Los últimos días han dejado al descubierto la verdad que llevamos años sufriendo: somos la “rodalia” de un Estado. Y además somos una periferia crónicamente maltratada. El ejemplo ferroviario es ilustrativo (entre muchos otros) de la secular queja catalana, no ya relativa al sentimiento identitario, sino a la simple prestación de los servicios básicos, los derechos mínimos de los contribuyentes, lo que “realmente preocupa a la gente”. Los cortes constantes, los trenes sustituidos por autobuses, los retrasos de longitud intolerable, la improvisación absoluta ante cualquier incidencia… todo esto no es casualidad, no es mala suerte, no es un accidente puntual. Es la manifestación diaria de una realidad estructural: Catalunya hace tiempo que no tiene Rodalies propias. Somos la rodalia de Madrid. Y lo somos en todo: en inversión, en centralización, en concepción radial, en prioridad política. Cada euro invertido, cada decisión sobre horarios, cada reforma de vía pasa primero por el filtro de la capital y luego llega a nosotros, si es que llega. Mientras tanto, la gente espera horas, pierde trabajo, estudios, vida, en redes ferroviarias anticuadas que no soportan la demanda mínima, que se rompen con la mínima tormenta, que colapsan ante la primera prueba de resistencia.
Para el PP y el PSOE, Rodalies no es la periferia del Área Metropolitana de Barcelona: somos la periferia de España, veamos si lo entendemos de una vez, aunque más que “cercanías” el mal servicio hace que parezcamos unas “lejanías” mal pagadas (y mal vistas). Los flujos pendulares que definen a nuestra capital no importan; los enlaces regionales, las conexiones interiores, la vida cotidiana de millones de personas, todo queda subordinado a una lógica radial que solo tiene un centro: Madrid. El corredor mediterráneo, tan promocionado como proyecto de vertebración europea, no vertebra nada en su “levante”: encaja el proyecto en un esquema centralista, pensado para priorizar la capital política y económica del Estado, no para servir a la movilidad del país real. De los países reales que conecta, concretamente. Todo esto no es teoría, es realidad contrastable: esta semana, con tramos enteros inoperativos y autobuses improvisados para sustituir trenes, hemos visto el resultado de una planificación que nos ignora como ciudadanos y subordina la vida cotidiana a criterios ajenos. Y aún pretenden, con toda intención, que consideremos buena la propuesta de una empresa compartida con un 51% de participación estatal. ¡Y esto bajo la propuesta de la famosa “mayoría plurinacional”! No, ni lo pueden evitar ni tiene remedio.
Los ciudadanos ya no esperan nada de los responsables (ni Estado ni Generalitat). Los ciudadanos se organizan, protestan, denuncian y, aun así, quienes gobiernan el servicio parecen pensar que son errores comprensibles. No, no son comprensibles. Ni siquiera son errores: son decisiones deliberadas, omisiones deliberadas, y que llevan décadas ocurriendo. No, no es normal que Barcelona y su cinturón metropolitano, con millones de personas dependiendo del tren todos los días, tengan que sufrir como una ciudad de provincias colgada de la periferia de Madrid, sin autonomía real, sin inversión proporcional, sin visión propia. La centralización ha convertido una infraestructura básica en un símbolo de nuestra subordinación. Cada cancelación, cada retraso, cada colapso es un recordatorio de que los intereses centrales vienen primero y la vida de los catalanes después.
Todo esto no es casualidad, no es mala suerte, no es un accidente puntual, es la manifestación diaria de una realidad estructural: Catalunya hace tiempo que no tiene Rodalies propias; somos la rodalia de Madrid
Y mientras esto pasa, Madrid inaugura líneas, electrifica vías, renueva trenes y programa horarios con coherencia y previsión. Aquí sufrimos viejos convoyes, vías envejecidas, trenes que ni siquiera alcanzan la media de seguridad (para usuarios y maquinistas) y servicios pensados para encajar Catalunya dentro de una red radial que ni siquiera entiende la densidad ni los flujos de nuestras comarcas. Nuestros pueblos y ciudades, que podrían conectarse fácilmente entre sí, siguen pendientes de una centralidad que ignora cualquiera de nuestras necesidades reales. Somos periféricos en el territorio que habitamos, invisibles en la planificación que nos afecta, abandonados en una infraestructura que deberíamos dominar. Mientras tanto, el alcalde de Barcelona exhibe tranquilamente su lectura de la revista Vogue. El president no aparece, los consellers no dimiten. Y Ferrocarrils de la Generalitat, de servicio impecable y nivel europeo, espera a que a los “camaradas” de Madrid se les pase la alergia a un verdadero traspaso.
Catalunya necesita un servicio pensado para Catalunya y para los catalanes, con inversión justa, autonomía de gestión, prioridad metropolitana y economía regional, con planificación real de la movilidad y compromiso con la ciudadanía que depende del tren. Hasta que eso ocurra, cada día de caos, cada hora perdida, cada cancelación, solo confirmará lo que ya sabemos: somos periféricos dentro de nuestra propia vida cotidiana, víctimas de una centralización de carácter colonial que no respeta la realidad del territorio ni la dignidad de sus habitantes. Nada nuevo, pero debemos responder. Y debemos hacer que deje de gobernarnos, colonizarnos, ocuparnos y maltratarnos un gobierno que nos es —él sí y desde hace siglos— totalmente periférico.