunya para que Terès sintiera que el catalán estaba amenazado?

Desde la coronación del integrista Felipe II (1556), el poder central había fabricado una dinámica de centralización que amenazaba la arquitectura confederal del edificio político hispánico. La cancillería hispánica no podía desmantelar el régimen foral catalán (la relación bilateral entre Catalunya y el poder central). Pero sí podía introducir el castellano en Catalunya a partir del principio de que la sustitución de la lengua nacional era la constatación de la derrota de aquella sociedad, que era el objetivo final del poder central hispánico. En 1560, el castellano Fernando de Valdés, inquisidor general de las Españas, había promulgado que “en los negocios de la fe, todo se proceda en lengua castellana” y que “no se escriban los procesos en lengua catalana”.

Retrato de Felipe II / Fuente: Museo del Prado

¿Qué más pasaba en Catalunya para que Terès sintiera que el catalán estaba amenazado?

La promulgación del inquisidor Valdés rompía las reglas del juego creadas a partir de la formación de la monarquía hispánica (1479). La Inquisición, la única institución supranacional del edificio político hispánico (y, no lo olvidemos, la policía política del régimen), se convertía en un instrumento para inocular, por la fuerza y por el terror, el castellano en Catalunya. A propósito de esto, poco después (1582), el Consell de Cent de Barcelona denunciaría que la comunidad de Montserrat había sido invadida por "monjes extranjeros" (castellanos) que se habían apoderado de "dicho monasterio y de su administración" y que "estaban expulsando a los naturales de esta ciudad (Barcelona) y del Principat de Catalunya, como los otros que son de la real Corona de Aragón (valencianos y mallorquines)".

Retrato del inquisidor Valdés / Fuente: Fundación Valdés Salas

¿Qué otras cosas ocurrían en Catalunya para que Terès sintiera que el catalán estaba amenazado?

La promulgación de Valdés no era un fenómeno gratuito, obedecía a una ideología que tenía una amplia predicación entre los cenáculos del poder central hispánico. Por ejemplo, el duque de Alba, que había masacrado a 20.000 civiles en Amberes (1568), era un furibundo anticatalán. Esta ideología ambicionaba la sustitución de todas las lenguas no castellanas de los estados peninsulares de la monarquía hispánica, como primer paso para la transformación de la arquitectura confederal a un nuevo escenario unitario, propio de los regímenes absolutistas que empezaban a surgir. Y, en aquel contexto histórico, la espesa red de parroquias y el control social que la Iglesia ejercía sobre la sociedad se contemplaban como poderosos instrumentos al servicio de esta siniestra causa.

¿Qué pasaba en el País Valencià para que Terès sintiera que el catalán estaba amenazado?

El arzobispo Terès era un gran conocedor de la realidad del País Valencià. Había estudiado y se había doctorado en el cap i casal (1560-1566) y había sido profesor de la Universitat de València (1566-1572). Terès había comprobado, en primera persona, el resultado de la devastadora derrota de la revolución de las Germanías (1520-1521), que había ambicionado convertir el País Valencià en una república mercantil. La nobleza valenciana, agradecida al poder central hispánico por su decisiva intervención en la derrota de los revolucionarios, se había pasado, en bloque, al uso y al cultivo de la lengua castellana. El País Valencià, que durante el siglo XV había sido la gran fábrica de cultura catalana (el fabuloso siglo de oro valenciano), vivía sometido al imperio de la derrota y del autoodio.

Cartel alegórico de las matanzas ordenadas por el duque de Alba / Fuente: Museo Real de La Haya

¿Qué promulgó Terès en aquel concilio?

Durante la sesión 12ª del concilio, Alexandre Cendra, canónigo de la catedral de Tarragona y secretario del arzobispo Terès, leía los nuevos capítulos de la constitución conciliar que ordenaban que en Catalunya todos los rectores parroquiales oficiaran en la lengua del país. Aquella constitución conciliar había sido redactada por el arzobispo Terès; por Pere Jaume, obispo de Vic y muy cercano al partido bandolero cadell (los gremios); y por Pere Aguiló, prior del monasterio de Escaladei. De esta forma, el arzobispo Terès, con la autoridad que vestía su carácter personal y sus cargos eclesiásticos y políticos, frenaba una grave amenaza y hacía efectivo el primer acto de resistencia de la historia de Catalunya contra la imposición del castellano. Hace 434 años.