Poleñino (reino de Pamplona-Aragón); 7 de septiembre de 1134. Hace 891 años. El rey Alfonso I, décimo monarca de la estirpe Ximena navarroaragonesa y conocido como Alfonso el Batallador, moría a causa de las heridas que había sufrido, seis semanas antes, durante el intento frustrado de conquista de la plaza musulmana de Medina Afraga, la actual Fraga (17 de julio de 1134). Con la muerte del Batallador desaparecía una figura clave en la política peninsular de la época. Alfonso era uno de los máximos exponentes de la ideología proyectiva hispanista (de restauración del desaparecido reino visigótico) que, desde la invasión árabe (711), dominaba las cancillerías de León, Burgos y Pamplona. Pero no la de Barcelona. Y se abría un colosal conflicto, motivado por su polémico testamento, que cambiaría —para siempre— la historia de los dominios que había gobernado.
La muerte del Batallador comportó la división de su reino. La mitad occidental se constituyó en el reino de Pamplona (más adelante Navarra) y la mitad oriental en Aragón. Pero mientras los navarros elegían a un monarca que fundaba una estirpe real propia y se proyectaban hacia el futuro, los aragoneses coronaban al hermano religioso del difunto y lo obligaban a engendrar a una criatura para, finalmente, acabar entregando el reino a un gobernante extranjero (1137). Ramiro II, hermano y sucesor del Batallador, se reservaría la corona pero solo a título honorífico. Ramón Berenguer IV, conde independiente de Barcelona, sería Hombre Principal de Aragón, es decir jefe político y militar del reino. ¿Por qué los aragoneses no hicieron el camino en solitario o por qué buscaron a un aliado radicalmente diferente y se lanzaron a los brazos de los catalanes?

Los éxitos y los fracasos del Batallador
La raíz de esta historia está en la figura del Batallador, y lo que lo explica son sus éxitos y sus fracasos. Alfonso fue un gran militar, que amplió sus dominios hasta duplicar la extensión que había recibido en herencia de su padre y antecesor, al rey Pedro I de Pamplona-Aragón. Y fue un gran gestor que repobló con éxito y puso en producción buena parte de los territorios que había incorporado. Y tuvo la oportunidad de cambiar la historia. El año 1107, cuando ya hacía tres años que se sentaba en el trono de Pamplona, cayó una pieza muy importante del tablero político leonés. Ramón de Borgoña, el yerno del rey Alfonso VI de León y Castilla, moría inesperadamente. Acto seguido, el rey leonés hizo un movimiento que evidenciaba una gran ambición: negoció el matrimonio de su hija y heredera Urraca —viuda del Borgoña— con el Batallador.
El fracaso del proyecto del rey leonés
En aquellas capitulaciones se pactó que a la muerte del rey leonés, el Batallador pasaría a ocupar el trono de León. Que se prescindía de la descendencia que había engendrado el difunto Borgoña y que el primogénito de Batallador y de Urraca reuniría los tronos de Pamplona y de Aragón —por herencia paterna— y de León y de Castilla —por herencia materna. Una calculada estrategia que, pasados cuatro siglos de la invasión árabe (711) culminaba la ideología hispanista. Pero el Batallador era un pésimo político. Las crónicas lo describen como un personaje autoritario, grosero y huraño. Las disputas maritales fueron sonadísimas (el Batallador, que tenía un curioso concepto del matrimonio y del "rincón de pensar", resolvía los desacuerdos recluyendo a Urraca en las mazmorras de palacio) y aquel ambicioso proyecto acabaría con una estrepitosa anulación matrimonial (1115).

El controvertido testamento del Batallador
El matrimonio leonés del Batallador y su fracaso son muy importantes para entender lo que pasó a continuación. Alfonso no se volvió a casar y nunca tuvo descendencia. En cambio, el hijo del difunto Borgoña y primogénito de Urraca, apartado de la sucesión por su abuelo en beneficio del faraónico proyecto político de unión, acabaría sucediendo su madre y se sentaría en el trono de León (1126). Este hecho, promovido por las oligarquías leonesas, dibujaba la restauración de un equilibrio de fuerzas entre los conglomerados de León y de Pamplona que, superado el matrimonio de Batallador y Urraca (1108-1115), situaba de nuevo a los leoneses en el liderazgo peninsular. Y eso explicaría por qué el Batallador, temiendo los efectos de un rebufo, hubiera firmado el controvertido testamento a favor de las poderosas órdenes militares del Templo, del Hospital y del Santo Sepulcro (1131).
La apertura del testamento
El Batallador no estaba equivocado y, a su muerte (1134) Alfonso VII —el leonés— (el hijo de Urraca) reclamó el trono de Pamplona-Aragón, en virtud de su "parentesco" con el difunto. Esta reclamación, 'perfumada' con un asfixiante tufo de amenaza, no pasó desapercibida pero, sin embargo, la nobleza navarroaragonesa denunció el testamento y pasó de él directamente. Las élites pamplonesas coronaron a García Ramíres (1134), primo tercero del difunto Batallador y yerno del Cid Campeador (un guiño a la nobleza castellana, que vivía sometida al poder leonés). Y las élites aragonesas coronaron a Ramiro (1134), hermano pequeño del difunto Batallador y abad del monasterio de San Victoriano, en la Ribagorça (un guiño a nadie y una provocación a todo el mundo).

Petronila
Casi acto seguido (1135) Alfonso el leonés se permitía intimidar a los navarros —sin embargo, sobre todo, a los aragoneses—. Se intitulaba "Imperator Totus Hispaniae" (emperador de todas las Españas) y sus huestes ocupaban Zaragoza. La nobleza aragonesa, asustada, le buscó a una esposa al "Monje" y los encamaron, con la esperanza puesta en la llegada de un heredero que legitimara la coronación de Ramiro. Sin embargo, la festividad de San Pedro de 1136, cuando todo estaba preparado, Inés de Aquitania —la abnegada esposa del Monjo"— paría a una niña: Petronila. Los aragoneses se encontraban, de nuevo, en la casilla de salida. O peor todavía, en el umbral de la desaparición. Porque cuando el leonés Alfonso —el rampante "imperator"— tuvo conocimiento del hecho obligó los aragoneses a comprometer matrimonialmente al bebé con su heredero Sancho, de dos años.
La desaparición de Aragón
La desaparición del reino de Aragón, disuelto dentro del edificio hispánico de Alfonso "el imperator" y la de sus oligarquías, suplantadas por las élites del rampante leonés, era una simple cuestión de tiempo. Y eso activó a las oligarquías aragonesas (la nobleza militar y latifundista y las jerarquías eclesiásticas) que giraron la mirada hacia todas partes buscando un bote salvavidas en medio de la inmensidad del océano. Asustados por el impulso de Alfonso el leonés, habían renunciado a toda negociación. De Pamplona, por razones obvias, no podían esperar nada. Y de los barones feudales del sur del ducado independiente de Aquitania (Bigorra, Bearn, Armañac, Albret), tradicionales aliados del reino navarroaragonés, tampoco, porque la cancillería de Pamplona —heredera, también, del difunto Batallador, no lo olvidemos—, los había situado en su órbita para reforzar su independencia.

Los catalanes aparecen en escena
Descartados castellanos, navarros y aquitanos, solo quedaban los condados independientes catalanes, liderados por el Casal de Barcelona. Los grandes rivales del Batallador en la conquista de los valles bajos del Segre y del Ebro y los que habían impedido la salida de Pamplona-Aragón al Mediterráneo. Entonces las preguntas son: ¿por qué los aragoneses se tragaron el orgullo y se fueron, secretamente, a negociar a Barcelona? ¿Qué podían esperar de un poder catalán que no tenía una tradición ideológica hispanista ni una fuerza militar equiparable al "imperator" leonés? ¿Tan desesperados estaban? En la entrega de mañana, desentrañamos estos interrogantes y vemos que, detrás de aquella maniobra, había unos intereses políticos y económicos que la historiografía española nos ha ocultado. ¿Por qué los aragoneses se lanzaron a los brazos de los catalanes?