Si partimos de la base que la guerra es consustancial al ser humano, y así lo parece demostrar la historia, podemos establecer un hilo conductor que a través de la resolución violenta de los conflictos enlaza a los humanos del paleolítico con los actuales. A través de los últimos 10.000 años, la violencia más o menos organizada ha estado presente en la evolución humana y, a pesar de su mala prensa por razones obvias, podría ser que precisamente la guerra fuera la clave del progreso humano.

Esta es, cuando menos, la tesis que defiende al historiador británico Ian Morris en el libro de teoría histórica y geopolítica Guerra ¿Para que sirve? (Ático de los Libros, 2017), tomando el título de las primeras frases de la canción War, de Edwin Starr, un clásico del sonido Motown popularizado posteriormente por Bruce Sprinsgsteen.

Se trata de un volumen controvertido que prueba demostrar, a través de un recorrido de más de diez milenios, que ha sido el conflicto bélico la principal arma de la civilización. O dicho de otra manera, que la guerra trae a la civilización, aunque de buenas a primeras la mayoría de humanos se incline a pensar justo lo contrario, es decir, que la guerra es incivilizada y es precisamente la organización humana la que la evita.

¿Sorprendente? Quizás sí, pero eso no quita que el autor desarrolle su tesis a partir de argumentos contrastables que demuestran que, al menos en parte, debe tener razón.

«Como media, en todo el planeta, la violencia mató a una persona de cada 4.735 en el 2012, lo que quiere decir que sólo el 0,7 por ciento de las personas vivas en la actualidad morirán de forma violenta, en contraposición al 1-2 por ciento de las personas que vivieron en el siglo XX, el 2-5 por ciento de los imperios de la Antigüedad, el 5-10 por ciento de Euroasia durante la época de las migraciones esteparias y el terrorífico 10-20 por ciento de la Edad de Piedra».

En este párrafo, Morris desarrolla el principal razonamiento que lo lleva a concluir la bondad de la guerra, ya que habría sido más que un arma en el sentido literal de la palabra, una herramienta para reducir la mortaldad. Pero más allá de las cifras incontestables, hay que preguntarse si la reducción de la muerte violenta ha sido gracias o a pesar de la guerra. Para el autor del libro, la respuesta correcta es la primera, un extremo que justifica desarrollando una teoría sobre lo que llama guerras productivas en contraposición a las guerras contraproducentes.

El Leviatán como solución

Las primeras serían las que ayudarían a conformar aquello que Hobbes definió como el Leviatán, es decir, macroestructuras humanas que ordenan y pacifican -con todo lo que comporta el verbo pacificar en un contexto bélico- y que tendrían su reproducción histórica en los grandes imperios de la antigüedad -Roma, Persia, India, China... - y que en los últimos siglos habría llevado a la conformación de 'policías globales' -el Imperio Británico, la Unión Soviética, los Estados Unidos, quizás la China en pocas décadas-.

Las segundas guerras, las que llama contraproducentes, serían, a opinión de Morris, aquellas que en vez de llevar a conformar leviatanes, los destruye, y valga como ejemplo las grandes invasiones nómadas de las estepas asiáticas que barrieron todo el orden establecido hasta aquel momento.

Ni trump ni Daesh

Ian Morris, doctor en Historia por la Universidad de Cambridge y autor, entre otros, del libro ¿Porqué manda Occidente... ¿por ahora? (Ático Historia, 2014), desarrolla sus tesis a lo largo de la historia humana, aunque su repaso se detiene en el 2013 y por lo tanto, no ha tenido tiempo de evaluar el impacto de la presidencia de Donald Trump ni el apogeo y caída de Daesh.

Sin embargo, el libro puede llegar a generar más preguntas que respuestas, porque aunque es innegable el progreso de la specie humana desde que empezamos a cortar piezas de sílex hasta la actualidad, justificar este progreso sólo en las bondades de la guerra puede llevar a explicar sólo una parte de la realidad, obviando otras fuerzas que podrían haber tenido también su papel, como el desarrollo de la cultura o de la religión, prácticamente ausentes a lo largo del volumen.

En todo caso, hay un adagio que sostiene que un optimista es aquel que cree que vive en el mejor de los mundos posibles, y un pesimista, aquel que teme que el optimista tenga razón. Quizás Morris tiene razón y somos como somos gracias a la guerra, pero en este caso hará falta que nos preguntemos si todo ello ha valido la pena.

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