Hay un electrodoméstico que pasa completamente desapercibido en la mayoría de hogares y que, sin embargo, tiene un impacto brutal en la factura eléctrica. No hace ruido, no llama la atención y nadie se plantea apagarlo, pero su consumo acumulado a lo largo del año supera al de muchos otros aparatos domésticos. La paradoja es que, aunque no se utilice de forma activa, nunca deja de gastar energía.
La percepción habitual suele asociar el mayor gasto eléctrico a dispositivos como el horno, la vitrocerámica o el aire acondicionado. Sin embargo, cuando se analizan los patrones de consumo, el protagonista suele ser uno que está siempre oculto. Su funcionamiento continuo lo convierte en un factor clave dentro del gasto energético del hogar.
El frigorífico, siempre encendido, siempre consumiendo
El frigorífico es prácticamente el único electrodoméstico que opera las 24 horas del día, todos los días del año. A diferencia de otros aparatos, cuyo consumo depende del uso, la nevera mantiene un ciclo permanente de funcionamiento para conservar la temperatura interior. Este detalle explica por qué su impacto anual es tan significativo en nuestros bolsillos.

Diversos estudios de consumo doméstico sitúan al frigorífico como responsable de aproximadamente una cuarta parte, e incluso cerca de un tercio, de la electricidad utilizada en muchas viviendas. No se trata de picos elevados de potencia, sino de una demanda constante que se acumula mes tras mes.
La antigüedad y los hábitos multiplican el gasto
Uno de los factores más determinantes es la edad del aparato. Los modelos antiguos pueden consumir fácilmente el doble o el triple que uno moderno con buena clasificación energética. El problema es que este sobrecoste no suele percibirse de forma notoria, ya que el frigorífico funciona en segundo plano y no genera cambios visibles en la rutina diaria. A ello se suman hábitos cotidianos que incrementan el consumo sin que el usuario lo advierta. Abrir la puerta repetidamente, introducir alimentos calientes o impedir la correcta ventilación del equipo obliga al compresor a trabajar más tiempo. Son gestos aparentemente inocentes que, repetidos a diario, acaban reflejándose en la factura.
Incluso los programas de bajo consumo no eliminan el efecto estructural: el frigorífico nunca se apaga. Así pues, su eficiencia energética y su uso adecuado tienen un peso mucho mayor del que muchos consumidores imaginan cuando intentan reducir gastos en casa.