La principal dificultad de la política en nuestra Europa no es que los ciudadanos ya no se fíen de los políticos. La dificultad más importante de la gestión de las democracias es que los políticos no se fían en absoluto de los otros políticos, especialmente de los otros y que, por lo tanto, las complicidades, las confianzas, las colaboraciones, las alianzas son más bien un ideal que una realidad, al menos desde que la política es política, desde que el sol sale cada mañana y desde que nos gusta la carne a la barbacoa. Como la historia de la política parlamentaria es la truculenta historia de las traiciones, de las mentiras, los engaños, no nos debe extrañar que los políticos más cínicos, los más amorales, tengan más capacidad de supervivencia, ni tampoco que todos ellos, viejos políticos, nuevos políticos, lideresas y liderotes, tras muchísimas horas de presión, de tanto doble y triple juego, de tanto circular en sentido contrario, estén un poco atacados de los nervios, de lo que sería la salud mental. El sueño de la razón produce monstruos y aquí, más o menos, somos todos hijos de la Ilustración. Que sí, que hay muchos políticos que se han vuelto paranoicos, es cierto eso, pero también es verdad que no hay peor cosa en el mundo que seas un enfermo paranoico y que, encima, te persigan realmente, que tengas una pantera de terciopelo negro bajo la cama y te vayan diciendo que no, que son imaginaciones tuyas, que intentes dormir, que descanses, que los grandes felinos no se instalan bajo el colchón, cuando sabes perfectamente que ahora no son fantasías, cuando sabes que ahora va en serio.

El principal problema de los nuevos políticos independentistas de hoy es que están llegando, peligrosamente, en el campo de batalla, a un territorio expoliado que parece un patatal, con diferentes campos de minas, con munición perdida y enterrada de antiguas guerras mitológicas, con campos de prisioneros y con pocos hospitales para tantos heridos. Y, sobre todo, los nuevos políticos son un territorio donde se sienten ecos de viejas leyendas, de cuando las sangrientas hazañas de los pujoles y los maragallos hacían temblar la tierra media, esta nuestra, la del pastor y de la sirena. El hermano traicionará al hermano, está escrito, previsto, el padre perderá a sus hijos y la ley de la necesidad se impondrá más allá de las buenas palabras. Por eso, precisamente por eso, aunque el lenguaje de la política esté lleno de buenas intenciones, de bonitas palabras que suenan como un sortilegio, como una protección, por más que vayan diciendo como locos unión, acción, coordinación, impulso, solidaridad, redistribución, y todas las que os vengan a la cabeza, a la hora de la verdad todo es inmovilismo, descontrol, sálvese quien pueda, desconfianza, egoísmo, agotamiento, incompetencia, inoperancia, resistir como sea antes de progresar un milímetro. Es vergonzoso ver como se rebozan en el barro más negro políticos como Miquel Iceta, el ejemplo más perfecto de todo lo que no debería ser la política. Solo hay que ver cómo funciona —cómo no funciona, quiero decir— el Parlamento Europeo para constatar que esta no es una característica de la política catalana, al contrario. La catalana, al fin y al cabo, es la única sociedad política europea que ha buscado en la profundización democrática, en la lucha radical para el empoderamiento popular independentista, una solución realista a los problemas de hoy. El único país que ha desconfiado de los populismos internacionales y ha confiado más que nunca en la propia tradición ciudadana y republicana.

En este contexto en el que todos desconfían de todos, en este mundo donde las traiciones son la moneda de curso legal, donde todo parece tan difícil y tan imposible, dicen, dicen, dicen, me dicen en Madrid, que hay una novedad. Una sorpresa, una hazaña, un cambio grande. Y es que Arnaldo Otegi, un político con una credibilidad muy superior a la de la mayoría, un señor que no forma parte de la gente guapa de la política de izquierda y de derecha, un miembro del movimiento de liberación nacional vasco —las palabras son de José María Aznar— fue el principal responsable de la llegada de Pedro Sánchez al poder. Y que gracias a Otegi, y solo porque está de por medio Otegi, que algunos miembros del PSOE confían un poco en los independentistas vascos y catalanes. Y viceversa, que solo porque está Otegi Esquerra Republicana y otros políticos comunistas confían de manera estable, seria, en el gobierno de Sánchez e Iglesias. Esto no dejaría de ser una teoría más si no fuera que ahora la ultraderecha judicial española quiere eliminar biográficamente a Arnaldo Otegi. Lo quieren fuera de la actividad política de la misma manera que han expulsado a Puigdemont, a Torra. Del mismo modo que ahora quieren acusar al rapero Valtònyc de nuevos delitos. Continuará. Ya lo creo que continuará.

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