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De Razzmatazz en 2006 al Metropolitano en 2026: dos décadas de transformación

En el año 2006, Kanye West actuó en la sala Razzmatazz de Barcelona. Todavía no era Ye. Todavía no era un símbolo político, ni un personaje perseguido por sus declaraciones. Era, sencillamente, uno de los productores más brillantes del planeta que empezaba a demostrar que también podía convertirse en una superestrella del rap.

Aquel Kanye todavía era el chico de Chicago que había desafiado todos los estereotipos del rap estadounidense. Sin una imagen de gánster ni un pasado criminal, había convertido The College Dropout (2004) y Late Registration (2005) en dos de los discos más aclamados de la década. Producía para artistas como Jay-Z, Alicia Keys o Common y empezaba una trayectoria que acabaría acumulando 24 premios Grammy, más de 160 millones de discos vendidos en todo el mundo y una influencia que todavía hoy atraviesa generaciones enteras de músicos. Aquel era el Kanye West que el mundo admiraba casi por unanimidad.

Yo tenía 14 años. Lo seguía casi de manera obsesiva en una época en que Kanye West todavía no era una moda ni un nombre que sonara en los pasillos del instituto. De hecho, prácticamente nadie de mi entorno lo escuchaba, excepto aquel amigo con quien, veinte años después, acabaría compartiendo el viaje a Madrid para verlo en directo. Pero entonces yo era demasiado pequeño para entrar en la Razzmatazz.

Kanye West cartel razzmatazz 2006

Veinte años después, el que subió al escenario del Riyadh Air Metropolitano ya no tenía nada que ver con aquel músico que había pasado por Barcelona. Aquel artista que revolucionó el hip-hop con The College Dropout, Late Registration, Graduation o, más adelante, My Beautiful Dark Twisted Fantasy, ha dado paso a una figura que acumula elogios al nazismo, conciertos cancelados, contratos millonarios rotos, declaraciones imposibles de justificar y una espiral pública tan autodestructiva como fascinante.

Y es precisamente aquí donde aparece el gran dilema. Hay artistas de los cuales es relativamente fácil separar la obra de la persona. Con Ye, cada vez cuesta más.

Porque cuando las luces se apagan, el espectáculo empieza mucho antes de que suene la primera canción.

La entrada de Kanye West: una esfera gigante, cinco minutos de ruido y una declaración de poder

Entrar en el Riyadh Air Metropolitano era entender desde el primer segundo que aquello no sería un concierto convencional. En el centro del estadio había una esfera gigantesca, monumental, casi intimidante. Una estructura que transmitía exactamente lo que pretendía: hacerte sentir pequeño antes de que sonara una sola nota. En más de dos décadas yendo a conciertos, cuesta recordar una puesta en escena que impresionara tanto solo con su presencia.

La espera, sin embargo, fue cualquier cosa menos agradable. Durante cerca de cinco minutos, los altavoces escupieron un ruido metálico, mecánico y distorsionado a un volumen casi molesto. No era música. Era tensión. Una manera de preparar al público para una entrada que parecía más propia de una performance que de un concierto.

Y entonces apareció.

Vestido completamente de rojo, de pies a cabeza, cubierto de piel a pesar de los más de 35 grados que marcaba el termómetro. Sin saludar. Sin hablar. Sin mirar al público. Emergió desde el interior de la esfera hasta situarse, literalmente, en la cima del mundo.

El ruido se detuvo de golpe.

Las primeras palabras fueron las de King.

"The time is now... Nature has named you her king."

No había metáforas. No había dobles lecturas. Kanye West se presentaba ante más de 60.000 personas proclamándose rey.

A partir de aquí estalló la locura.

El sonido, paradójicamente, nunca acabó de ser excelente. El Metropolitano no está pensado para absorber una producción de estas dimensiones y, en varios momentos, la calidad acústica quedó en un segundo término. Pero aquella noche la música compartía protagonismo con una experiencia visual concebida para que los ojos también escucharan.

Quizás la única decisión discutible llegó demasiado pronto. Con el sol todavía iluminando Madrid, West ya había interpretado Niggas in Paris y Mercy, dos de las piezas más celebradas de su repertorio. En cualquier otro concierto habrían sido reservadas para el tramo final.

 

Un espectáculo pensado para impresionar más con los ojos que con los oídos

Una de las grandes virtudes del espectáculo es que Kanye West casi desaparece detrás de su propia obra. Durante más de dos horas prácticamente no se dirige al público. No hay discursos. No hay agradecimientos. No hay aquel clásico "¿Madrid, cómo estáis?" que forma parte del manual de cualquier estrella. Solo música, luz y una escenografía pensada hasta el último detalle.

Sorprende también la decisión de no convertir la noche en un desfile de invitados. Con un catálogo de colaboraciones que incluye nombres como Jay-Z, Rihanna, Kid Cudi, Pusha T, Travis Scott, The Weeknd o Bon Iver, cualquiera habría esperado alguna aparición estelar. No pasó.

Y esto todavía tiene más mérito si se tiene en cuenta que buena parte de su discografía está construida a partir de estas colaboraciones. Aquella noche, sin embargo, Ye decidió que toda la atención recayera exclusivamente sobre él y su obra. La única persona que lo acompañó sobre el escenario fue André Troutman, encargado de interpretar las voces procesadas y distorsionadas que dan profundidad a diversas piezas del repertorio. Lo hizo siempre desde un discreto segundo plano, físicamente alejado del foco, casi como una presencia invisible. Todo estaba construido para que no hubiera ninguna distracción. Solo existía una figura.

Mientras tanto, la esfera también evolucionaba. Durante buena parte del concierto no era más que una masa gris, casi una luna cubierta de nubes. No fue hasta Power que aquel cuerpo celeste empezó a transformarse hasta convertirse en una auténtica Tierra suspendida sobre el público. La simbología era tan evidente como efectiva: Kanye había empezado el concierto coronándose como rey y ahora, literalmente, actuaba sobre el mundo.

Imagen cúpula simulando la esfera terrestre concierto Kanye West Madrid

En Heartless, los primeros planos de su rostro ocupaban toda la superficie de la esfera, convirtiéndola en una pantalla gigante que multiplicaba cada gesto. En Gold Digger y Touch the Sky, el estadio ya era una fiesta absoluta. Es imposible escuchar estos himnos sin recordar por qué, durante casi dos décadas, Kanye West marcó el ritmo del hip-hop mundial. Hay artistas que acumulan éxitos. Él acumuló canciones que definieron una generación entera.

Ver a Kanye West hoy es aceptar una contradicción

Había un momento inevitable durante el concierto en que era imposible dejar de pensar en todo lo que había pasado antes de llegar al Riyadh Air Metropolitano. No en las horas previas. En los últimos veinte años.

Probablemente no hay ningún otro artista vivo que genere una contradicción tan grande.

Porque, mientras sobre el escenario sonaban Power, Can't Tell Me Nothing o Jesus Walks, era imposible negar una evidencia: muchas de estas canciones forman parte de la historia de la música popular. Han influido a cientos de artistas, han redefinido el hip-hop y continúan sonando con una fuerza extraordinaria más de veinte años después.

Pero tampoco era posible hacer ver que nada había pasado.

Quizás este sea el verdadero debate que genera Kanye West. No si se puede separar la obra del artista, sino hasta qué punto cada uno está dispuesto a hacerlo.

El estadio estaba lleno. Más de 60.000 personas habían pagado entradas que, en muchos casos, superaban ampliamente los 200 euros. Nadie podía alegar desconocimiento. Todo el mundo sabía perfectamente quién era el hombre que tenía delante. Sus declaraciones, las polémicas, los conciertos cancelados, los vetos en varios países y el rechazo que despierta en buena parte de la opinión pública formaban parte del mismo espectáculo, aunque no aparecieran en las pantallas.

Y, sin embargo, cuando sonaban los primeros compases de Stronger, Gold Digger o Can't Tell Me Nothing, todo eso desaparecía durante unos minutos.

Quizás esta es la paradoja definitiva: cuanto más difícil resulta defender al personaje, más extraordinaria sigue pareciendo su música cuando las luces se apagan.

De Taylor Swift a Adidas: la cronología de una caída pública

Para entender al Kanye West que subió al escenario del Metropolitano, hay que mirar mucho más allá de la música.

El Kanye West que en 2005 denunciaba públicamente la gestión del huracán Katrina asegurando que "George Bush doesn't care about Black people" es el mismo que, dos décadas más tarde, ha elogiado públicamente a Hitler, ha difundido mensajes antisemitas y ha acabado convirtiéndose en una figura incómoda incluso para una industria que durante años había tolerado sus excentricidades.

Entremedio caben una carrera musical irrepetible, una fortuna construida alrededor de Yeezy y Adidas, el matrimonio con Kim Kardashian, la guerra pública con Taylor Swift, los problemas de salud mental de los que él mismo ha hablado en varias ocasiones y una sucesión de decisiones que han ido borrando la frontera entre la provocación artística y la provocación sin más.

El primer gran punto de inflexión llegó en 2009, cuando interrumpió el discurso de Taylor Swift en los MTV Video Music Awards para asegurar que Beyoncé merecía el premio. Una escena que forma parte de la historia reciente de la cultura popular y que años más tarde reviviría con Famous, la canción en la que rapeaba que era él quien había "hecho famosa" a la cantante.

Pero probablemente el golpe más importante a su imagen pública llegaría con Adidas. La línea Yeezy revolucionó la industria de las zapatillas deportivas y se convirtió en uno de los negocios más rentables de la multinacional alemana. Cada lanzamiento se agotaba en minutos y el mercado de reventa multiplicaba el valor de las piezas. Pocos artistas han tenido un impacto tan grande sobre una marca global.

Todo se desmoronó en 2022. Después de una serie de declaraciones antisemitas y elogios públicos a Hitler, Adidas anunció la ruptura inmediata con el artista, asumiendo un impacto económico de cientos de millones de euros y poniendo fin a una de las colaboraciones comerciales más exitosas de la historia reciente de la moda deportiva.

Desde entonces, su presencia pública ha estado marcada por los vetos, las cancelaciones y la controversia. Varios promotores han descartado programarlo, mientras que algunos gobiernos han llegado a cuestionar su contratación. El caso más reciente es el de Albania, donde el hecho de que el concierto se financiara parcialmente con fondos públicos desencadenó un intenso debate político.

En paralelo, él mismo ha hablado reiteradamente de su salud mental. Durante años explicó que convivía con un diagnóstico de trastorno bipolar, aunque posteriormente ha asegurado que este diagnóstico no era correcto. Una realidad que forma parte de su biografía, pero que no elimina ni justifica las consecuencias de muchas de sus declaraciones públicas.

Por eso, hoy Kanye West ya no es solo un músico. Es una figura capaz de dividir gobiernos, marcas, promotores y público. Y es precisamente esta contradicción la que convierte cualquier concierto suyo en mucho más que un concierto.

'All of the Lights', 'Runaway' y el recordatorio de que el genio musical sigue intacto

El tramo final del concierto fue, probablemente, el más espectacular y emotivo de toda la noche.

All of the Lights llegó acompañada del despliegue visual más impresionante del espectáculo. Por primera vez, la esfera se iluminó en toda su magnitud. La Tierra que hasta entonces había evolucionado lentamente estalló en luz, llamas y efectos pirotécnicos, convirtiendo el Riyadh Air Metropolitano en una auténtica experiencia audiovisual. A diferencia de otros momentos del concierto, Kanye dejó respirar la canción, alargando su desenlace y respetando hasta el último segundo una de las piezas más monumentales de su discografía.

 

Después llegarían Flashing Lights y Stronger, con un estadio completamente entregado. La primera, casi una declaración de intenciones estética; la segunda, el recordatorio de aquel artista que consiguió llevar el hip-hop a una nueva dimensión fusionándolo con la electrónica de Daft Punk.

Pero el concierto todavía guardaba su mejor momento: apareció Kanye con un "piano". No necesitaba fuegos artificiales. Ni una producción imposible. Ni siquiera una letra para empezar. Solo una única nota. Un simple Mi, repetido una y otra vez, probablemente la introducción de piano más reconocible de la música del siglo XXI. Basta para que decenas de miles de personas sepan exactamente qué está a punto de pasar.

Es una escena que las redes sociales han convertido casi en un tópico. La hemos visto cientos de veces en Instagram, TikTok o YouTube. Podría parecer que ya no queda espacio para la sorpresa. Pero en directo sigue funcionando. Sigue emocionando.

Runaway no solo es una de las mejores canciones de Kanye West. Es, probablemente, la que mejor resume todas sus contradicciones. Una pieza sobre el ego, el arrepentimiento y la incapacidad de escaparse de uno mismo que, escuchada hoy, adquiere un significado casi inevitable.

Fue, sin ningún tipo de duda, el momento más emotivo del concierto y, por unos minutos, la esfera dejó de competir con la música. Todo se redujo a un piano, una melodía y un estadio en silencio.

Fue entonces cuando, casi sin darnos cuenta, nos abrazamos. Sin decir nada. Sin saber muy bien por qué. Los mismos dos adolescentes que veinte años atrás escuchábamos a Kanye West cuando prácticamente nadie de nuestro entorno sabía quién era, acabábamos de vivir juntos aquella canción que durante años solo había sonado en nuestros auriculares. Quizás no abrazábamos solo el momento. Quizás también nos despedíamos, de alguna manera, del Kanye que habíamos admirado de pequeños.

 

El precio de ver a Kanye West en 2026

Cuando se encendieron las luces, me descubrí haciendo números mentalmente.

La entrada había costado 250 euros.

Musicalmente, acababa de ver uno de los espectáculos más impactantes que recuerdo. Una producción descomunal, una puesta en escena extraordinaria y un repertorio que muy pocos artistas pueden igualar.

Pero la sensación con la que abandoné el Riyadh Air Metropolitano no era solo la de haber asistido a un gran concierto. Era la de haber presenciado a uno de los artistas más brillantes y, a la vez, más controvertidos de nuestro tiempo.

Quizás esta es la grandeza, y también la condena, de Kanye. Su música sigue siendo capaz de emocionar a millones de personas. El personaje, en cambio, sigue generando preguntas que no tienen una respuesta fácil.

Y es precisamente esto lo que hace que hoy ver a Kanye West sea mucho más que ir a un concierto.