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Es un tipo de historia real que siempre nos atrapa: alguien que se inventa una vida falsa, convence a todo el mundo, se eleva hasta la gloria, y entonces es descubierto y el batacazo tiene unas consecuencias funestas. El modelo literario —recuerdo cómo me impactó de joven— todavía es El adversario, de Emmanuel Carrère, sobre aquel señor francés que durante dieciséis años se hizo pasar por un médico que trabajaba para la OMS, y que cuando se vio atrapado liquidó a toda la familia, perro incluido. Catalunya ha dado dos grandes ejemplos: Enric Marco, que hizo creer durante años que había estado en un campo de concentración alemán, y Alícia Esteve, presidenta de la asociación de víctimas del atentado de las Torres Gemelas a pesar de que aquel día estaba en clase en Barcelona. En Estados Unidos son muy recordados los casos de Elisabeth Holmes, capaz de conseguir millones de dólares para construir una máquina que iba en contra de las leyes de la física, o de Rachel Dolezal, la combativa activista afroamericana que resultó ser hija de europeos blancos.

Mientras aquí estábamos ocupados con la crisis de Ceuta, en el Reino Unido han vivido una historia parecida con la caída de Jason Arday, "el profesor negro más joven en conseguir plaza en Cambridge" (la obtuvo en 2023 a los 37 años, dentro del campo de la sociología de la educación). Nathan Cofnas, un cruzado contra la diversidad en la academia, demostró que buena parte de la tesis doctoral de Arday era plagiada de la obra de otra autora, y el diario The Times encontró errores e inconsistencias en los artículos que había publicado. Un dato es muy sorprendente: parece que completó la tesis en solo dos años y medio, y haciendo una sola reunión con su director.

A partir de aquí, poco a poco se ha descubierto que el nivel de fabulación era inmenso, y el escándalo se ha destapado pocos días antes de que Arday publicara unas memorias donde explica una vida que parece increíble —y que ha resultado totalmente falsa. Entre otros logros, afirma que corrió 30 maratones en 35 días, o que recaudó 5 millones de libras para obras de caridad. Arday siempre ha dicho que no había hablado hasta los once años y no aprendió a leer hasta los dieciocho, a pesar de que han salido compañeros de escuela que lo desmienten. Los diarios consiguieron una copia de la propuesta de libro que presentó a la editorial, y ofrecía historias aún más insólitas, como que había quedado en coma por un accidente de coche cuando era adolescente (los médicos quisieron desconectarlo, pero su madre lo impidió porque aún "haría algo con su vida").

Un ejemplo de la distancia extraordinaria entre el discurso oficial, lleno de consignas impuestas, y la realidad que todo el mundo observa y admite en privado

Naturalmente, en todo su relato también se presenta como una víctima, y escribe que un hombre enmascarado entró en la facultad para amenazarlo, a pesar de que las cámaras de seguridad no mostraron nada. También explica que lo quisieron intimidar enviando una cabeza de cerdo a casa de sus padres, que la policía lo investigó y encontró al carnicero que vendió la pieza; pero cuando The Guardian fue a comprobarlo, nadie conocía esta historia. La mentira ha sido tan colosal que, a pesar de que al inicio la izquierda quiso defenderlo, ahora todo el mundo se quiere apartar, y él ha dimitido.

Cambridge ha intentado tapar el caso con una comisión de investigación interna, pero un grupo de profesores exige respuestas. Se preguntan por qué alguien que se formó en una universidad de segunda categoría, con una tesis floja y una trayectoria tan extraña, llegó tan arriba. O cómo es que nadie hizo caso de las quejas de los estudiantes, que consideraban que sus clases eran de pésima calidad y que no ofrecía ningún acompañamiento. Todo ello es bastante fácil de explicar: la universidad contrató a alguien racializado y neurodivergente que podía usar como símbolo de diversidad, y todos los demás callaron por miedo a que los acusaran de racismo. Como soy profesor de instituto, quizás lo que más me ha sabido mal es que todo esto pase en un mundo —las facultades de educación— totalmente desconectado de la realidad de las escuelas.

La situación interna que se ha vivido estos años en Cambridge me recuerda lo que vemos cada día en nuestro país, sobre todo cuando escuchamos a los políticos de izquierdas o encendemos el Telenotícies. Es decir, la distancia extraordinaria entre el discurso oficial, estrecho y lleno de consignas, y la realidad que todo el mundo observa y admite en privado. No sé si en Catalunya hay muchos Arday, pero estamos rodeados de élites políticas y mediáticas que trabajan como los dirigentes universitarios que lo contrataron: en público actúan para imponer los dogmas que les convienen, y todo aquello que les rompe el relato es etiquetado automáticamente como de extrema derecha. Ahora bien, este mecanismo defensivo tiene un límite, y explica por qué se está cociendo una furia enorme entre tanta gente. Quizás habría que recordar más a menudo la célebre cita de Abraham Lincoln: "Puedes engañar a algunas personas todo el tiempo, y puedes engañar a todo el mundo durante un tiempo, pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo".