“Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro...”
Dámaso Alonso
Somos frágiles.
Somos tan frágiles como siempre y cabalgamos a lomos de una estructura endiabladamente compleja que muchos dieron en considerar invencible.
Somos tan frágiles como siempre, pero no queremos oír hablar de ello. De ahí el miedo. El pánico es la manifestación de esa invulnerabilidad que muchos habían asumido como inmutable.
Somos humanos de nuevo. Los dioses de Harari son de nuevo meros sapiens. Lo peor es que en muchos casos no se comportan siquiera como tales. Escribo hoy desde el centro de la zona de contención. Y cuesta contenerse. Cuesta porque apenas la ciencia y la racionalidad podrían conducirnos a ese aplanamiento de la curva de contagios, que es el mayor objetivo ahora, y porque es fácil comprobar, en las redes, en las calles, que nos rodean los poco instruidos, los atávicos, los irracionales y los malvados. Bulos, acaparamiento, despreocupación sangrante o inaceptable egoísmo. Gente que salta sobre los supermercados y gente que espera en la cola de la carnicería tosiendo como si tal cosa. Somos demasiado humanos para esperar que nuestro pánico y nuestro encierro vaya a desgranar un nuevo Decameron, “porque si queremos correr tras la salud, conviene organizarnos de tal manera que a aquello en lo que queremos encontrar deleite y reposo no siga disgusto”, como escribía Boccaccio en la primera jornada.
Ante tal situación todo lo demás decrece. Las preocupaciones de ayer son menguantes y los escándalos han quedado demediados. La tregua sobre la actuación de las autoridades se ha declarado rota. No sólo la derecha llevaba días murmurando por lo bajines, en cenas y cenáculos, que Sánchez estaba oculto y que estaban minimizando el problema, sino que ya hemos visto saltar a la menor oportunidad a los oportunistas que creen que de esto también se puede hacer política y oposición y que sirve lo mismo para atacar al gobierno que para ciscarse con las feministas. Ahora vemos y veremos a los neoliberales clamando por la adopción de medidas aún más invasivas por parte del Estado en una esquizofrenia cuya guinda, como siempre, corresponde a la ultraderecha. Ahí tienen a Vox pidiendo que se decrete el estado de alarma ―y no sé si el de sitio y excepción― cuanto antes para ver de tapar así la falta de criterio de sus líderes que, no contentos con estar en contacto con infectados de coronavirus, se han dedicado a convocar a las masas, saludar, abrazar y besar, mientras tosían y se limpiaban las secreciones nasales con un pañuelo de tela que guardaban luego en el bolsillo. Hasta de esto van a ver de culpar a alguien y sacar su rédito político. Tanto como el PP cuando esgrime un decálogo de medidas, económicas por supuesto, que casualmente suponen revertir y frenar la acción del gobierno y volver a su propia legislación. Quien no saca tajada es porque no quiere.
Eso por no hablar del cinismo y la hipocresía de los que claman por la sanidad pública y por su eventual colapso después de haber llenado los bolsillos de sus amigos con el negocio de los hospitales privados (en Madrid son 50 frente a los 33 públicos) y que no tuvieron prurito alguno en hacer recortes salvajes en la misma a la par que insisten ahora en realizar bajadas de impuestos que sólo pueden salir de una mayor precarización. O los que se han forrado con la globalización o se han convertido en sus apóstoles y ahora claman pidiendo cierres de fronteras ya inexistentes.
El civismo es realmente importante en esta crisis porque exige un comportamiento activo de cada ciudadano en la vida cotidiana para actuar considerando el interés general por encima de los intereses particulares
Por todo ello me he sentido especialmente nostálgica al oír a Macron recabar de los franceses el uso y abuso de los valores republicanos derivados de la condición de ciudadanos. Ciudadanos en el hermoso y real uso de esta palabra, que también ha querido ser robada.
La ciudadanía como forma de lucha contra el virus, pero también contra la irracionalidad. La puesta en práctica de los valores unidos intrínsecamente a la ciudadanía que no son otros que la urbanidad, el civismo y la solidaridad. Tres virtudes republicanas tan efectivas para luchar contra esta pandemia como el lavado de manos. La urbanidad porque es una actitud de respeto, a la vez de cara a los otros conciudadanos pero también en relación con el espacio público. Se trata de un reconocimiento mutuo y tolerante de los individuos entre ellos, en nombre del respeto a la dignidad humana. El civismo que, a título individual, consiste en respetar y hacer respetar las reglas en vigor, en este caso las sanitarias, pero también en ser consciente de los deberes que uno mismo tiene con la sociedad. Proteger y protegerse. El civismo es realmente importante en esta crisis porque exige un comportamiento activo de cada ciudadano en la vida cotidiana para actuar considerando el interés general por encima de los intereses particulares. Por último, la solidaridad, dado que los ciudadanos no somos simples individuos yuxtapuestos, sino un conjunto de mujeres y hombres unidos por un proyecto común. Esa apertura al otro, que ilustra el principio republicano de la fraternidad, obliga a salir en socorro de los más desprotegidos y los más vulnerables en esta crisis.
Estos tres valores, urbanidad, civismo y solidaridad, otorgan en la república todo el sentido del concepto ciudadanía. ¿Creen que vamos a ser capaces de comportarnos como ciudadanos? Quizá porque esta mi zona de contención se halle en plena corte no acabo de comprobar que ni cotizan al alza ni son principios sobre los que los políticos llamen la atención.
No creo que oigamos a Felipe VI reclamándolo en una declaración institucional porque hay crisis y crisis, pero, ¿quién sabe? Vivimos tiempos extraños. Tiempos en los que la historia lejos de haber muerto se nos manifiesta y nos mira a la cara una vez tras otra.
Demasiada historia junta para seres tan frágiles.
