"Hoy no todos los niños han podido venir a la escuela. Ha llovido mucho estos últimos días y el boquete que separa el pueblo se ha llenado de agua. La riera, impracticable, ha impedido que los niños puedan cruzar el camino que va del pueblo a la escuela. La escuela también ha sufrido algunos daños con las lluvias, y las goteras llenan con su goteo continuo algunos rincones de la escuela. Pero la clase principal con los pupitres todavía está bastante intacta y se puede desarrollar la tarea docente. No creo que haya que cerrar la escuela. Hay que decir que la asistencia de niños va variando durante el año, y a pesar del mal tiempo, es más elevada a partir de octubre, durante el invierno e inicios de primavera, para decaer a la que empieza el buen tiempo. A los niños mayores, que ya tienen más capacidad, se les pide ayudar a las actividades de campesinado y de la casa que contribuyen al mantenimiento de la familia. A partir de los doce años, ya no suelen volver a la escuela, pero los chicos y chicas acaban su periodo escolar con nociones de caligrafía, ortografía y cálculo. En general, saben leer con desenvoltura, llevar las cuentas y escribir cartas con las fórmulas de cortesía que corresponden".

Esta es una transcripción aproximada de un texto manuscrito, a pluma, con una letra caligráfica clara y elegante, que se puede encontrar en el diario que mi abuelo, maestro de escuela pública, escribía en la época de los años treinta desde la escuela del pequeño pueblecito de la Segarra donde estaba destinado. El diario era el documento que se entregaba durante la inspección escolar, normalmente el día del año en que el inspector pasaba por la escuela. El maestro iba apuntando aquellas acciones o situaciones que merecían quedar escritas, acciones puntuales educativas, explicaciones, circunstancias, recordatorios del material que se estropeaba y había que renovar si es que nunca llegaba dinero para hacerlo. Eran épocas duras y no había mucho dinero, por no haber, no había muchos maestros, y en un pueblo pequeño, gracias que hubiera un maestro y una escuela. Mi abuelo era maestro de una escuela unitaria, aquella clase en la que todos los niños y niñas en edad escolar de 6 a 12 años trabajan juntos.

Y enseñar no es más que intentar encontrar la manera de llamar a la puerta del cerebro que nos escucha, buscar la manera de despertar el gusanillo interior

Me imagino cómo debió organizarse para ir explicando por fases las diferentes materias, de cómo debía ir dando deberes a unos mientras explicaba a los otros, de cómo debió pedir ayuda a los mayores para enseñar y ayudar a los más pequeños. Con 60 criaturas de edades tan dispares, no podía haber demasiada atención individualizada, pero el hecho de conocer las circunstancias personales de las familias, seguro que lo debió ayudar para comprender y ayudar a los niños. La formación y la educación era un bien escaso en aquella época y los maestros estaban bien considerados socialmente, aunque su sueldo era muy escaso, como bien recuerda la sabiduría popular: "pasar más hambre que un maestro de escuela". De pequeña había ido con mis padres a los pueblos donde había sido destinado de maestro mi abuelo. Las personas mayores todavía se acordaban del Sr. Marfany, y decía que había sido muy buen maestro. Orgullo de abuelo.

No hay satisfacción mayor para un maestro que ser capaz de enseñar lo que sabe y que el alumno adquiera los recursos personales que este conocimiento le confiere para enfrentarse a su propia vida. Porque aprender no es nada más que eso, aprender es llenar la mochila de nuevos recursos, de nuevas ideas, es recibir el conocimiento que muchas otras personas han recogido o han generado antes que nosotros, y nos dan para que lo podamos utilizar, para que no tengamos que caer en los mismos errores, para que vayamos avisados, o para que podamos encontrar un camino más sencillo. Aprender es incorporar una parte de todo lo que la humanidad sabe para que nos acompañe en la vida, hacerlo nuestro.

Y enseñar no es más que intentar encontrar la manera de llamar a la puerta del cerebro que nos escucha, buscar la manera de despertar el gusanillo interior, de hacer que el camino de aprendizaje sea más fácil, de dar trucos y recursos, de establecer puentes y abrir puertas. Porque los maestros no podemos abrir la mente del alumno, no lo podemos obligar a aprender, sino que tenemos que conseguir que el alumno abra él mismo la mente y extienda las manos para hacerse suyo este conocimiento. Por eso, nos esforzamos en encontrar ejemplos y comparaciones que acerquen lo que queremos transmitir, hacemos problemas para dar cuerpo y apariencia de realidad al conocimiento que es abstracto, y buscamos imágenes que refuercen la palabra, porque sabemos que si el ojo y el oído van juntos, el cerebro despierta antes. Por eso intentamos hacer alguna broma o explicar alguna anécdota que vista una historia personal o colectiva porque a los humanos nos llama la atención lo que es singular, lo que es bello o lo que es emocionante, lo que nos hace reír y lo que nos hace vibrar. Enseñar y aprender van de la mano y no se pueden separar, es una conversación entre una mente y muchas otras mentes, un juego de comunicación donde todos recibimos y todos crecemos personalmente.

No hay nada similar a ver como los ojos de los que te escuchan se iluminan cuando se dan cuenta de que ellos mismos han comprendido un concepto o una idea que les era ajena

Es por eso que, a veces, hace falta salir de los circuitos donde nos encontramos más cómodos, en mi caso, de la universidad, y hace falta que probemos otros entornos para "afilar nuestras herramientas", encontrar nuevos caminos, ver con nuevos ojos todo el proceso de transmitir y comunicar. Cuando mis hijos eran pequeños, un día al año iba a su escuela de primaria para dar una conferencia sobre ADN. Salía llena de energía y animada; ¡las preguntas que me llegaban a hacer! ¡Increíbles! Siempre se puede intentar encontrar el día, ni que sea un día al año. El día de la ciencia es un magnífico día para hacerlo. Este año, por la mañana, he estado en un Instituto de comarcas, y por la tarde, en un centro cívico. Diferentes charlas sobre genética y ADN, diferentes imágenes para captar la atención de adolescentes y de gente más mayor y madura. Como maestra, he salido reforzada, de la energía inacabable y del todo está por hacer de los más jóvenes, a la pausa y la curiosidad de la gente más experimentada. Un rato compartido que espero que nos haya enriquecido a todos.

No hay nada similar a ver como los ojos de los que te escuchan se iluminan cuando se dan cuenta de que ellos mismos han comprendido un concepto o una idea que les era ajena, pero que a partir de aquel momento, ya formará parte de su "mochila" personal.

¡No hay ningún otro trabajo parecido al de maestro!

Gemma Marfany
Opinión Piel de mariposa Gemma Marfany