Hay temas que retornan con cierta regularidad. Uno de ellos es el de la decadencia de Catalunya. Tanto en el aspecto económico como en el político. O lo que es lo mismo: empobrecimiento y desgobierno.
La última proclama fue el jueves pasado cuando casi 300 asociaciones empresariales, encabezadas por Foment del Treball, emplazaron a la Generalitat, el Ayuntamiento de Barcelona y, con la boca muy pequeña, la Moncloa a llevar a cabo una acción firme en materia económica y política. Por una vez, no se pidió ni bajada de impuestos ni abarató los mal llamados costes laborales. Los manifestantes ("¡Ya basta! Centrémonos en la recuperación") pidieron, con razón, una acción decidida en favor de la recuperación. Propuesta imbatible. Otra cosa será su concreción, pero la propuesta es imbatible.
Dentro del aspecto político, criticaron la falta de firmeza, es decir, un exceso de mano blanda delante los disturbios de los últimos días y la falta de condena temprana y de alto nivel por parte de los políticos. En concusión, sin recuperar la economía y dejando que los alborotadores hagan la suya, la decadencia de Catalunya está prácticamente servida.
El tono alarmista es inequívoco y la voluntad que lo impulsa también. Conviene, como todo en la vida, matizar. En primer lugar, los creadores de riqueza son -y tienen que ser- los empresarios. Cuesta, sin embargo, entenderlos. Unas veces, no quieren saber nada del Estado y sus regulaciones; sólo hay que recordar la bronca, anunciando la llegada del apocalipsis, con al nuevo salario mínimo de hace poco más de un año. Y otras, piden que papá estado sea generoso, singularmente, en materia de dinero: subvenciones, excepciones, fuera regulaciones... Es muy comprensible que la economía en el sistema capitalista pretenda que quien arriesga, el empresario, obtenga el máximo beneficio posible. Ningún problema con eso. Pero como cualquier objeto en esta vida tiene un precio; y este precio son los derechos sociales, las garantías de los inversores, ahorradores, el medio ambiente y, ahora, el tránsito hacia una economía sostenible y verde con emisiones que tiendan a cero.
Por lo tanto, se impone la innovación en todos los terrenos, desde el I+D al de la misma gestión empresarial. De eso se oye hablar poco, aunque muchas empresas, pequeñas, medianas y grandes han resistido a las crisis e incluso han prosperado. Alguna cosa, sin manifiestos, habrán hecho bien. Este es el modelo.
Antes de recriminar los otros por inacción, inestabilidad y poca contundencia, conviene mirar si todo lo que había que hacer en innovación, progreso social, reducción de la desigualdad, que no para de crecer, y lucha contra la férula fiscal que sufre Catalunya, se ha hecho
Porque echar las culpas a las izquierdas y a los independentistas es poco productivo, entre otras cosas, porque las instituciones públicas no generan riqueza directamente. Por eso, ante manifiestos como el del jueves, se demuestra que una cosa es clamar y la otra hacer, y, aún más, otra diferente es conseguir. Recordemos la magna reunión en ESADE en el 2007 sobre las exigencias más que justificadas relativas al aeropuerto del Prat y hacer un auténtico hub internacional. ¿En qué ha quedado? La nueva terminal 1 no es más que intencionadamente un caro apeadero de Barajas. Poco gas más allá de redactar manifiestos.
¿Qué hay de la conclusión de las interconexiones del Puerto de Barcelona o de la renovación y ampliación de Rodalies y su llegada al aeropuerto y la conexión de este con la franja mediterránea española y francesa? ¿Qué hay de la falta crónica de inversiones estructurales en Catalunya por parte del Estado y del lamentable grado de ejecución cuando cae alguna migaja? Sin comparaciones, que son odiosas. No parecen temas menores para una economía de lo que quiere entrar en decadencia y quiere ser competitiva.
Eso no tiene nada que ver con el independentismo, ya que es público y notorio que viene de mucho antes de la situación actual. Es una política consciente de entorpecimiento y de centralismo radial, hasta, en algunos casos, llegar a la mutilación de la capacidad de generar riqueza. Contra eso no se ven muchos manifiestos.
Vamos ahora a la otra rama del manifiesto que ha sido el más publicitado. La falta de reacción pública ante los disturbios de la semana pasada, que llegaron al paroxismo al quemar un furgón de la Guardia Urbana con urbano dentro, cosa que he calificado como toca en derecho penal (intento de asesinato) y se ha convertido en la palabra de orden.
Como estos y cualesquiera otros hechos análogos siempre los he criticado -tema disinto es si son previsibles y evitables o no-, puedo decir que la respuesta institucional, la de los políticos con responsabilidades, ha sido adecuada. Otra cosa sería la de los políticos con pretensiones reales de tenerlas. Sin embargo, no vale a confundir a la opinión pública diciendo que los políticos -los independentistas, se entiende-, es decir, todos, no han condenado la violencia. Es falso.
Hay que hacer un poco de memoria: Anne Hidalgo, la valoradísima y reelecta alcaldesa de París tardó unos días a condenar la violencia de los chalecos amarillos y sigue.
Por cierto, vamos a los chalecos amarillos, por poner un ejemplo entre mil. Estas protestas pusieron en escaque el gobierno francés, que tuvo que negociar con ellos. Sólo la pandemia los paró. Con 11 muertos y casi 5.000 heridos, ni París ni otras ciudades han dejado de recibir inversiones, ni ha habido ningún proceso penal por delitos contra el Estado, por ejemplo, rebelión o sedición. Han sido juzgados los excesos como desórdenes públicos y listos.
O sea que antes de recriminar a los otros por inacción, inestabilidad y poca contundencia, conviene mirar si todo lo que había que hacer en innovación, progreso social, reducción de la desigualdad, que no para de crecer, y lucha contra la férula fiscal que sufre Catalunya, se ha hecho. Esta es la vía para alejarse de la decadencia. No hay otra.
