Existe un hecho delictivo, que son los cánticos "musulmán el que no bote" en el estadio de Cornellà durante el partido España-Egipto, y que tanto han escandalizado a la opinión pública, y después están los hechos que no son delito, pero que son el pecado original. Porque los delitos y las faltas se prohíben y se sancionan, y los animales se meten en la jaula, y a veces se aprende a hostias, o bien confiamos en que así sea. Pero este no es exactamente el problema: el problema son los valores asociados a una marca, a un concepto, a una identidad nacional, que es incapaz de hacerse querer sin imponerse al diferente o sin insultarlo. Ahora querrán diferenciar a los ultras de la idea de España, que también puede ser fraternal y plural, o que una cosa son los violentos y otra cosa los españoles, etcétera. Sí, esto puede ser cierto y, de hecho, los socios independentistas del Espanyol lo conocen y lo sufren, pero también es muy cierto que la manera histórica de construir la identidad nacional española desemboca, irremediablemente, en un "a por ellos" crónico. La intolerancia no es cosa de hooligans: la intolerancia se cultiva, se incuba, se asocia a una bandera desde hace siglos y, finalmente, estalla en los momentos de expresión de las masas. El problema no son los cánticos: el problema es el pensamiento. La lógica. El código moral asociado a un país.
También dirán que racistas los hay en todas partes, y tendrán razón. Es cierto: los hay en el Liverpool, en el Manchester, en el PSG o en el Milán, y evidentemente también los hay en el Barça. Y en Catalunya, y cada vez más. Pero no estamos hablando de lo que “hay” o lo que “no hay”: estamos hablando de los valores que se asocian a una identidad nacional, a una marca, a una bandera. "Puigdemont a prisión", "Gibraltar español", "perro Sánchez, hijo de puta", "Cataluña es España" o "Musulmán el que no bote" son cosas que pueden suscribir muchos catalanes, claro, pero, por alguna razón, no encontraréis nunca a un president del Barça que acoja en el Camp Nou partidos como este, ni siquiera a un president de la Generalitat que quiera presidirlo (incluso Illa eludió el evento, delegándolo en el conseller del ramo, a diferencia de lo que hizo durante las manifestaciones fachas de 2017). Hay cosas que ya se sabe cómo irán, y qué se cantará, y qué tipo de gente se encontrará. Porque esto no va de violentos o de hooligans o de orden social: va de lo que expresa una idea, los valores detrás de una bandera, el huevo de la serpiente, la fuerza de un sentimiento.
Las prisas por arreglar la "Marca España" tras la horrorosa imagen presentada por este país durante el 1 de Octubre responden a la impotencia para controlar esta pulsión, este atavismo, esta necesaria identificación del himno español o de la unidad del Estado con la imposición, la persecución o la alergia hacia la diferencia (o, muy a menudo, hacia la democracia). Pedro Sánchez también decía "Puigdemont a prisión", no sé si se me entiende. Y ya sabemos que un estadio no es un lugar para exhibir purezas, precisamente: a un estadio no van los diferentes, sino que van los míos (y los adversarios, en todo caso, son silbados e insultados). Pero es que este es precisamente el tema: los tuyos pueden cantar "independència" en el minuto 17.14, que es una reivindicación política, o bien "madridista qui no boti" (se sustituyó la palabra "espanyol" en algún momento del cambio de siglo), o incluso un "puta Espanya" de secular resentimiento… Pero los tuyos también pueden ser los que invoquen un imperialismo peligroso, rancio, ridículo y antidemocrático. Y ahí está la madre del cordero: que haya gamberros no es cosa de orden público, sino de cultura. De hábitos, de manera de hacer, de manera de pensar, de promoción de determinadas ideas. El delito me preocupa poco, quiero creer que se perseguirá: el gran tema es una identidad que se asocia casi inseparablemente con el autoritarismo. Que lo necesita para existir. Ya pueden llorar las "mayorías plurinacionales" sobre lo que ocurrió en Cornellà, que España es España y no puede ser otra cosa que España.
Dicho esto, todavía no se ha avanzado ni un milímetro en el reconocimiento de las selecciones deportivas catalana o vasca. Esto en la supuesta "España plurinacional" sanchista teorizada por Iván Redondo. La cosa es simple: no podemos estar a favor de una nación que no es la nuestra y que va contra la nuestra. Con gamberros o sin gamberros. No vi el partido, claro, pero solo Egipto me habría podido alegrar el día.
