"Voy con las riendas tensas y refrenando el vuelo
           Porque no es lo que importa llegar solo ni pronto
           Sino con todos y a tiempo.”

León Felipe

“El virus no se ha ido. Sigue ahí, al acecho”. De todas las palabras pronunciadas por Sánchez tras el Consejo de Ministros, seguro que estas son las que concitan nuestro unánime asentimiento. Aún mantenemos una cifra de muertes diaria altísima, más de trescientas personas son 2.100 a la semana, que es preciso hacer descender, pero vamos viendo el final del túnel, sobre todo si tenemos en cuenta que el hambre y la pobreza por falta de trabajo también matan. Equilibrios.

Desde ese punto de vista, tengo que decir que el formato de plan de desescalada presentado por el gobierno español me parece racional y a mí, que soy una cabeza cuadrada impenitente, la racionalidad me puede. La razón es innegociable. Los herederos de la Ilustración sólo podemos aplicar enérgicamente el estándar de la razón a la comprensión del mundo. La razón nos dice que, con lo que sabemos del virus, es preciso mantener ciertas normas para poder volver a salir a la calle y a la actividad económica y que estas deben girar siempre en torno a los datos relativos al virus y no a las veleidades políticas o puramente económicas. La razón. “No podemos recurrir a la fe, el dogma, la revelación, la autoridad, el carisma, las corazonadas o la hermenéutica”, que diría Pinker sino a la fría razón.

Estoy de acuerdo con Sánchez —que ayer tuvo por primera vez en muchos días una intervención directa, estructurada y que sólo se volvió reiterativa por culpa de los periodistas— en que la razón nos dicta que no todos los territorios tienen los mismos indicadores, que no en todos van a evolucionar a la vez y que, por tanto, es lógico que los científicos planteen en qué circunstancias concretas se puede dar el siguiente paso, para que este sólo se produzca cuando estas se den. También me parece que el planteamiento de fechas concretas para la desescalada gradual —porque gradual va a ser en todas partes— puede conducir más a la frustración que a otra cosa. Prometer una fecha para poder tener reuniones en el exterior o para abrir el negocio y que llegada ésta el nivel de contagios o muertes en la zona lo desaconseje, sólo nos traerá malestar y melancolía. Incluso en términos psicológicos parece mejor y más estimulante esta idea de que cuanto antes alcancemos niveles determinadamente bajos de contagios y decesos antes podremos avanzar de casilla. Respecto a esto creo que sólo cabe exigir unos criterios y baremos claros y transparencia absoluta en su aplicación.

Es seguro que todos tendríamos nuestro plan personal. Hay que adoptar uno común porque en ello nos va la salud y el futuro

Las fases en las que se ha estructurado la desescalada también parecen a simple vista razonables. Hará falta ver su desarrollo concreto, pero nadie pensábamos hacer una vida más o menos normal —con mascarilla y mil medidas— antes de la llegada del verano. Y gracias. Ojalá sea así. He estado mirando las propuestas de otros países y he de decir que las de Francia me parecen más discutibles y, por qué no decirlo, en muchos casos precipitadas, como la vuelta a las aulas el mes que viene.

La derecha y la ultraderecha se opondrán, como no. Eso no es ninguna sorpresa, puesto que están instalados en la irracionalidad. Se opondrán no por la forma de hacerlo o por el contenido o por el sistema, se opondrán porque eso es lo que piensan que significa hacer oposición. Tan torpes, o tan espabilados, que se toman las cosas de forma literal por falta de espíritu más elevado.

La otra cuestión que seguro se plantea es la vuelta a la normalidad institucional y el fin de la centralización de las decisiones. Sé que esto en lugares como Catalunya y Euskadi es especialmente delicado, pero no parece que esté en la voluntad del gobierno de coalición obviar esta cuestión. Sánchez ha dicho que el respeto a las características territoriales de nuestro estado ha sido básico a la hora de adoptar esta decisión. Francia, que es un estado muy centralista, ha adoptado la provincia también como eje de desescalada y Alemania, ante las diferencias enormes de planteamiento de sus länder, ha oído decir a su virólogo jefe, Drosten, que “el plan federal es levantar el bloqueo, pero dado que los länder tienen sus propias reglas, me temo que veremos mucha creatividad. Me preocupa que el número de contagios comience a crecer y tengamos una segunda ola”. Y es que ese es el problema. El verdadero. El único.

Las fases propuestas dejan espacio a la soberanía de cada territorio. Ayer quedó claro que la propuesta de Catalunya respecto a los tramos horarios para ejercitar las salidas va a ser no sólo tomada en consideración, sino, casi con seguridad, implementada. Más que nada porque es racional y todo lo racional debe ser abrazado. También habrá margen para que dentro del territorio de cada comunidad se realicen diferencias por comarcas u otras demarcaciones diferentes en función de la realidad de la zona. Queda, pues, todo el margen para la actuación de la Generalitat, en el caso de Catalunya, pero como quiera que podrían darse fricciones incluso entre las administraciones autonómicas y las municipales, cada una de un signo, bueno será que haya un árbitro racional para que nadie se pase de listo.

Todo el plan depende también del establecimiento de limitaciones para el trasvase entre los territorios que vayan menos adelantados con los que vayan mejor. En este aspecto también será relevante la forma de planificar de cada uno de los territorios.

No debemos ser egoístas sino racionales. Es obvio que comarcas, pueblos y villas más pequeñas terminarán por escalar fases mas rápido que lo harán los grandes centros urbanos y económicos. En algo habían de llevar ventaja. Los grandes núcleos urbanos tendrán que ponerse a trabajar para conseguir rápidamente industrias y centros de trabajo adecuados a las nuevas necesidades sanitarias, transportes públicos acordes y toda una serie de medidas que harán adelantar en el tablero que llevará a la nueva normalidad o, al menos, a una anormalidad atenuada.

Es seguro que todos tendríamos nuestro plan personal. Hay que adoptar uno común porque en ello nos va la salud y el futuro. Crucemos los dedos y trabajemos y esforcémonos para que sean esas seis semanas y no más y para no tener retrocesos que tanto nos harían perder la moral.

El virus sigue al acecho. Eso es cierto en todos los idiomas.