"Manolete, si no sabes torear, ¿pa qué te metes?"
Pasodoble español

Para salir del lío propio que les tiene perplejos, han pensado que montar otros es una opción. Sólo así se pueden explicar los empeños de la extrema izquierda por reivindicar eso que llaman "el espacio", en el que no hay unidad, ni liderazgo, ni programa común, más allá del sempiterno "que no gobierne la derecha". El último lío es el del decreto de la vivienda y es un lío que traerá cola.

Ya saben que la semana pasada nos ofrecieron un espectáculo surrealista: un plante de sus ministros en la reunión del órgano colegiado al que pertenecen como fórmula de presión para que su ideológica protección a los arrendatarios de vivienda se incluyera de nuevo en un decreto-chantaje. De haberlo consentido los socialistas, hubiera sido un decreto llamado a que todo decayera, su propuesta y el escudo de protección ante la crisis del Golfo. En la izquierda consideran que lo de la vivienda es un salvavidas para revitalizar "el espacio", que contiene esa irreconciliable mezcolanza de egos en la que se mueven. Total, que inventaron la mini huelga de ministros, que, después de la de jueces, es la más pintoresca de todas las que pueden adornar el Estado de derecho. A fin de cuentas, lo suyo es la acción de protesta, y ni en todos los años que llevan se han dado cuenta de en qué consiste su papel institucional.

La forma de salvar el escollo fue una que huele a salseo: sacar dos decretos-ley. Uno de ellos, el que les interesa, abocado al fracaso con toda certeza. Curiosa táctica. Debía estar estudiado porque, nada más lograrlo, ya reconocieron que eso no iba a parte alguna y que, por tanto, han hecho entrar en vigor una temporada, por sus gónadas, algo que la soberanía nacional no va a aceptar. Les parecería que tenían un as en la manga y, en vez de un as, es una sota, porque mucho me temo que va a derivar en un lío de reclamaciones judiciales y a frustrar las expectativas que pretenden levantar en su votante potencial. Sus expertos jurídicos vienen diciendo que, como este su decreto-aborto, que estará en vigor apenas unos días, hace nacer un derecho a la prórroga de alquileres que venzan hasta el 31 de diciembre, poniendo exclusivamente la condición de solicitarlo antes de que venza, pues que cualquiera que mande un burofax pidiendo la renovación, aunque le falten nueve meses, se podrá acoger al decreto. Así que se han lanzado a una campaña activa para que todos los arrendatarios cuyo contrato venza en 2026 le hagan constar ya a su casero el deseo de prórroga para poder así forzar dos años más de contrato y una subida limitada al 2%.

La cosa tiene bemoles porque supondría hacer plenamente efectivo, con proyección de futuro, un instrumento jurídico que precisa, por definición, de una aprobación parlamentaria. Quiero decir que supondría pasarse por el arco del triunfo la decisión soberana de los representantes del pueblo, que mayoritariamente lo van a tumbar. Así lo han hecho saber ya Junts, el PP, Vox y, probablemente, el PNV. Más o menos todos los que creen a pies juntillas en la propiedad privada, la seguridad jurídica, el mercado y todas estas cosas. ¿Habían previsto ya al redactarlo este aparente truco para intentar saltarse al Congreso? Si así fuera, supongo que se les habrá ocurrido que los arrendadores no se lo van a comer con papas y que cada caso de prórroga solicitada que corresponda a vencimientos más allá del decaimiento va a ser llevado a los tribunales. No les quepa duda. Argumentos hay; algunos se los he apuntado, y otros aportarán los administrativistas, sin duda.

Después de años en el gobierno, el problema de la vivienda está cada vez peor y no se dan por aludidos

Un lío para propietarios y para inquilinos. Una nueva forma de inseguridad jurídica que contribuirá a menguar la ya menguante oferta y complicará aún más la vida a los ciudadanos. No importa, porque es un enganche para "el espacio". A fin de cuentas, ¿qué votante se entera de que Barcelona ha perdido el 90% del alquiler en los últimos cinco años, esos en los que se han empeñado en putear al propietario para conseguir arreglar el problema cierto y acuciante del inquilino? ¿Quién irá a las urnas con el dato del incremento del 63% de los precios? Esa insoportable realidad se sufre en silencio, como las hemorroides, en carreras locas por la ciudad y los portales de ofertas y con viajes cada vez más insondables a dormitorios en ciudades lejanas o en promiscuidades no deseadas.

Después de años en el gobierno, el problema de la vivienda está cada vez peor y no se dan por aludidos. Todo es problema de los demás, que no quieren apoyar sus certeras políticas. Por eso la solución es protestar, salir a la calle, presionar. "Hay que ganar en la calle lo que hoy está en vigor", que dijo la vice o la llamada de Urtasun a salir a pelear "con uñas y dientes". Obsérvese que se trata de miembros del gobierno instando a la gente a salir a protestar contra los partidos de la oposición que no consideran que al sistema y a sus votantes les vengan bien estos planes. Presión a los parlamentarios instigada desde el poder, la democracia del revés.

Seis años han tenido para negociar con otros partidos y con las comunidades, seis años para estudiar cómo hacer viviendas tanto sociales como privadas para que el crecimiento poblacional encuentre acomodo, seis años en los que sólo se les ha ocurrido poner zancadillas a la oferta. Es chistosísimo ver cómo se desempeñan como si llevaran toda la vida en la oposición y como si las recetas antiguas e ideológicas ya fracasadas pudieran funcionar en el mundo actual. Y aún hay que dar gracias, porque el otro día leí en un medio superprogresista que vivimos en casas demasiado grandes, que nos sobran habitaciones. No pude por menos que tocar madera, no vaya a ser que se les ocurra la novedosa idea de realojar a familias en viviendas con superávit de espacio. Como si no supiéramos historia…