Collboni ha rectificado y finalmente ha respondido a la demanda del grupo municipal de Junts de instalar césped natural en el estadio Narcís Sala de la UE Sant Andreu (recientemente ascendido de división) y en el Nou Sardenya del Europa (también tras recibir campañas de firmas al respecto). Más allá de celebrar la noticia, cuando oigo hablar de césped en referencia a espacios barceloneses, enseguida se me aparece la ausencia de verde bajo los pies de los conciudadanos. El Ayuntamiento presume mucho de políticas verdes, y de ser muy verde. Pero resulta que el verde, antes que un concepto político o sociológico, es un color. Y si hay algo que notan (y mucho) los recién llegados, especialmente los que deciden quedarse, es la ausencia de hierba y de parques en nuestra capital. Clamorosa. Vergonzosa. Tacaña. “Where have all the flowers gone”.
Cerdà dejó en su cuadriculado testamento urbanístico que cada manzana tendría su propio parque, y seguramente con ello quería paliar el hecho de que su gran cenefa racionalista no hubiera contemplado un Parque Central ni nada que se le pareciera mínimamente. El caso es que, como lo de los interiores de manzana ha quedado profanado y ultrajado desde hace décadas, y como el alcalde Collboni ha incumplido su promesa de recuperarlos (tenía que ser su particular forma de intentar contrarrestar las polémicas Supermanzanas con las que colaboró), el centro de Barcelona es ahora una cuadrícula monótona donde a veces parece que, si queremos flores y plantas, tengamos que respirar las esculpidas en piedra por los modernistas. Nuestros parques son, en general, un insulto al concepto: grandes extensiones de arena (el pobre parque Joan Miró, con tantas posibilidades y que solo aparece como un descomunal pipicán con una mujer y un pájaro en medio) o de cemento. Incluso en la recientemente inaugurada plaza de las Glòries —donde Cerdà había situado ingenuamente el nuevo corazón de la ciudad—, la hierba se reduce a una sola área en el lado montaña y el resto es, de nuevo, un vacío granítico exasperante. De las pocas ocasiones (espacio hay poco) que teníamos para hacer algo parecido a un gran parque central, y ponemos a trabajar la hormigonera a todo trapo (eso sí, con sus umbráculos, ágoras sensoriales y fuentes intocables). Todo bien duro, bien pétreo, bien barato, no vaya a ser que haya que regar todos los días. Y, encima, lo llaman “nuevo pulmón verde”.
Pongan el césped. Busquen bajo las piedras, encontrarán espacios. Los espacios “pacificados” son más pacíficos si se libran de esta incomprensible alergia al verde. No somos Londres, en efecto, pero la inversión en agua vale la pena si se trata de sacar a los ciudadanos (especialmente a los del Eixample) de la sensación de vivir en una colmena sin oxígeno. Si, por ejemplo, han decidido hacer una zona peatonal en la calle Marina, frente a la fachada del Nacimiento, pues, hombre, alarguen el parque. Extiendan la alfombra, acerquen el verde natural a las naturalezas modernistas, conviertan todo el entorno de la Sagrada Familia en un gran parque verde sin coches y transfórmenlo en uno de los grandes parques de la ciudad. Un parque, quiero decir, ¿eh? No un pinar de Gavà.
Nuestros parques son, en general, un insulto al concepto: grandes extensiones de arena o de cemento
Lo mismo puede proponerse para todas las Supermanzanas ya creadas, o incluso para una hipotética transformación y definitiva pacificación de la plaza Catalunya (que podría ser perfectamente el gran parque-cruce de la ciudad, como ya lo fue). El propio parque de la Ciutadella, que ya apunta algunas maneras de parque de verdad, complétenlo con más extensiones verdes de las que tiene. Porque desde este parque hasta el Turó, o hasta el Putxet o el Guinardó (o, evidentemente, Montjuïc, que, por cierto, debería haber sido zona universitaria), nada: la famosa e interminable cuadrícula recortada. Bueno, sí, y dos bancos y dos pajaritos en el Palau Robert. Es que ni siquiera con la remodelación de los Jardinets de Gràcia han sabido entender la palabra “jardinets”.
No sé si pido demasiado. No sé si es muy complicado. A mí no me lo parece y la inversión parece merecer la pena. No podemos ser tan tacaños, y, aunque, en efecto, nos falte espacio entre mar y montaña, razones e ideas ya he apuntado algunas. Tampoco es un capricho pequeño-burgués, me parece: más bien se trata de compensar la desobediencia que, lamentablemente, hicimos de los planes socialistas (e higienistas) de Cerdà. Nueva York también es una cuadrícula, sí, pero previeron la necesidad de los parques. Imperiosa. Humana. De acceso universal. Un signo de verdadera urbanidad y, de paso, de buen gusto.
