No acostumbra a ser moneda corriente en los partidos políticos el escarnio público y la humillación, sobre todo cuando se trata de un ex secretario general. De hecho, el anterior secretario general. Por eso ha llamado poderosamente la atención el ejercicio de autoridad indisimulada de la exministra socialista y futura candidata del Partit dels Socialistes de Catalunya en las próximas elecciones generales, Carme Chacón. La exministra se ha mantenido inflexible y ha vetado la incorporación a las listas de Pere Navarro, primer secretario del PSC entre 2011 y 2014. El hecho de que Navarro supiera fehacientemente antes de la batalla con Chacón que su candidatura no tenía ninguna posibilidad de prosperar no resta gravedad a la situación. Sobre todo porque el ex primer secretario había hecho bien los deberes y venía avalado por la poderosa organización del Vallés Occidental, en la que milita y donde fue alcalde de Terrassa.
Es difícil no ver en la posición de Chacón un cierto aire de vendetta, sobre todo porque en el período en que Navarro fue primer secretario muchas de las diferencias que tenían se ventilaron en público. Así, la exministra socialista fue muy crítica con sus intentos de situar al PSC en una posición intermedia en el agitado debate soberanista consistente, en esencia, en defender el derecho a decidir del pueblo catalán a través de un referéndum. Lo cierto es que Navarro no hizo esta apuesta con convencimiento y el PSC, o los sectores que tenían el control del partido, no estaban dispuestos a seguirle en su aventura. A partir de aquí, se ahogó poco a poco en la soga que él mismo se había puesto sin contentar ni a los más proclives al derecho a decidir (que veían su apuesta como demasiado impostada) ni a los dirigentes más vinculados al PSOE (que consideraban un despropósito los movimientos de sus compañeros catalanes). Su autoridad se fue extinguiendo y los mismos que le habían escogido en diciembre de 2011 con el 73% de los votos le empujaron a la dimisión en junio de 2014, después de las europeas y con el partido en plena ebullición. El resto de la historia es de sobras conocido, incluida su peculiar manera de intentar marcar la agenda política y ganar iniciativa sin importarle abrir un boquete con el PSOE como cuando planteó la abdicación del rey Juan Carlos o la supresión del concierto económico en el País Vasco y Navarra.
Es curioso, no obstante, que la purga de Navarro sea, en fondo y en forma, no muy diferente de la que él practicó en su época de liderazgo con algunos dirigentes a los que no dudaba contestar, cuando tomaba alguna decisión controvertida, que en el PSC se hacía lo que él quería. Pero cuidado. Del malestar expresado ayer por Navarro en el Consell Nacional del PSC cabe esperar que el último capítulo de la ruptura aún está por escribir.