La sostenibilidad económica de la solidaridad

- Fernando Trias de Bes
- Barcelona. Domingo, 30 de agosto de 2026. 05:30
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Una de las muchas explicaciones que los historiadores han dado sobre la caída del Imperio romano sostiene que el problema no fue únicamente la presión exterior. También hubo una erosión interior. Mantener el poder exigía una estructura cada vez más costosa de privilegios, favores, funcionarios y ejército. Llegó un momento en que el coste de sostener el sistema creció más deprisa que la capacidad del propio Imperio para financiarlo. No fue la única causa de su declive, pero sí una reflexión económica que sigue teniendo interés: toda organización tiene un límite de sostenibilidad.
Lo mismo sucede con la solidaridad.
Sé que lo que digo es políticamente incorrecto porque la idea general es que la solidaridad no debería conocer límites. Sin embargo, cualquier sistema solidario necesita recursos para seguir siendo solidario. Si esos recursos se agotan, acaba deteriorándose precisamente aquello que pretendía proteger.
Existe una imagen que ilustra bien esta idea. De vez en cuando aparecen noticias de personas que empiezan acogiendo a una persona sin hogar, luego a otra y después a otra más. Actúan movidas por una voluntad admirable. Sin embargo, llega un momento en que ni la propia persona puede mantener unas condiciones de vida dignas. La solidaridad deja entonces de ser sostenible. El problema no era la intención. Era la ausencia de un límite.
Cualquier sistema solidario necesita recursos. Si se agotan, acaba deteriorándose precisamente aquello que pretendía proteger
España necesita inmigración. Desde el punto de vista demográfico resulta difícil discutirlo. También desde el económico. Muchos sectores productivos dependen de trabajadores extranjeros y el crecimiento de la población ha contribuido a sostener la actividad económica en los últimos años. Negar esa realidad sería un error.
Pero una cosa es defender la inmigración y otra muy distinta renunciar a gestionarla con criterios realmente exigentes.
Un sistema migratorio funciona cuando incorpora derechos y obligaciones. Quien llega para trabajar, contribuir, pagar impuestos y construir un proyecto de vida fortalece el conjunto del sistema. La propia economía española necesita ese talento y esa capacidad de trabajo.
El problemón aparece cuando la capacidad de acogida deja de acompasarse con la capacidad de integración. Vivienda, educación, sanidad, seguridad o servicios sociales tienen un coste. Si el crecimiento de la demanda supera la capacidad de financiarlos, la presión acaba trasladándose al conjunto del sistema. Entonces se deterioran no solo las cuentas públicas. También se resiente la aceptación social de la propia inmigración.
La solidaridad constituye uno de los mayores logros de una sociedad. Precisamente por eso necesita ser económicamente sostenible
Por eso me preocupa que el debate se plantee como una elección entre solidaridad o insolidaridad. La verdadera cuestión es otra: cómo preservar un modelo solidario durante décadas.
Muchos países vinculan la residencia al mantenimiento de una actividad laboral o de medios suficientes para sostenerse. No lo hacen necesariamente por falta de humanidad. Lo hacen porque consideran que la sostenibilidad del sistema forma parte de la propia política migratoria. Es un criterio discutible, como casi todos en esta materia, pero responde a una lógica económica que está mal vista.
Las imágenes recientes de intentos masivos de entrada en Ceuta vuelven a poner sobre la mesa este debate. Conviene abordarlo con serenidad y sin simplificaciones. Las personas no emigran únicamente porque exista un marco legal más o menos permisivo; también influyen las diferencias de renta, los conflictos, la falta de oportunidades y las redes familiares ya establecidas. Pero tampoco puede ignorarse que las expectativas sobre las posibilidades de permanencia forman parte de las decisiones migratorias.
El efecto “llamada” existe. Y tanto que existe.
La solidaridad constituye uno de los mayores logros de una sociedad. Precisamente por eso necesita ser económicamente sostenible. Cuando un sistema deja de poder sostener aquello que promete, el riesgo no es que desaparezca la solidaridad. El riesgo es que termine desapareciendo el propio modelo que la hacía posible.