El pueblo, la gente, el común. Se le llama de muchas maneras. El personal, la peña, la turbamulta, el público, la ciudadanía, el populacho. Nosotros. “Nosotros, el pueblo”, estas son las primeras palabras de la Constitución de los Estados Unidos de América, fechada en 1787 y que tanto influyó en la revolución inmediatamente posterior, la francesa de 1789. Nosotros somos el poder y la gloria, dicen, nosotros somos la única soberanía, y no el monarca, dicen. Nosotros somos, dicen, los que decidimos, los que mandamos en todo, los únicos que cortamos el bacalao. Pero si alguna cosa siente el pueblo, nosotros, los que pagamos la factura del Estado, los que ponemos el cuello, es que cada vez vamos más engañados, más maltratados, más desengañados de nuestros delegados, de todos los políticos que tienen la atrevimiento de decir que nos representan. Los políticos que gobiernan un pueblo de manera dictatorial y los que están legitimados por las urnas cada vez se parecen más entre sí, cada vez son más difíciles de distinguir. ¿Entre Donald Trump, Vladimir Vladímirovich Putin y Xi Jinping hay muchas diferencias en la práctica? ¿Tantos siglos de perfeccionamiento de la democracia para llegar a Boris Johnson en Inglaterra? ¿A Viktor Orbán en Hungría? Ahora que lo observo mejor en una fotografía tiene el mismo gesto que Jordi Xuclà. Quiero decir que es la misma vergüenza vayas donde vayas, la misma insatisfacción con esta clase política degenerada y sistemáticamente traidora al mandato popular. Al menos los ladrones de Alí Babá no engañaban a nadie. Al menos no iban dando lecciones de moral como hacía Jordi Pujol, el listo, el que se creía que todo el mundo era idiota y él muy inteligente.

Solo con la mentira generalizada, con la manipulación colectiva de toda una sociedad se han podido hacer las brutalitdades históricas que se han llegado a hacer. Millones y millones de personas que dieron sus vidas por mentiras grandes y pequeñas, por falsos ídolos, seducidos por todo tipo de palabras tramposas, de los más variados venenos. Los periódicos decían que la Primera Guerra Mundial, la Gran Guerra, sería la guerra que acabaría con todas las guerras. Lo decían periodistas que se quedaron tan anchos. Ya ven si era verdad o no. Por eso me hace reír que ahora hablen de “noticias falsas”, de fake news, los cursis nos lo dicen en inglés para que parezca una denominación más técnica, más descriptiva. Al menos ahora, gracias a internet, nosotros, el pueblo, damos crédito a las noticias que nos parecen creíbles y no a las que nos fabrica el poder para manipularnos. ¿Alguna vez habéis visto el NO-DO, aquello no eran fake news? ¿O los sermones que hacían los curas desde los púlpitos, orientando, informando, desinteresadamente, a la gente, a la que tenían y tienen el descaro de llamar rebaño, de compararla con un grupo de ovejas? ¿Os tenéis respeto a vosotros mismos y aceptáis que los obispos vayan, aún hoy, ornamentados con un báculo de pastor, con un emblema histórico de la manipulación informativa? Sois gente curiosa.

Tenemos mentiras en nuestros móviles, es cierto, pero muchas menos, infinitamente menos, que las que había antes de los móviles. Vivimos una época histórica en la que, es la primera vez en que toda la información no está bajo control. Vivimos la época en la que hay más descreídos, más disconformes, más gente que sospecha del poder y se encara con él, se rebota. La prensa de El País, La Vanguardia, ABC, de la vieja prensa de papel, de la Sexta de Antonio García Ferreras nos quieren hacer creer que las noticias falsas las propaga Donald Trump. Por favor. Cuando Trump es tan torpe que no engaña a nadie, porque dice las mentiras que diría un estudiante de primaria. Trump no nos toma el pelo. Trump, usándolo de ejemplo, sirve para blanquear a unos medios de comunicación que sí que nos manipulan, que nos adoctrinan. Que envenenan a la gente, que pervierten la democracia, porque la llenan de propaganda. Todos los grandes diarios de papel, todos sin excepción, están en manos de los bancos, en números rojos. Si no fuera por los bancos cerrarían todos hoy mismo. ¿Esta gente es la que nos dice la verdad? ¿La que está atrapada por los dídimos? Venga ya. Cuando la Sexta hace verificaciones de lo que dicen los políticos lo hace para que les tomemos confianza. Cosa que los del canal televisivo aprovechan para propagar sus mentiras favoritas, tales como criminalizar aún más, un poco más cada día, al independentismo.

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