En un contexto económico marcado por la persistencia de los precios altos, especialmente en áreas básicas como la vivienda y la alimentación, las fórmulas clásicas de gestión de las finanzas personales se cuestionan. La conocida regla 50/30/20, elevada a pauta de oro durante casi dos décadas, muestra grietas bajo la presión de los presupuestos familiares. De esta inquietud nace y gana terreno una propuesta más adaptada a los tiempos que corren: el método de presupuestación 60/30/10, que ofrece un marco más realista para un número creciente de hogares.

La regla 50/30/20, popularizada por la senadora estadounidense Elizabeth Warren en su libro All Your Worth: The Ultimate Lifetime Money Plan ha gobernado la planificación financiera desde 2006. Su simplicidad es seductora: destinar el 50% de los ingresos a necesidades, el 30% a deseos u ocio y el 20% al ahorro y amortización de deudas. Sin embargo, la realidad estadística actual traza un panorama donde esta distribución se convierte, para muchos, en una aspiración inalcanzable.

La frialdad de las cifras lo confirma: según la Oficina del Censo de Estados Unidos, en 2023, aproximadamente la mitad de los 42.5 millones de hogares inquilinos en el país se consideraban con una carga económica significativa, dedicando más de un 30% de sus ingresos solo a la vivienda. El segmento en situación más crítica, aquellas familias que destinan más del 50% de sus recursos a la vivienda, alcanzó la cifra récord de 21.5 millones. Esta presión sin precedentes obliga a buscar alternativas.

Un retrato del gasto medio: la vivienda como pilar fundamental

La fotografía del gasto medio de los hogares estadounidenses, proporcionada por la Oficina de Estadísticas Laborales (BLS), ilumina este desajuste. Con un gasto total medio de 78,535 dólares anuales, la parte del león se la lleva la vivienda, con 26,266 dólares, representando un 34% del total. Le siguen el transporte (17%) y la alimentación (13%). Aunque la inflación se ha moderado respecto a los picos de 2022, los precios de estos bienes y servicios esenciales permanecen elevados, consolidando una estructura de gasto donde los costos fijos ocupan un terreno cada vez más amplio.

Es en este escenario donde la lógica del 60/30/10 encuentra su razón de ser. Este modelo propone una distribución aparentemente más austera, pero, en realidad, más pragmática: dedicar el 60% de los ingresos mensuales a todos los gastos esenciales (no solo la vivienda, sino también la electricidad, el gas, el supermercado o las primeras necesidades); reservar un 30% para la parte discrecional, como salidas, suscripciones o compras no urgentes; y destinar el último 10% al ahorro o al pago de deudas de alto interés.

Este enfoque resulta especialmente adecuado para los jóvenes, que disponen de un horizonte temporal más largo para acumular ahorro a largo plazo, y para los residentes de ciudades con un costo de vida desorbitado. Para ponerlo en perspectiva, el alquiler medio en ciudades como Nueva York supera los 4,000 dólares mensuales, una cifra un 148% superior a la media nacional. En San José, California, la diferencia es del 62%. En estos entornos, intentar encajar la vivienda dentro del 50% destinado a necesidades se convierte a menudo en un ejercicio de ilusionismo.

Equilibrar el presente y el futuro

Sin embargo, el método 60/30/10 no está exento de críticas. Su principal desventaja es la reducción significativa del porcentaje dedicado al ahorro, que pasa del 20% al 10%. En un mundo donde las recomendaciones generales apuntan a destinar al menos un 15% de los ingresos previos a impuestos para la jubilación, esta reducción puede parecer un paso atrás. Harris reconoce este dilema, pero lo matiza: “El objetivo del 10% no se aleja mucho de la cantidad recomendada. La regla 60/30/10 puede ser adecuada para todos los consumidores según sus situaciones individuales, pero puede atraer más a las generaciones más jóvenes, que pueden ajustar sus contribuciones a medida que aumentan sus ingresos”.

La clave, insisten los expertos, no reside en la adopción dogmática de una regla, sino en su adaptación a las circunstancias vitales. Una persona próxima a la jubilación, por ejemplo, debería priorizar el ahorro por encima del gasto discrecional, pudiendo ajustar el modelo hacia una distribución 60/20/20. El método 60/30/10 debe entenderse, pues, no como una camisa de fuerza, sino como un punto de partida más realista para aquellos que sienten que el margen de maniobra de los modelos tradicionales se ha desvanecido.

La conclusión última es que, en un entorno económico cambiante, la salud financiera pasa por la revisión periódica de los presupuestos y su ajuste a las prioridades personales. Como señala Harris, el viaje hacia el bienestar financiero requiere identificar los valores que deben guiar las decisiones económicas y después descomponerlos en “pasos manejables” integrados dentro del presupuesto. En la era actual, donde la escalada de los costos básicos es una realidad persistente, el método 60/30/10 se erige como una herramienta útil para reconquistar el control, partiendo de un análisis honesto de la realidad cotidiana de millones de hogares.