Cuando yo era joven, todavía se podía comprar leche directamente en las vaquerías. Teníamos dos cerca de casa, en Barcelona, y también en el pueblo. Íbamos con la lechera y nos medían la leche. Una vez en casa, la leche cruda se tenía que hervir para esterilizarla. Había unos hervidores, piezas planas de cristal, que, puestos dentro del cazo de la leche, cuando esta empezaba a hervir, hacían que no se derramara. Estos hervidores, gracias a las burbujas de aire que se generaban, hacían ruido y repiqueteaban contra el fondo del cazo con un ruido rítmico característico. La leche no se salía y después de unos minutos de hervir, estaba lista para guardar en la nevera y beberla. Todos los que hemos hecho este proceso sabemos que la leche hervida no es homogénea, sino que las micelas de las grasas van flotando y se acumulan en la superficie. En casa, con mis hermanos nos peleábamos a la hora de la merienda para recoger esta nata flotante y ponerla sobre una rebanada de pan, con o sin azúcar. Una nata deliciosa (es la memoria que guardo de esta pequeña delicatessen gastronómica). Cuanto mejor era la leche, mejor la nata. Porque la calidad de la leche de la vaca, a pesar de ser bastante uniforme, no es idéntica, dependiendo de la alimentación de la vaca, es más o menos rica en grasas, proteínas y azúcares, dentro de unos márgenes. Ya vemos que sin leche, no puede haber nata. También sabemos que se necesita mucho volumen de leche para una pequeña proporción de nata.

Hablo de este ejemplo para hablar de la ciencia, la investigación y la financiación de la investigación. Nuestro país tiene muy buenos centros de investigación, que son excelentes y hacen investigación de excelencia. Pero este sistema de excelencia se puede mantener porque existe un volumen superior de grupos de investigación, que son la leche, que alimentamos y hacemos que pueda sobresalir esta excelencia. Somos cientos de grupos de investigación repartidos por las universidades y centros de investigación, que somos buenos sin ser nata, y que trabajamos no sólo por el éxito dentro de nuestro campo, sino para hacer una investigación digna y sólida, que permita formar a estudiantes y jóvenes científicos, con esfuerzo y dedicación, enseñando qué es el método científico, la dignidad del trabajo intelectual, la integridad personal en ciencia y en la vida. En la investigación, tiene que haber lugar tanto para la nata como para la leche.

Con una pizca más de recursos económicos, una pequeña cantidad comparada con otros gastos, más similar a la que dedican los países europeos de nuestro entorno, se permitiría que todos los grupos que hacen buena investigación pudieran sobrevivir, y que la gente joven que se está formando pudiera dedicarse a la investigación

Los grupos de investigación, tanto los que hacen ciencia aplicada como básica, necesitan inversión pública. Necesitan financiación para pagar los productos necesarios para hacer la investigación experimental (o computacional), los aparatos para hacer los tests y ensayos (pensad en las máquinas de PCR, que ahora todos hemos oído hablar, pues muchos laboratorios las necesitan para su día a día) y, también, para pagar el sueldo de los investigadores jóvenes que son los que, día a día, sacan adelante el trabajo y se esfuerzan para hacer frente a todos los retos de la investigación. Si no hay financiación, hay gente muy bien formada que se queda sin trabajo, y la investigación que se deja de hacer no se puede recuperar en años, porque se desmonta un pequeño ecosistema que luchaba para generar conocimiento.

¿Por qué os explico todo esto?, porque el fin de semana pasado hubo un poco de alboroto dentro de la red social Twitter con la etiqueta #SinCienciaNoHayFuturo, que llegó a ser trending topic mundial durante unas horas. El motivo era una queja general de los científicos, sobre todo de los que están dentro del sistema español, porque acababan de salir las resoluciones temporales de los proyectos de investigación con financiación por parte del Ministerio de Ciencia e Innovación, que es la fuente principal de financiación de la gran mayoría de grupos. Hay muchas restricciones para pedirlos, y un investigador a tiempo completo sólo puede pedir uno cada tres años, suponiendo que le financien. No se pueden solapar en el tiempo y son muy competitivos. En otros países hay muchas más fuentes de financiación y no son exclusivas, como en este caso. Se presentaron 6.533 proyectos, pero sólo se ha financiado al 44% (2.882). Estos proyectos financiados han recibido 360 millones de euros para 3 años. Os puede parecer mucho, pero es el equivalente de 14-15 km de AVE. Para tres años de investigación. No es mucha cosa, porque España dedica en torno al 1% de su producto interior bruto a investigación, cuando en Francia dedican el doble, y no hablemos de otros países como Alemania o Dinamarca. Estamos por debajo de la media europea en financiación de la investigación. Una de las consecuencias más duras es que hay 1.530 proyectos que han sido muy bien valorados, superan el umbral de financiación claramente, pero como no hay más dinero, no se pueden financiar. Estamos hablando unos 190 millones de euros más, de 7 km de AVE. Estos grupos están condenados a la desaparición, no podrán mantener a la gente, se interrumpirán las tesis doctorales, se tendrán que perder muchos recursos, porque una vez sales fuera del sistema, es muy difícil volver, el esfuerzo es ingente y si no hay dinero, ya me diréis cómo se puede hacer. Para que os hagáis a la idea de la situación, imaginaos que os examináis de un examen muy difícil, y aprobáis sobradamente, tenéis un 7, y aunque os merecéis pasar de curso, os dicen que lo sienten mucho, pero no hay suficiente dinero y, por lo tanto, te toca repetir curso, pero sin dinero ni recursos.

Los científicos nos hemos quejado, porque aunque todo el mundo se llena la boca sobre que la ciencia es muy valiosa y es el futuro de nuestra sociedad, a la hora de la verdad no se dedican bastantes recursos. Y no es culpa de los evaluadores de los proyectos ni de las comisiones de cada ámbito, que son otros científicos como nosotros que intentan hacer lo imposible con los recursos escasos que tienen que repartir, sino que lo que falla es una política decidida para favorecer la ciencia de verdad. Con una pizca más de recursos económicos, una pequeña cantidad comparada con otros gastos, más similar a la que dedican los países europeos de nuestro entorno, se permitiría que todos los grupos que hacen buena investigación puedan sobrevivir, y que la gente joven que se está formando pueda dedicarse a la investigación, ir a otros laboratorios, nacionales e internacionales y volver, porque tienen un futuro, y no como ahora, que muchos desisten a medio camino, o deciden no volver porque no hay oportunidades para los jóvenes. Desde hace años que a los científicos nos están ahogando y pronto no podremos respirar. Por eso nos quejamos, a ver si alguien nos escucha.

No hay futuro sin una ciencia digna y de calidad. No hay nata sin leche.

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Gemma Marfany
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