El acto de Gabriel Rufián con Emilio Delgado, de Más Madrid, para hacer un llamamiento a las izquierdas para que se unan, debe intentar comprenderse, me parece, como el colofón de la evolución del de Santa Coloma a lo largo de los diez años que lleva siendo diputado en el Congreso. En segundo lugar, ligadísimo a esto primero, hay que considerar cuáles son los intereses, los intereses concretos, que condujeron a Rufián el miércoles hasta la sala Galileo Galilei, en el barrio madrileño de Chamberí, para avisar oficialmente de que viene el lobo —un gobierno de PP y Vox— y de que es necesario que la izquierda de la izquierda —un marasmo de siglas y de odios cruzados— haga algo para parar el golpe. O, si lo prefieren, para intentar que Pedro Sánchez no sea borrado del mapa.

Vamos a ver, pues. Rufián, ese que anunció que en el Congreso estaría solo dieciocho meses, o sea, hasta que Catalunya fuera independiente, se ha hecho un hombre en estos años. Ha sabido aprovechar sus innegables dotes comunicativas para convertirse en personaje célebre. Él, que es espabilado —en el mejor sentido del término—, enseguida se dio cuenta de su gracia, y desde entonces no ha dejado de abonarse a ella. No solo en la tribuna del Congreso y en las redes. También ante cualquier periodista, en cualquier tertulia y en el plató de cualquier programa de entretenimiento o no. Incluso ante cualquier facha desvergonzado armado de un micrófono. Esto lo hace bien. Muy bien. Él lo sabe y lo explota a placer. El caso es que Rufián es un personaje atractivo para el ecosistema madrileño y, por extensión e irradiación, para el español. Tanto es así que se ha convertido en una especie de pyme del sector politicomediático. Una pyme ligada y a la vez desligada de la casa madre, esto es, ERC y, más concretamente, Oriol Junqueras. Una pyme con su misión, sus objetivos y su estrategia propios. Una misión, unos objetivos y una estrategia cada vez más diferenciados del partido fundado en 1931.

La segunda consecuencia de esta evolución de Rufián es su progresivo distanciamiento mental, emotivo y espiritual de la realidad de Catalunya y su gente, de lo que allí sucede. Y también de lo que sucede y le sucede a su partido. Rufián pasa pocos días en Catalunya —hace un año dejó de ser concejal de Santa Coloma— y Catalunya le queda lejos. Remota. Esta distancia se ha agrandado a la vez que crecía su rol de representante de las izquierdas españolas. Rufián no es que haya dejado de ser independentista, es que esta condición la ha relegado a un segundo o tercer plano. Es perfectamente lógico, en la medida en que su público, su mercado, allí donde realmente tiene éxito, es España. Rufián tiene éxito no por ser independentista, sino como representante de las izquierdas ‘a pesar de’ su independentismo.

Todos estos cambios presentan, lógicamente, aspectos positivos y otros negativos. Uno de los negativos, evidente, es que Rufián cada vez se ha ido desconectando más de sus orígenes: Catalunya, ERC, Junqueras. A su vez, Catalunya, ERC y Junqueras se han ido desconectando de él. Lo mismo ocurre en relación con sus compañeros de partido. La otra cara de la moneda, el aspecto positivo de todo ello, es que la pyme Rufián es una realidad, un activo. Un activo que tiene un valor. Otra cuestión, de lo más relevante, consistiría en analizar cuál es realmente este valor en términos electorales. Y preguntarnos con rigor, por ejemplo, cuántos votos aporta realmente Rufián a ERC.

Nos queda el porqué. ¿Por qué Rufián insiste en una idea, un Frente Popular 2.0, que nadie comparte, tampoco en ERC? ¿Por qué pone tanto interés en empujar un peso absolutamente muerto? No puede ser solo para poder decir, el día de mañana, que él ya lo había dicho. Ni tampoco solo fruto de un narcisismo perfectamente apreciable. O solo de una genuina inquietud por el futuro político inmediato de España. Ante la duda de los fines últimos, suele ser un buen recurso recurrir a los clásicos y preguntarse aquello de Qui prodest? ¿A quién beneficia todo esto? ¿Quién puede sacar algo? En este caso, la respuesta es clara: el propio Rufián. Rufián himself. Al erigirse en representante y conciencia de las izquierdas, Rufián gana mercado en España, pero también —calcula él— incrementa su valor político en Catalunya, es decir, ante ERC y a ojos de Junqueras. Naturalmente, el cálculo rufianesco es que Oriol Junqueras no solo no tomará represalias, sino que se verá obligado a hacerle determinadas concesiones. Rufián arriesga porque quiere blindar el futuro y, si puede, cobrar algunas deudas pendientes. Veremos si finalmente la osadía tiene premio o deviene su tumba política.