Menorca es una isla telúrica, y el lugar ideal para no hablar. Este trocito insular mediterráneo incita a la escucha. Hace un tiempo, el filósofo Xavier Antich nos ofreció su percepción sobre la visión y la escritura precisamente en Menorca, en Mongofre, uno de los lugares donde siempre habré agradecido haber pasado unos días entre cerámicas, libros y animales disecados. Éramos un grupo recogido de gente (Talleres Aislados, se llama la fórmula) que quería escuchar y aprender, hablar poco y contemplar bastante. Antich nos dijo que "escribir es lo contrario de hablar", y después de constatar que no tenemos acceso preciso a los orígenes del lenguaje (ni de la escritura ni de la literatura), nos consoló explicando que nos quedan "restos de los fragmentos de los inicios".

Ahora que iniciamos el año, y parece que todo empiece (bienvenidas convenciones que ayudan a hacer limpieza), me vuelven con fuerza las palabras del pensador Antich: "Nunca estamos seguros de cuándo empezó todo". Rememorando los orígenes, nos citó la más arcaica de las inscripciones, el canto de Myriam en el libro bíblico del Éxodo, un himno que empieza con cantos triunfales de alabanza. Los humanos estamos todo el día pidiendo, pero también agradeciendo. Se podrían dividir las felicitaciones de año nuevo que hemos recibido estos días entre quien pide, y a quien agradece.

Leer reclama mucho de nosotros, es una activación neurológica que nos moviliza poniéndonos ante la vida de los otros

Steiner ya advertía cuán difícil es encontrar metáforas nuevas, y por eso a menudo volvemos a los antiguos: retornar al mundo griego, expuso Xavier Antich, es dar a nuestros recursos expresivos "el resplandor de los orígenes". Volver para recuperar. Mirar atrás para poder agarrarse a algún asa.

Xavier Antich nos dio orientaciones sobre escribir y sobre leer, sugerencias estimulantes que vuelven como boomerangs de pensamiento a medida que el año se despierta. Antich, que es un perspicaz doctor en filosofía y profesor de Estética en la UdG, de los que no menosprecian las redes sociales sino que las utilizan como plataformas de activismo literario y cívico, reconoce una realidad: leer cansa. Leer reclama mucho de nosotros, es una activación neurológica que nos moviliza poniéndonos ante la vida de los otros. "Escuchamos otra voz que no es la nuestra". Aquella naturaleza creativa de la lectura, para ponerlo en sintonía con Borges, nos hace sentirnos orgullosos de los libros que hemos leído. Porque somos los libros que hemos leído y releído. Los escritores están satisfechos de los libros que han escrito (gracias a todos ellos). Sienten que "han puesto mucho", que se han dejado la piel. Los escritores cuando los entrevistan responden que en su obra dejan parte de ellos, de sus obsesiones, esperanzas y miedos. ¿Pero, y los lectores? ¿No nos dejamos la piel, en cada libro que devoramos? ¿No empatizamos, con cada drama que leemos? Los lectores, que volvemos a los consejos de los antiguos, no sabemos cuándo empezó la escritura ni la literatura con precisión, pero sí que tenemos constancia, impecable e irrenunciable, de cómo alguna lectura ha acabado con alguna neura, ha activado alguna nueva vía, o quizá ha determinado para siempre nuestro destino.

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