Estados Unidos ha recuperado el control sobre Venezuela; el complejo militar-industrial recuperará también el control del petróleo venezolano y del tráfico de oro que se había convertido en una palanca de los militares. Ha quedado bastante claro que la operación se ha llevado a cabo con el apoyo de una parte del régimen chavista que ha optado por traicionar a su líder y colaborar en su captura. Las consecuencias de esta intervención serán inmediatas en algunos casos. Sin ir más lejos, si Cuba no recibe el petróleo que le subvencionaba Maduro puede sufrir un colapso, y el Caribe puede convertirse en una zona de conflicto, dado que la intervención estadounidense afecta también a intereses chinos y rusos. Sin embargo, lo más trascendental es un retorno de las relaciones internacionales a una estricta correlación de fuerzas imperiales, que es lo que dio lugar a la Primera Guerra Mundial.
En su comparecencia de ayer sobre la intervención militar en Venezuela y la captura del presidente Maduro, Donald Trump no hizo otra cosa que repetir, quizá con un tono más grosero y propagandístico, lo que prevé el documento National Security Strategy of the United States of America, del pasado noviembre, una declaración de intenciones sobre cómo piensa asegurar la primera potencia la continuidad de su liderazgo planetario.
Los imperios que se disputaron el control del planeta en la Segunda Guerra Mundial defendían cada uno una ideología; en cambio, ahora no hay otro argumento que la ley de la fuerza
El documento consta de 29 páginas y en la quinta afirma lo siguiente: “Queremos garantizar que el hemisferio occidental continúe siendo razonablemente estable y esté lo suficientemente bien gobernado para prevenir y disuadir la migración masiva hacia Estados Unidos; queremos un hemisferio cuyos gobiernos cooperen con nosotros contra los narcoterroristas, los cárteles y otras organizaciones criminales transnacionales; queremos un hemisferio que permanezca libre de incursiones extranjeras hostiles o de la propiedad extranjera de activos clave, que apoye cadenas de suministro críticas; y queremos garantizar nuestro acceso continuado a ubicaciones estratégicas clave. En otras palabras, afirmaremos y haremos cumplir un «Corolario Trump» a la Doctrina Monroe”. Se entiende por hemisferio occidental el continente americano y, como todo el mundo recuerda, la Doctrina Monroe se resumía en la frase “América para los americanos”, en el sentido de que ninguna otra potencia debía intervenir en la región.
Precisamente a raíz de un conflicto de Venezuela con las potencias europeas en los primeros años del siglo XX, el presidente Theodore Roosevelt formuló el Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe, que proclamaba el derecho y el deber de Estados Unidos de intervenir en los países del resto del continente cuando sus intereses así lo requirieran. He aquí que Trump también quiere figurar en los libros de historia y no quiere ser menos que Roosevelt; por eso eleva su documento estratégico al nivel doctrinario: “Estados Unidos reafirmará y hará cumplir la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia norteamericana en el hemisferio occidental, y para proteger nuestro territorio y nuestro acceso a geografías clave en toda la región. Negaremos a los competidores no hemisféricos la capacidad de desplegar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales, en nuestro hemisferio. Este «Corolario Trump» a la Doctrina Monroe es una restauración potente y de sentido común del poder y de las prioridades norteamericanas, coherente con los intereses de seguridad de Estados Unidos”.
Los dirigentes europeos han denunciado la intervención de Estados Unidos en Venezuela como un acto ilegal, una vulneración del derecho internacional, y lo hacen también por interés propio, porque con la ley del más fuerte Europa sale perdiendo
Los hechos están inspirados en este texto, que es absolutamente incompatible con la Carta de las Naciones Unidas, el derecho internacional y el respeto a la soberanía de los Estados, pero la realidad es que estamos ante hechos consumados que no tienen marcha atrás. Habrá que estar atentos ahora a cómo reaccionan los otros imperios ante el reparto de hegemonías que plantea Estados Unidos, pero es seguro que ni Rusia ni China denunciarán la violación del derecho internacional. Al contrario, Vladímir Putin se sentirá más legitimado en tanto que comandante del Ejército invasor de Ucrania. Y si ahora China decide anexionarse Taiwán, Estados Unidos reaccionará no defendiendo el derecho internacional, porque el único argumento es la fuerza. Los dirigentes europeos, desde Pedro Sánchez hasta Marine Le Pen, han denunciado la intervención en Venezuela como una vulneración del derecho internacional, precisamente porque Europa no es un imperio, no tiene una fuerza militar propia, autónoma y con mando único, de modo que solo puede refugiarse en los principios de la igualdad soberana de los Estados, principios que los imperios, y especialmente el imperio americano —que era el que mantenía aún alguna llama—, han decidido que son principios caducados.
La Segunda Guerra Mundial enfrentó a imperios, pero la conflagración tenía cobertura ideológica. Las democracias lo hacían en nombre de la libertad; el nacionalsocialismo y el fascismo eran ideologías totalitarias; el comunismo predicaba la emancipación del proletariado… ¿Qué ideología sostiene hoy a cada uno de los imperios que no sea estrictamente la defensa de los intereses propios? Volvemos a 1914 y a la ley del más fuerte, pero sin Europa.