El caso de Jordi Pesarrodona, el de los "terroristas de los CDR" que tenían goma2 y precursores de la bomba atómica, el de Valtònyc o el de Daniel Gallardo, en prisión preventiva desde el 17 de octubre del año pasado cuando fue detenido en Madrid durante una manifestación de protesta por la sentencia del Supremo acusado de los delitos de atentado, desobediencia, resistencia y lesiones contra un agente de la autoridad y a quien la fiscalía le pide seis años de prisión. Cada uno es un ejemplo de cirugía represiva de precisión en un momento determinado buscando en la ciudadanía un efecto multiplicativo del miedo. Enajenación social a través del uso de la justicia y la policía.

Y como todos estos y unos cuantos más, el caso de Tamara Carrasco, un escarmiento que este lunes empieza a juzgarse. La fiscafina le pide siete meses de prisión por incitación a desórdenes públicos, que traducido al lenguaje real quiere decir que la acusan de haberse manifestado cortando una autopista. Un terrible delito, sí. Pero el Estado paralelo tenía que detener las manifestaciones de aquel abril del 2018 en contra de la detención de Carles Puigdemont en Alemania y decidió que tenía que provocar miedo a los indepes. La escogió a ella, como podía haber escogido cualquier otro (u otra). Como escogieron Pesarrodona, "los CDR", Valtònyc o Gallardo. O a usted. O a mí. Será por catalanes, que somos 7 millones y medio.

Y así fue como decidieron que la Guardia Civil detuviera a Tamara Carrasco acusada de terrorismo y de rebelión. ¡Ojo, TE-RRO-RIS-MO! No de haber hurtado un bocadillo de fuet en el patio de una escuela, no. ¡De TERRORISMO! Poca broma. Las pruebas eran una grabación de voz en un grupo de whatsapp pidiendo ir a una mani, el famoso silbato amarillo y la no menos famosa máscara de cartón con la cara de Jordi Cuixart encontrados en el registro de su casa. Naturalmente eso del terrorismo y la rebelión no se sostenía ni en esta España que nos van dando entre todos por donde yo le diré, pero había que seguir con el correctivo. Y entonces se inventaron el confinamiento.

Usted, a la que hemos detenido armados hasta las orejas como si fuera una peligrosa terrorista para poder hacer el teatrillo televisivo, como la tenemos que acusar de alguna cosa, escogemos una que como mucho se despacha con una pena de un año. Pero como el escarmiento tiene que continuar, ¿sabe qué? Ahora nos inventaremos una medida de confinamiento. Que no viene a cuento de nada, pero así a usted le tocamos las narices, que es de lo que se trata, y al resto de putos indepes les hacemos como a los perros maltratados, que les enseñas un periódico y ya bajan las orejas.

Y así fue como Tamara Carrasco estuvo un año sin poder salir de Viladecans, su localidad de residencia. Y así fue, también, como durante todo aquel tiempo la Audiencia provincial de BCN y el juzgado de instrucción de Gavà estuvieron en modo pareja que se llama por teléfono y nunca cuelgan. "Este caso es tuyo, no tuyo, no quédatelo tú, no tú, no tú más, no tú siempre más del todo e infinito, no tú infinito infinitas veces infinito y multiplicado por infinito". Total, que cuando pasó este año de confinamiento en que la justicia estuvo desaparecida y el caso olvidado en un descampado, un buen día le dijeron que ya podía salir de su término municipal. Y listos.

Y así hasta este lunes, que empieza un juicio donde acusan a una ciudadana de haberse manifestado. Como a Jordi Pesarrodona lo han juzgado por la famosa foto con la nariz de payaso, como a los CDR los juzgarán acusados de haber matado en Kennedy y a la perrita Laika, como a Valtònyc lo condenaron a tres años por cantar canciones muy mejorables y como Daniel Gallardo lleva un año en prisión preventiva por participar en otra manifestación. Vaya, una democracia sólida y de calidad y un estado de derecho comparable a los mejores del mundo. O más!

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