Miles de hogares recurren cada invierno a una solución rápida y aparentemente inocua como lo es el radiador eléctrico portátil. Su facilidad de uso, su bajo precio inicial y la sensación inmediata de calor lo convierten en un recurso habitual cuando bajan las temperaturas. Sin embargo, detrás de esa comodidad se esconde uno de los consumos eléctricos más elevados del ámbito doméstico.

El problema no es solo técnico, sino también psicológico. Al tratarse de un aparato pequeño, muchos usuarios subestiman su impacto en la factura eléctrica. Encenderlo un rato parece irrelevante, pero ese gesto puede tener un coste mucho mayor del que la mayoría imagina cuando se traduce a euros.

Por qué el radiador portátil puede disparar tu factura

Un radiador eléctrico típico suele moverse en potencias de entre 1.500 y 2.500 vatios. En términos energéticos, esto significa que cada hora de funcionamiento implica un consumo considerable, muy superior al de la mayoría de electrodomésticos cotidianos. A diferencia del frigorífico o la iluminación, cuyo gasto se reparte en consumos bajos y constantes, aquí hablamos de una demanda intensa y sostenida.

Calefactor de Leroy Merlin

Además, estos dispositivos convierten directamente la electricidad en calor mediante resistencias, sin mecanismos de optimización energética. No generan más calor del que consumen, ni aprovechan tecnologías de intercambio térmico. De modo que toda la energía utilizada se traduce en un coste directo en la factura. El efecto acumulativo es el gran enemigo. Varias horas diarias durante semanas pueden traducirse en incrementos importantes del gasto mensual, a menudo sin que el usuario identifique con claridad la causa.

La bomba de calor da más rendimiento con menor consumo

Frente a este escenario, la bomba de calor, habitualmente integrada en equipos de aire acondicionado, aparece como una alternativa energéticamente más eficiente. Su principal ventaja radica en el rendimiento, ya que en lugar de generar calor de forma directa, traslada energía térmica, lo que permite obtener varios kilovatios de calor por cada kilovatio eléctrico consumido.

Este principio explica por qué su consumo puede ser notablemente inferior para un mismo resultado térmico. Además, la distribución del calor suele ser más uniforme y rápida, lo que reduce la necesidad de mantener el sistema funcionando de forma continua. Así pues, aunque la inversión inicial pueda parecer mayor, el análisis a medio y largo plazo cambia la perspectiva. En muchos escenarios domésticos, la eficiencia de la bomba de calor se traduce en un coste operativo significativamente más bajo que el de los radiadores eléctricos portátiles.